Para Carlos Martín Briceño

“Estoy en bancarrota, jodido y mi segundo hijo está a punto de nacer¨, dijo César mirando al piso. Tomábamos la octava cerveza en la Marisquería Verde. Acababa de terminar la primera versión de mi nueva novela y, al mismo tiempo, había renunciado a un trabajo de diez años en el banco. En cierta forma, celebraba con él. A César lo conocía desde la primaria, no lo había visto en algún tiempo y quería compartir con un amigo la felicidad por el inicio de mi proyecto a largo plazo con las letras.

“¿Cuánto necesitas?”, le dije.

Casi sin pensarlo, me respondió que su trabajo lo volvía miserable y estaba a punto de rendirse. El único alivio era jugar en el casino y encontrarse ocasionalmente con una secretaria de la oficina para ir a coger. Elsa, su mujer, le había hecho firmar un contrato de parto —creo que así se llamaba— para dar a luz en uno de los mejores hospitales de la ciudad. No me dijo ninguna cantidad. Le pregunté cómo era que podía jugar bingo y engañar al mismo tiempo a su esposa, una Hidra de Lerna que vigilaba todos sus pasos como una sombra. “Soy una verga, padrino, todo está controlado —me dijo con toda la confianza — .Ahora mismo estoy en una junta de trabajo —me guiñó el ojo—, por cierto, el motel Palmas te lo recomiendo, ya hasta tengo membresía.” Como buen amigo de la infancia, le dije que no fuera tonto y que tomara conciencia de lo que iba a pasar: un nuevo hijo, una nueva alegría, un renacimiento. Se lo dije porque sabía lo que significaba. Hoy no me quedaban más que trazas de batallas estériles, insípidas, de mi propio divorcio.

Salimos de la Marisquería Verde y fuimos al banco. Le presté diez mil pesos. Recuerdo que en ese entonces era como quitarle un pelo a un gato con la jugosa compensación que me habían dado por romperme el alma diez años en la empresa. Firmé el traspaso a su cuenta. “Junior te lo agradecerá, padrino, de verdad”, dijo con la voz afectada. Nos dimos un abrazo. Realmente me sentí muy bien por ayudarle; dicen por ahí que es mejor dar que recibir, y me lo creí.

Efectivamente, César tuvo a su hijo en una de las mejores clínicas y su esposa pudo posar maquillada y arreglada para las fotos de Facebook en el ostentoso nosocomio. Por mi parte, centrarme en la publicación de mi primera novela me permitió una deliciosa abstracción tras diez años de tensión permanente.

Cuando le presté los diez mil a César era marzo. Ahora estábamos en octubre y al intentar pagar con la tarjeta el último lanzamiento de Mc Carthy, la dependienta me comentó con una sonrisa que la máquina decía “sin fondos suficientes”. Cómo puede ser posible, me dije saliendo de la librería, sin el libro y con mi ticket de “tarjeta rechazada” en la mano crispada. Estaba en la ruina. Tenía que recurrir a mis regalías literarias.

Los libros que había publicado no se recibieron bien. La editorial me reclamó las pérdidas y fue como despertar de una ligera ensoñación. “Escribes bien, pero no se vende”, me decían una y otra vez. Terminaron por sacarme a la calle con las cajas repletas de ejemplares de mi primera novela.

Se amontonaron las cosas: el asunto de mis libros sin editorial, el dinero casi agotado y yo con la resaca de unas vacaciones prolongadas. Supe que César había ascendido a gerente regional en su empresa y le empezaba a ir muy bien, por lo que sentí que ya podía pagarme los diez mil pesos que le había prestado cuando más los necesitaba. Un pelo a un gato, me dije.

Lo busqué por chats, redes sociales, y por fin llamadas insistentes a su móvil. Una vez me contestó, jadeando, que estaba en una “junta”, y que me pasaba el dinero al rato. Así me jineteó por lo menos un mes.

Entonces, una tarde me senté a esperar a César en la entrada de su casa. La noche caía en el fraccionamiento, cuando por fin llegó en una camioneta del año, gris y reluciente. Elsa, su mujer, cargaba con su hija de tres años que parecía un ratón, y con Junior, el nuevo bebé de tres meses. Vi en el rostro de mi amigo una sombra de desconcierto mientras se estacionaba en el porche y bajaban con unas bolsas de compra. Elsa me barrió con la mirada y ni me saludó. César se apresuró a llenar la descortesía y, como si nada, me abrazó y me dijo “¿cómo estás, padrino?” mientras encaminaba a su hija, que me miraba desconfiada, cargando las bolsas del súper. No dije nada de momento: él sabía mejor que nadie la cuenta pendiente que teníamos, y le iba a dar la oportunidad de justificarse.

Me invitó a pasar a su sala minimalista, bellamente decorada. Destapó dos cervezas, me tendió una y brindamos en silencio. Su mujer hizo una mueca como si oliera mierda y fulminó a César con la mirada. De inmediato, subió a la planta alta sin decir palabra, taconeando ruidosamente. Él ni pareció notarlo.

César tomó un trago largo de la Modelo. Me habló de que todo iba muy bien, de su intrascendente vida que no hacía más que desviar el agua de un dique a punto de rebosar. Este cabrón no iba a decirme nada de la deuda. Entonces ya no pude contenerme y atajé. Se lo dije de la mejor forma: necesitaba algo de ayuda para salir del hoyo. Estaba a punto de quedarme sin nada.

César bajó la mirada y sacó su cartera. Me la mostró vacía. “Debo al banco, debo al doctor, otras deudas me ahogan”, me dijo. Entonces, sin ser consciente en ese momento, cometí el grave error de valorar una amistad así, más que el dinero, y regateé. Me dijo que haría lo posible para que en la próxima quincena pudiese darme “algo”, pero que andaba por los suelos. Agradeció mi ayuda de los diez mil, pero no había acabado todo, al contrario, dos hijos elevaban al cuadrado los gastos; ya sabes, pañales, biberones y papillas.

Con sentimientos encontrados, recuerdos de la primaria hasta la universidad, de las cosas que me enseñó a falta del hermano mayor que no tuve, salí de su residencia sintiéndome asqueado, reclamándome. Cómo podía exigir dinero así a un amigo; ya llegaría el tiempo en que me pagaría, un préstamo de amigos no tenía fecha de devolución y lo más sensato era buscar un empleo.

La aventura de escribir estaba fracasando y no quería aceptarlo. Ya eran más que suficientes diez años regalados a una empresa de mierda, y de esos diez, cuatro en un matrimonio de mierda también, retrocesos a mis sueños. Un trabajo en el que pagaban bien, pero el tributo era mi sangre; compartir conversaciones y lugares con gente mediocre y conformista, padres y madres de familia como César, Godínez frustrados.

Soy bueno y lo que escribo es bueno, me repetía antes de dormir entre las gélidas sábanas. Continuaba los capítulos de un nuevo libro y algunas líneas me esperanzaban, otras me hacían pensar en mi pobre incursión fuera del Sistema y de no seguir con el Plan de una persona promedio. Y de nuevo regresaba ese pensamiento como un coletazo: había sido un pendejo prestando ese dinero.

Una tarde que rondaba buscando infructuosamente un trabajo, me encontré a César en Plaza Las Américas. No me vio, y aproveché para seguirlo. Ya habían pasado unas tres quincenas desde su promesa de abonar algo a la deuda, y —qué raro— no lo había localizado desde entonces. Entró al casino Alí Babá y me colé tras él. A lo lejos vi que entregó al cajero varios billetes de quinientos pesos y los ingresó en la tarjeta para jugar en las tragamonedas. Estuvo unas tres horas en los bingos electrónicos hasta que se le terminó la suerte. Le llamé por probar y vi claramente que, al recibir mi llamada, puso el celular en silencio. El tono de llamada prosiguió hasta que yo colgué. Hijo de la gran puta. Lo esperé paciente mientras me tomaba un agua mineral, fingiendo ver un partido de fútbol en las pantallas del casino. Salió de ahí y con paso veloz se dirigió al estacionamiento techado. Miró a su alrededor como si esperara a alguien. Estaba tan ensimismado que no me veía.

Antes de que pudiera decidirme a cortarle el paso, un Audi blanco entró al estacionamiento. En él venía manejando una morena de labios gruesos y pómulos afilados. Sus pechos enormes sobresalían de un minúsculo escote. César subió y, de inmediato, se prendió a aquellos labios como una ventosa. Le oprimió los senos y los masajeó profusamente mientras la besaba.

Arrancaron y salieron de la plaza, seguro rumbo al motel ese que me había recomendado en la marisquería, el Palmas. Me quedé con los puños crispados, impedido para actuar tras ese muro de recuerdos compartidos con César. Me decepcionaba él y me decepcionaba yo por ser un imbécil y no hablar de frente con alguien que decía ser un amigo. Entonces comprendí que su adicción era la que jugaba conmigo, no con el bingo electrónico, ni con la puta de su secretaria: yo era parte del juego en el que César apostaba para que su vida fuera un poco más llevadera. Decidí ir al casino todos los días a beberme un agua mineral y a esperar, y descubrí que la operación de César se repetía en un horario —respetado religiosamente— los lunes, miércoles y viernes. Todo a la misma hora como una telenovela de pésimo gusto. No tuve el valor de jalarlo de las solapas y exigirle que me respondiera como hombre y como amigo.

Pasaron dos semanas y un viernes, después de ver cómo se llevaba a su secretaria al motel, llegué a mi casa con las tripas chillando por el enojo. Mi casa era sólo un cuartucho donde me esperaban un refrigerador vacío y las cajas de mis novelas todavía con olor a nuevo. La incertidumbre del qué pasaría mañana golpeteaba en cada latido de sienes. Cuando intenté abrir el grifo para lavarme, éste solo tosió unas gotas y no salió nada más. Me habían cortado el servicio. A los dos días cortaron la luz y fue cuando, entre penumbras de mi habitación, me sentí desamparado de verdad. ¿Era yo mi propia víctima? ¿Sufría por ese muro de sentimientos encontrados y por eso fracasaba? Las palabras eran mi sueño y mi vida, y me rechazaban; una relación que alimentaba con toda mi alma me dejaba en la miserable friendzone. Recurrí a mi padre. Tuve que usar todo mi temple para ir a verlo. Cuando llegué a su casa, arrugado, sin bañar y con una barba que le cubría el rostro, hizo una mueca que me pareció una sonrisa de satisfacción. Me preguntó cuánto quería. Le dije que unos dos mil pesos. “¿Y tus libros cómo van?”, me preguntó como una estocada final.

Él mismo me había dicho, después de que mamá muriera, que si pensaba vivir de esas pendejadas de escribir. No le respondí aquella vez. Hoy mi padre se veía mejor que nunca, a pesar de servir en la hotelería, y se daba el lujo de echármelo en cara vistiendo ropa deportiva de marca, además de tener acondicionada una de las habitaciones de la casa como gimnasio personal. “¿Y tus libros cómo van?” Respondí que bien, que era algo lento y tardaría un poco en ver el resultado. “Eso me parece excelente, hijo”, me respondió mientras me extendía los billetes. Sentí unas ganas inmensas de vomitar.

Mientras nos despedíamos, dijo que tenía una idea. En la cadena hotelera en la que trabajaba había vacantes. “Eres un licenciado en empresas turísticas, cabrón, es un buen momento para ejercer, ¿no crees?” Algo dentro de mí murió en el instante que le dije “sí”.

A la semana siguiente ya estaba trabajando en uno de los hoteles más lujosos, reincorporándome a la maquinaria de violación a mis sueños más profundos. El sueldo, como esperaba, era una miseria y al principio sólo me alcanzó para lo básico: pagar los servicios, la comida y una botella de Jack Daniels. Ser un recomendado hijo del gerente me hacía pasto de las burlas, pero me convencía como un mantra de que esos empleadillos con barriga cervecera, cuyas charlas tenían como límite exhaustivos análisis de los goles fallados del Chicharito Hernández, se mofaban de mí porque no tenían ningún otro sueño ni habilidad en la vida. Yo era un Escritor y seguía siendo infinitamente superior a ellos, aunque mis libros siguieran en el mismo sitio, apilados en el cuarto, sin abrir y con olor a nuevo. Con esto sobrevivía al diario.

Mis mensajes y llamadas a César fueron infructuosos las semanas posteriores al encuentro con mi padre. Fue entonces cuando me di cuenta de que había decidido intercambiar la amistad por diez mil putos pesos. En eso se tasaba mi persona para él, diez mil pesos, unas cervezas y un ceviche en la Marisquería Verde.

Una tarde lluviosa caminaba entre los charcos que parecían lagos grises y turbios, pensando en que debía tener un automóvil en vez de esperar a que mis libros se vendieran. En vez de hundir mis únicos zapatos en el fango y la mierda, una furia salvaje me empujó a dar el paso definitivo. En la esquina había un teléfono público. Palpé mi bolsillo y las monedas tintinearon. Era viernes.

“¿Bueno?”, contestaron. Era Elsa, claro. Su voz con un claro acento de fastidio se percibía espesa,lechosa, del otro lado de la línea.

“¿Elsa Romero? Escúcheme bien, señora. Esto no es una broma. Su marido César Duarte es un jugador y la engaña. Si no me cree, vaya ahora mismo al motel Palmas y espérelo a la salida. Va en un Audi A3 blanco con su secretaria, seguro la conoce. No deben tardar en salir”, dije. “¿Quién carajo es?” Su voz sonó entrecortada como si se le hubiese anudado una tripa.

“Yo de usted haría una revisión de las cuentas de su esposo. Igual y encuentra algo”, añadí.

Colgué. Una llamarada de adrenalina recorrió mi cuerpo y mis vellos se erizaron bajo la pertinaz llovizna.

¿Daría resultado? Mientras lo pensaba, tomé un taxi.

“Al motel Palmas”, dije, y mi voz sonó monocorde, sin vida.

Esperé tras unos arbustos, justo frente a la entrada del motel. La lluvia ya no me molestaba, pero los minutos se acumulaban y nada pasaba.

Sentí mi corazón agitarse cuando vi una camioneta último modelo llegar, vacilante, a un costado de la entrada. Apagó las luces. Ahí estaba Elsa, pálida y mirando a todos lados. Consulté mi reloj. Sólo faltaba César. ¿Pero de verdad estaba ahí con la golfa? ¿Y si hoy había sido uno de esos días raros en que no se habían visto? ¿Y si ese cabrón tenía, además, una suerte endemoniada?

El portón principal se abrió, y un Audi blanco, como un potro angelical, se deslizó lentamente hacia el único camino que había para tomar la avenida, camino bloqueado por una camioneta del año, gris y reluciente. No me lo podía creer. Estaba en primera fila y todo pasó como un rayo. Elsa prendió los faros, metió un acelerón fortísimo, la camioneta rugió como una bestia colérica, y se lanzó al potro blanco con toda la brutalidad que imprimen ocho cilindros y dos toneladas de peso.

La morena iba al volante y se quedó pasmada, hipnotizada por las luces y la borrasca de sexo. Quizá no sintió el choque, terrible, aplastante. Fierros, cristales pulverizados. Lo vi todo con los ojos abiertos, necesitaba saciarme de eso: la cara contraída y los dientes apretados de Elsa, los dos vehículos haciendo un batido de hierros y caucho en un ruido terrible.

La escena me había provocado un éxtasis que recorría mis venas. Quizá eso me impidió ver de primera mano que el hombre que acompañaba a la morena en el Audi no era César. Un sentimiento agridulce se alojó en mi lengua mientras las patrullas y ambulancias pasaban a mi costado, frenéticas. Decidí marcharme. La cabeza me dolía tremendamente. Qué les dieran a todos. Ni eso me pudo salir bien. Puto César, afortunado en el juego y en el amor.

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