René Avilés Fabila

Jamás me preocuparon los naguales, llegué a pensar que eran producto de la imaginación popular, leyendas que habían superado el tiempo o simplemente parte de una peculiar literatura mexicana. Alguna vez leí un libro titulado Naguales de Rafael López Jiménez, obra donde los naguales tenían distintas apariencias. Más recientemente, en Oaxaca, en San Martín Tilcajete, Ocotlán, conocí a un artesano, Jacobo Ángeles, que me mostró, entre otras maravillas de su trabajo como escultor en madera, una extraña figura de casi un metro de altura, tallada en una sola pieza: era, a mi juicio, una fantasía, un acabado producto de la imaginación, algo que le venía al artesano del fondo de los siglos y que en sus trabajos predominaba más su parte indígena que la española.

-No -me reclamó con tono fino, discreto-, es un nagual-armadillo, tal como lo vi en la sierra.

La pieza era el citado animal pero monstruoso, pues la cabeza era de un ser humano, viejo y feo, marcado por una expresión de odio y dolor. Si eran brujos o hechiceros, lo ignoro, pero puedo sacar en claro, con la ayuda de otras obras, que se trata de seres capaces de transformarse en animales, hombres o aberraciones, con frecuencia híbridos, como en la atractiva y distante mitología griega, donde un prodigio podía tener cabeza de toro sobre cuerpo humano. En todo caso, los naguales eran parte de las quimeras de personas que viven en el campo mexicano, fueran o no indígenas. Y que cuando se nos aparecían era para hacernos daño.

Yo jamás pisé un bosque, ascendí una montaña o navegué en un lago o río caudaloso, fui un hombre apegado a las urbes. Poco me movía de la Ciudad de México, la que vi crecer de manera desmesurada, convertirse de pequeño poblado con aires provincianos en megalópolis. Simple y llanamente me fui ajustando a sus dimensiones colosales, acromegálicas, porque el suyo era una desarrollo anormal, una enfermedad. La mía, pues, era y es una ciudad patológica, pero nunca me fue ajena ni desagradable. Sólo la acepté, quizá porque sus transformaciones y expansión no me irritaban o porque yo solía acomodarme a cualquier situación urbana como la inseguridad, los sobresaltos políticos y los problemas que suele llevar la sobrepoblación en un país pobre.

De niño, mi abuela solía platicar de naguales. Contaba de uno que molestaba a su familia en un pueblo llamado Amanalco, en el Estado de México. Su casa, donde vivía con sus padres, antes de casarse, estaba en las afueras del villorrio, cerca de un río de aguas limpias que no existe más, según me han dicho quienes lo conocen. Se trataba de una época en la que era posible encontrarse con animales silvestres e inofensivos. Los coyotes iban ya hacia su extinción en esa zona. No había luz eléctrica ni agua corriente. La vivienda era de adobe y tenía encantadores techos rojos gracias a las tejas de barro. Las ventanas eran pequeñas porque pequeña era aquella morada de apenas tres habitaciones y una cocina que servía asimismo de comedor. Los animales, gallinas, dos gallos que su padre solía mantener separados para que no pelearan entre sí, un par de vacas y una mula, resultaban parte del modesto patrimonio familiar y vivían aglomerados sin distinción en un corral adjunto.

En las noches, cuando su padre, mi bisabuelo, no llegaba tan fatigado como de costumbre, solía contar historias para entretener a sus hijos, mi abuela y sus dos hermanos, mientras su esposa preparaba la cena. Eran cuentos que inventaba o leyendas que habían pasado de boca en boca desde hacía cientos de años, cuando México todavía era colonial. Predominaban las mezclas de fragmentos que su padre mantenía en la memoria, a los que con frecuencia mejoraba con la típica imaginación de quienes al caminar horas por senderos solitarios e ir de un lugar despoblado a otro con apenas unas cuantas personas, solía desarrollarse para evitar el tedio.

Mi abuela que apenas llegaba a los siete años de edad, gustaba de atemorizarse exageradamente y buscaba la protección del mismo que la espantaba con sus relatos de fantasmas, aparecidos y voces misteriosas, de sombras y objetos que se movían sin razón aparente. Una vez, cuando ya la historia había concluido, terminaban de cenar y estaban a punto de rezar sus oraciones habituales, oyeron una especie de mugido. El padre dijo:

-Debe ser una de las vacas, el frío las hace quejumbrosas.

Pero de nuevo se oyó el mugido y esta vez más fuerte, quien lo producía estaba dentro de aquellas paredes. Tanto la madre como el padre buscaron con la mirada, sin moverse del sitio donde estaban, rodeados de los hijos. En la ventana estaba una enorme cabeza de toro, con largos cuernos como de obsidiana, una mirada fiera, de fuego, y una piel tan oscura como la cornamenta.

Lo asombroso no era la aparición sino el hecho de que la cabeza fuera mucho mayor que la pequeña ventana de la cocina-comedor. ¿Cómo pudo meterla? Habrá que añadir que no bufaba sino que hablaba en un lenguaje desconocido y amenazante. Las velas permitían ver el fenómeno con cierta claridad, pero le añadían un aire fantasmal y peligroso. La madre de mi abuela se hincó y comenzó a rezar, a pedirle a Dios que los protegiera, los niños gritaban horrorizados por aquella cabeza y el padre se movía lentamente en pos de su única arma: un machete.

Nadie supo cuánto tiempo duró la aparición. Pero de pronto se desvaneció dejando un ambiente fétido, de cadáver putrefacto. La madre de mi abuela siguió rezando un rato más, pidiendo al Señor y a la Virgen María que los protegieran. Luego de un rato cuando todos se tranquilizaron, contaba mi abuela, su padre dijo con voz lenta, temerosa:

-Era un nagual.

Al día siguiente los papás de mi abuela fueron a buscar al sacerdote para que bendijera la casa y la rociara con agua bendita. Nunca más volvieron a ver la cabeza de toro, lo que significaba una sola cosa: los rezos y el agua bendita habían dado resultados positivos y el espanto no volvería.

Los recuerdos son ya inciertos, borrosos, la vida urbana fue apagándolos. Algo quedó por allí, en la memoria de mi madre, quien al final de su vida contaba algunas cosas más sobre naguales mitad coyotes mitad humanos o de una iguana que tenía pies de hombre y por cabeza la de un sapo. Una amiga suya de infancia, que vivía no lejos de su casa, a veces sentía sobre su espalda un enorme peso que la doblaba, la encorvaba por completo y no había forma de hacerle ver que era su propia imaginación, que no llevaba ningún objeto, animal o persona sobre ella, a pesar de que la pobre joven rogaba a gritos que le quitaran de encima a ese nagual. No le di mayor importancia a tales relatos. Pero las lecturas me permitieron saber que en los tiempos prehispánicos los hechiceros jugaban papeles destacados en la vida cotidiana y ritual. Podían ser llamados adivinos, curanderos o brujos y sus funciones eran generalmente curativas. En Mesoamérica, algunos sacerdotes tenían “nagual”, que significaba doble cara o al otro lado de la cara. Aunque no es fácil precisar sus tareas, no parecían malignos, al contrario: solían acompañar a los difuntos en su sinuoso camino al otro mundo. No obstante, desde esas épocas, el nagual podía ser una bestia malvada, feroz, y esa es la versión que ha llegado hasta nosotros: el nagual como algo malévolo y el hecho de que fuera una desconcertante mezcla de animales y humanos indica que su objetivo era el mal o al menos horrorizar a los vivos.

Luego vino la Revolución y los brutales enfrentamientos de los zapatistas con fuerzas federales se hicieron comunes. El pueblo quedó desierto y los alrededores con mayor razón. La familia Montes de Oca emigró a la capital, a México, como le decían a unas cuantas colonias que se amontonaban alrededor de lo que hoy llamamos Centro Histórico. Yo nací en la capital, alrededor de 1930, cuando mis abuelos estaban ya muy viejos y mi mamá era maestra de primaria. Vivíamos sobre la calzada de Tlalpan, muy cerca del Centro, al que podíamos llegar sin problemas a pie. Lo maravilloso eran los tranvías dobles que iban del Zócalo a Tlalpan y Xochimilco, puntos entonces muy alejados y llenos de bellezas naturales y color, en el camino uno podía ver pueblos como Coyoacán y Tlalpan que más adelante serían engullidos por la urbe. Era todavía una ciudad de lagos y ríos que gradualmente se descomponían al utilizarlos como depósitos de aguas negras.

La casa donde vivían mis abuelos y mi madre, muy pronto separada de su esposo, mi padre, estaba en una parcela. Más aún, así le decían, La Parcela, con mayúsculas, porque era de su propiedad, quedaba más o menos por donde hoy está la avenida Xola, cerca del río de La Piedad.

Pero todo eso está muy distante. Han pasado cosas negativas para la familia. Soy el último de los Montes de Oca que tuvieron que emigrar a la capital, en un intento desesperado por recobrar la tranquilidad: aquí nací yo y en efecto, ha desaparecido la totalidad de mis parientes. De una u otra forma, todos murieron: unos por viejos, otros por enfermedades. A la última que enterré fue a mi madre. Desde entonces vivo no lejos de aquel rumbo donde pasé la infancia, en Narvarte; allí tengo una casa que se ha ido haciendo ruinosa y que no consigo hacerle las reparaciones pertinentes. Cuando concluyo una cosa, aparece la otra. Pero sin hijos ni amigos verdaderos, no tengo intenciones de dejarla en buen estado para que alguien se la quede. A menos que tenga que hacerle arreglos urgentes como una fuga de agua, una cañería descompuesta, una ventana desvencijada. Vivo de mi jubilación como maestro de secundaria y paso buena parte del tiempo leyendo y recordando la cantidad de proyectos que hice durante la juventud y que por muchas razones no fui capaz de llevar a cabo: se quedaron en sueños, en simples aspiraciones que jamás me atreví a concretar como si estuviera esperando algo distinto y más afortunado. A veces miro la televisión sin ningún interés, acaso alguna vieja película. Así son mis últimos años o meses, no lo sé. Pero me gusta una soledad apenas interrumpida por un compañero de trabajo que pasa a visitarme para recordar las escuelas donde enseñamos o para platicar de antiguos colegas ya desaparecidos.

Pero las historias de naguales que recordé no aparecieron de pronto, vinieron porque desde hace varias noches escucho ruidos ajenos a la casa. Los propios los conozco bien, por años los he oído, son las quejas de una vieja sin remedio. Nunca me preocuparon, es una vivienda bien construida, resistió los peores temblores, como el que derribó al Ángel de la Independencia y el de 1985 y no ha sufrido daños, a lo sumo alguna grieta muy discreta, apenas perceptible. No. Los ruidos no son de la casa que habito desde que era nueva. Yo la compré, fui el primer dueño y nadie cercano, distante, maligno o bondadoso se ha muerto entre sus paredes. Mis más entrañables familiares fallecieron en hospitales y fueron velados en agencias funerarias. No hay fantasmas, ningún espíritu la comparte conmigo. Tampoco está edificada sobre terrenos malditos o que pertenecieron a un apartado cementerio. Vivo en una calle luminosa y con vecinos que como yo tienen décadas aquí.

Pero noche tras noche oía aquellos enigmáticos ruidos. Como es usual, desaparecían en cuanto yo recorría la casa. En una ocasión el escándalo provino de la cocina, la impresión fue que alguien salió de allí y caminó sin ningún cuidado por la sala y el comedor: lo deduje porque a veces los pasos se escuchaban claramente, al chocar de los zapatos con la duela, en otras eran menos sonoros debido a que los tapetes amortiguaban el sonido. Incluso hubo choques en apariencia entre muebles y personas. Estaba seguro de que alguien estaba dentro de mi casa y por lo tanto bajé de inmediato, dispuesto a enfrentar al intruso, ladrón seguramente.

Nada, no había ninguna persona, ni huellas o señales de que alguien hubiera caminado por la planta baja. Sentí temor. Ahora la casa estaba silenciosa. Parecía estar situada en medio de una zona aislada, en pleno campo, ni siquiera del exterior llegaba un sonido a pesar de que está en una calle transitada. En lo sucesivo debería tener cuidado. Podría ser un vecino que al darse cuenta de mi soledad intentaba robarme mis escasas propiedades o un merodeador que al no encontrar objetos valiosos salió por donde entró. ¿Pero por dónde? No había señales de que hubieran entrado a mi casa: puertas y ventanas no mostraban señales de violación.

Noches más adelante, luego de leer un rato me quedé dormido. De nuevo ruidos extraños me despertaron. Ahora indicaban a dos o más personas. Sin reflexionar fui veloz al lugar de donde se originaban. Nada otra vez. Pero ahora alguien había husmeado aquí y allá, el desorden era visible, pero no se veía quién o quiénes lo habían propiciado. No había llovido en semanas, pero el piso mostraba huellas lodosas: unas señalaban las de un hombre, más adelante desaparecían y en su lugar tenía yo a la vista las de un perro o algo semejante. Me estremecí. Recordé al nagual de los relatos de mis mayores. Son capaces de adquirir formas humanas o si les conviene pueden conservar la apariencia de un coyote o perro de apariencia siniestra, agresiva o, por último tomar apariencias sorprendentes, mezcla de animales y hombres.

Me senté a esperar la luz solar sin poder dormir de nuevo. Con la mañana pude ver más claramente las huellas. Las de pies descalzos y las de un cuadrúpedo particularmente grande. Eran aterradoras y a pesar de la hora, sentí pánico. Lo único que tuve fue un alarmante sentido de desprotección al darme cuenta que no tenía a dónde ir, con quién buscar apoyo. Sin amigos ni familiares, estaba inerme. Era un viejo a merced de un ataque sobrenatural. ¿Buscar a la policía? ¿Qué les diría?

Pasaron dos noches más y nada ocurrió. Ni sonidos preocupantes ni figuras fantasmales. La casa recuperó su tranquilidad. La tercera noche trajo aullidos, aullidos extraños, no como los que imaginaba que pertenecerían a un lobo, coyote o a un perro, eran algo más grave y se mezclaban con palabras extrañas. Cuando decidí enfrentar aquel fenómeno, y a punto de dar los primeros pasos fuera de mi habitación, vi con claridad una figura que podía ser mitad can, mitad ser humano, pero no era una simple mezcla sino un cruel injerto, una figura contrahecha que caminaba con pies humanos y patas de coyote. La palabra nagual resonó en la casa. Cuando estaba cerca y a punto de tocarme con sus garras, me moví como pude hacia la puerta del baño y me encerré. El lugar era una trampa. Sin ventanas y con sólo un respiradero para los vapores del agua caliente, no había entre el monstruo y yo más que una débil puerta que se derrumbó al primer empujón violento. Retrocedí hasta donde me fue posible. Cuando la pared me contuvo, sentí un impacto, un fuerte golpe en todo el cuerpo y perdí el conocimiento. Al despertar, el nagual había desaparecido. No estaba más junto a mí, sólo su aliento fétido, nauseabundo restaba en el ambiente.

Poco a poco me recuperé, comencé a respirar con normalidad, me sentía mejor aunque más pesado y con la cabeza adolorida. Traté en vano de prender la luz. En la penumbra (algo de luz entraba de la calle) quité los restos de la puerta de madera. En las maniobras pude notar dificultades para llevarlas a cabo, no me era fácil recoger los trozos de madera ni los daños causados por la abrupta presencia del monstruo. Me preguntaba qué quería, por qué me buscaba y asediaba. ¿Tendría algo que ver con aquel nagual de los relatos de mi abuela? Mi torpeza no coincidía con el nuevo poder que sentía, con el vigor que el pánico había desatado en mi interior. La sensación era de rejuvenecimiento, pero no atinaba a seleccionar bien los restos de la puerta. De pronto, la luz eléctrica regresó; estaba frente al gran espejo del baño y pude ver mi imagen reflejada. ¡Yo era un nagual, el nagual que al fin había dado con el último descendiente de una familia destinada a desaparecer y que por simples azares sobrevivió! ¡Una bestia informe mitad humana y mitad animal, con manos y patas que mostraban garras afiladas! Una nueva sensación de poder intelectual me iba restando el miedo y el desconcierto iniciales. En mi agitada cabeza ahora aberrante, hechizos y brujerías se agitaban y mezclaban con deseos infinitos de asesinar. Transcurrió poco más de un siglo para encontrarme, el último de los Montes de Oca, maldecidos por no sé quién ni por qué razones. Pero estaba ante mí, en el espejo, el ser absurdo y bestial. Era yo. ¡Yo! Luego de unos minutos de observar cuidadosamente mi nueva y cruel apariencia, de ordenar mis nuevas ideas, pasiones y necesidades, sólo necesitaba pensar cuál paso era el siguiente: ¿Quedarme allí para siempre o salir en las noches en busca de víctimas.

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1 comentario

  1. Alejandro Bernal on

    Este relato me remoto a historias de mi Tía Josefa, la maestra Dávila de la José Martí, he recordado tantas cosas con el que me siento renovado en leyendas.
    Mil gracias por la historia.
    Por cierto ese cuadro del Nahual esta colgado en una casa en Quintana Roo, lo he visto en vivo, lo Pinto Marisa Herzlog, buen e amiga.

    Gracias y saludos.

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