Macarena Huicochea

Sirenas, esfinges, centauros, grifos, hadas y una larga lista de criaturas fantásticas habitan en las leyendas, bestiarios y cuentos infantiles que han acompañado a la humanidad desde el origen de los mi-
tos hasta las nuevas sagas del siglo XXI, donde los “X-men”, superhéroes con poderes animales o habilidades más que humanas y los magos como Dumbledor o Harry Potter conviven con trasgos, orcos y otros monstruos que nos fascinan y aterran con su deformidad.

Pareciera que existe un placer atávico, acaso parte de nuestro ADN, que se expresa desde la más tierna infancia con el omnipresente monstruo que habita en los roperos o debajo de la cama (sin olvidar al “coco”) para llevarnos a encontrar placer en esas películas de terror, en las que se logra hacer de un payaso o un muñeco de ventriloquia una fuente de pánico; o a extrañas criaturas con formas de insectos o virus, en alienígenas que se apoderan de nuestra voluntad y nos transforman en seres deformes y sin control de nuestros instintos más primitivos.
También es interesante descubrir que, en las grandes epopeyas, no hay héroe que no tenga que enfrentar a algún tipo de monstruo ancestral o demoniaco o producto de una transgresión divina o natural. En otras leyendas, son los propios héroes los que tienen que luchar contra sus internas deformidades, representadas por algún atributo animal que hay que superar como un rabo, unos cuernos o unas orejas, tal cual sucede en la anónima La bella y la bestia; en El príncipe sapo, de los hermanos Grimm; en Piel de asno, de Perrault, y con otros muchos personajes producto de una combinación entre lo humano y alguna otra entidad viviente o bien un ser humano atrapado en un cuerpo animal.

Una de las primeras referencias escritas al respecto está en Physiologus, libro anónimo escrito entre los siglos II y IV, al parecer en Alejandría, que contiene descripciones de diversos animales, criaturas fantásticas y plantas, en el que se narran por vez primera como la del Ave Fénix, que renace de sus cenizas, o la forma de atrapar a un unicornio, ser que no puede resistirse a reposar su cabeza sobre el regazo de una doncella virgen.
Sin embargo, en las mitologías asirias, egipcias, griegas e incluso prehispánicas se encuentran testimonios pictóricos y escultóricos de seres híbridos y divinidades o semidioses con algún atributo animal o que pueden transformarse a voluntad en minerales, plantas o bestias.

En la Edad Media, se hicieron populares los bestiarios fantásticos donde se narraban antiguas fábulas del mundo persa y greco-romano y, a partir del siglo IV y hasta ya muy entrado el siglo XII, el mundo bizantino se encargó no sólo de atribuir nuevos significados a viejas criaturas, sino también de inventar mezclas de animales reales o imaginarios, combinando partes de diferentes criaturas, atribuyéndoles la representación de virtudes o perversiones que no sólo ilustraban libros, sino también invadieron la arquitectura.

No resulta extraño entonces descubrir esta influencia en catedrales medievales como la de Notre Dame de París, donde gárgolas, demonios, trasgos, grifos y harpías parecen querer resguardar la entrada del edificio. Así, pues, los bestiarios se convirtieron en testimonio de dos intenciones diferentes.

Por un lado están las que buscaban transmitir enseñanzas pías y advertencias sobre los riesgos de las “tentaciones” –simbolizadas por bestias solas o que luchaban entre sí o contra hombres indefensos– con el fin de conmover y motivar al el en sus afanes por evitar las “bajas pasiones” y renegar del pecado.

Por el otro lado, los bestiarios y los monstruos en ellos dibujados se convirtieron en lengua esotérica y alquímica a la que sólo los doctos podrían traducir, evitando ser acusados de herejía y quemados en las hogueras por la inquisición, al transmitir conocimientos heréticos y filosóficos ajenos a la cristiandad.
Cabe destacar que, tanto durante la Edad Media como en el Renacimiento, las obras de Cicerón tuvieron gran influencia cultural, llama la atención la manera en que este pensador define lo monstruoso en su obra Divinatione:

Los sucesos que se producen contra natura se llaman monstra, prodigia, ostenta o portenta. Se llaman monstra de monstrare, porque muestran alguna cosa. Se llaman también ostenta y portenta, de ostendere y portendere porque hacen manifiesto u ostensible algo antes de que ocurra. Se les otorga, además, el nombre de prodigium porque dicen en la lejanía, de porro dicere, o de predicere, esto es, porque dicen antes lo que ha de suceder después.

Como se afirmó al inicio de este artículo, los monstruos nos han acompañado siempre y son, me atrevo a afirmarlo, ese “doble invisible” que nos acecha y al que atribuimos todo lo que no nos gusta de nosotros mismos o lo que no aceptamos ni entendemos, pero que, como dice Cicerón, nos muestra ese prodigium que nos habita: la seducción por nuestro lado oscuro, la atracción del abismo que nos pre-di- ce y que nos devuelve el eco de nuestro verdadero nombre.
No resulta extraño, pues, que nos seduzcan Drácula, de Bram Stoker o Carmilla, de Sheridan Le Fanu, y menos aún descubrir la familiaridad y las emociones que nos provoca la lectura de Frankenstein, de Mary Shelley, o El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, por sólo citar algunos de los más reconocidos monstruos de la historia de la literatura.

Creo que lo monstruoso nos atrapa en sus redes porque evocan sentimientos ambiguos: por una parte, la seductora atracción por lo extraño, lo distinto, lo “otro”; y, a la vez, la subversiva y no por ello menos aterradora posibilidad de que los límites de la realidad sean meras convenciones sociales, meros artificios, surgidas de la necesidad de certidumbre y del temor de que se rompan o cuestionen la reglas, las leyes o el orden establecido para la “normalidad” y “el deber ser”.

Desde la antigüedad, la humanidad, acaso aterrada ante la deformidad de su propio rostro, disfraza y proyecta sus temores y cobardías en otras sociedades o en un imaginario enemigo, sin considerar que al marginar y al querer desterrar a las bestias de la “polis” o de la conciencia, sólo las oculta, las hace más hambrientas y contribuye a que rompan las cadenas con que pretende atarlas.

Así es que, aunque cada uno de nosotros finjamos no reconocer las evidencias, los monstruos personales terminan por convertirse en monstruos sociales, políticos y económicos que creamos casi sin querer: criaturas deformes que caminan a nuestro lado y siguen nuestras huellas causando estragos, pero a las que buscamos dejar de ver, oír y entender…

Lo malo es que todos esos monstruos –propios o ajenos, a los que siempre excluimos, marginamos y despreciamos al mirar hacia otro lado– suelen asomarse, tarde o temprano, en nuestro propio espejo y, nos guste o no, se convierten en el reflejo que mejor nos define como especie. Recordemos a Carlos Fuentes: “Increíble el primer animal que soñó con otro animal. Monstruoso el primer vertebrado que logró incorporarse sobre dos pies y así esparció el terror entre las bestias normales que aún se arrastraban, con alegre y natural cercanía, por el fango creador.”

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