David Lara Catalán

Existen varias clases de ruidos. Los hay estridentes, pero pasajeros; molestan, sin duda, pero no pasan a ser un asunto mayor. Por ejemplo, el alto volumen del estéreo de un vecino (a media noche) que celebra todo acontecimiento o el del auto que circula velozmente por la avenida. Existe también el ruido altanero y soberbio que provocan aquellos gritos que pretenden llamar la atención, ya sea dando una orden o un regaño, todo para que se sepa quién manda.

No escapa el ruido que hace en el cine alguien hablando por celular y explicando a su esposa que no hay ningún problema, sólo está retrasado debido a una junta de la mayor de las importancias y desde luego impostergable; la mujer a su lado sólo sonríe y le acaricia el pelo y las mejillas. Existen también los ruidos quejumbrosos de aquéllos que se amotinan en las calles para protestar por todo, aunque en realidad no sepan ni de qué se trata, ni por qué o para quién lo hacen.

Sin embargo, a pesar de que hay una gran variedad y estilos de ruidos, existen tres clases de ellos, particularmente, a los que me voy a referir y que, me parece, son de mayor interés que los citados. El interés reside no sólo en que son bastante comunes, aunque no estemos tan conscientes de ellos, sino en que estos ruidos entrañan cierta trascendencia, de algún modo nos identifican o, si se prefiere, alientan nuestro peculiar estilo de identidad. No son pasajeros ni tampoco son ruidos que molestan sólo por uno momento y después desaparecen como lo podría hacer un dolor físico ante el contacto de un ungüento. Por el contrario, son ruidos históricos, que han estado ahí afuera de nosotros –o adentro–, todo depende de cómo se quiera ver, desde tiempos inmemoriales.

Me refiero a los ruidos que me generan el drama, la tragedia y la culpa. Los llamo ruidos debido a que distraen mucho nuestra atención y sólo distorsionan y entorpecen la comprensión de quiénes somos, así como también las razones, praxis y orientaciones que han ido teniendo en nuestras historias. Son multidimensionales, multívocos, lo que hace mucho más complejo el proceso de una cierta comprensión respecto de ellos. Lo que sí me queda claro es que permean toda una serie de formas de vida, son indispensables. Vivir sin ellos, aunque parezca patético, es como querer vivir sin agua o aire.

Respecto de estos ruidos, no tengo duda, debo decirlo: los he vivido y los he compartido. Fue tal su intensidad y tanta su fuerza en mi conducta que por esto he tenido que diseñar y construir una postura con la cual avizorar con mejor perspectiva el tema que ya he planteado, y ver si así podría erradicarla en cierta medida de mi propia vida. Así que, en consecuencia, empezaré por presentar esta postura o estrategia. Sin más se llama silencio. Es justo la antítesis del ruido. Si bien a veces el silencio hace mucho ruido, en definitiva no son lo mismo. El silencio, considero, me permite observar lo que ocurre a mí alrededor de modo más cauteloso e ir por la vida con mayor conciencia de su importancia.

Bajo el escudo del silencio, puedo caminar grandes distancias; recorrer extensas geografías; detenerme, si es necesario, para respirar profundo; pensar mejor los temas que están ahí incrustados en mi cerebro y que como torbellino van atropellándose y buscando generar más confusión de la debida. Ya después de unos minutos de respiración breve, contengo la agitación provocada por la ansiedad en la que mi imaginación me ha instalado.

Debo reconocerlo, la imaginación, es decir, mi imaginación es infinitamente amplia, en algún modo bipolar. Por un lado crea, pero, por el otro, en su peor versión, destruye y pesa mucho más que los hechos objetivos.

II

Descubrir que uno es parte de los ruidos ya mencionados genera, de pronto, cierto estupor, cierto escepticismo. ¿Soy parte de esto? ¿De verdad? ¿Cómo es que no me había dado cuenta? Son preguntas que de pronto sacuden nuestra conciencia.

Y es que vivir con ellos puede ser tan normal que podemos creer que estamos al margen, aunque en realidad no sea así. Es decir, nos que jamos de esos ruidos sin saber que también los vivimos y reproducimos de modo rotundo. En ese sentido, la incongruencia es nuestra arena donde nos movemos, aunque sea inconscientemente, y donde mejor nos llegamos a sentir. Debido a ello, es que incluso creemos que los demás son así menos uno mismo. Vaya contradicción. Tal vez después delestupor inicial, producto de descubrir que estos ruidos sean parte de nuestras vidas, puede suceder que, alarmado por vivir con esos ruidos, se sienta algún tipo de vergüenza que genera un poco de escozor y se busquen alternativas para reorientar el camino o, también puede suceder, que de modo simple se llegue a la conclusión: “Ni modo, así somos todos, así que a seguirle.”

El silencio es de gran utilidad en nuestra vida o, al menos en la mía. Si se quiere ver así, podría pensarse que al menos otorga un poco de felicidad, pero no es cualquier clase de silencio, debo advertir. Me refiero al silencio que tiene que ver con la prudencia, el cual implica un cierto vínculo con algún nivel de sabiduría y que lo distingue, por citar algunos ejemplos a manera de contraste, del silencio fruto del cansancio o la indiferencia o del silencio de la complicidad. No busco en modo alguno presentarme como ejemplo de sabiduría, pero considero que en alguna medida sí alcanzo a percibir la importancia de este tipo de silencio. Es decir, ese silencio al que me refiero es el que me detiene para no caer en tantas imprecisiones o desgaste con discusiones estériles e inútiles. Me detiene, aunque no de modo fácil, para no opinar sobre temas donde no tengo nada que decir y de los cuales no tengo la menor idea.

Digo que no es nada fácil, porque casi siempre aparece una especie de bicho que me pica la cabeza, no se diga la lengua, y me incita a opinar o sugerir o proponer una idea a los demás como si fuese un verdadero experto en el tema.

Se me estaba olvidando y debo agregar un factor más a la tragedia y el drama de nuestras genealogías, permítanme decirlo así en plural: nuestras. Lo hago tomando una atribución que puede ofender a muchos, pero creo que al final, aunque sea un poco, hemos de coincidir. Este otro factor se llama culpa. En cierto momento, la culpa es el resultado de la tragedia y el drama, pero prefiero presentar a esta triada como un proceso interactivo. Entender la forma de cómo interactúan estos tres elementos y el resultado de dicha interacción es clave para comprender esos grandes rasgos de nuestros comportamientos, individuales y colectivos, que suelen pesar como una gran losa, aun cuando debido a la interacción constante se vuelvan compañeros de nuestra cotidiana normalidad. Culpa, tragedia y drama recrean la parte más oscura de nuestros imaginarios, son la parte más absurda de nuestra cotidianidad, pero al mismo tiempo las más vividas, las que más trascienden, las que mejor nos acomodan. Ya explicaré más adelante por qué y para qué.

Cuando hablo de genealogías, por cierto, me refiero a que atrás de nosotros existen múltiples microhistorias, donde los personajes pueden ser personas, contextos, discursos, circunstancias… que componen nuestras microhistorias, familiares y sociales. De una u otra forma, la convivencia con los demás deja huella, a veces una sonrisa amable o un gesto grosero, una palabra de aliento o de agresión, una palmada en la espalda o el desdén, una mirada furtiva o de gran atención. Son factores que alientan o declinan una relación, dan carácter o debilitan una personalidad, inclinan cierta forma de ser, de hacer y de pensar. Es decir, generan un contexto. En el camino, le vamos dando forma y, sin duda, las perspectivas cambian de acuerdo siempre con el contexto, el cual, a su vez, dentro del marco de su dinamismo va moldeando, a veces imperceptiblemente, una infinita serie de posibilidades para ser elegidas. Nuestros procesos cognoscitivos son esenciales para reorientar y/o comprender un concepto o una historia, una acción, una cosmovisión. Un término que considero que se ajusta muy bien para explicar este momento en que descubrimos que podemos, después de buscar exhaustivamente en nuestro cerebro, explicar una idea o una circunstancia de la mejor manera posible, casi como un traje a la medida, es el que refiere al insight, es decir, ese proceso que hace que en ciertos momentos se iluminen nuestras ideas y concepciones. Es el Eureka de Arquímedes. Es la felicidad cognoscitiva y emocional. No importa que tan breve pueda ser. Es lo más parecido a un momento de redención. El silencio del que estoy tratando de hablar es producto de uno de esos insights.

En mi caso, este insight, este Eureka, fue un flashazo en momentos de  suma oscuridad, el relámpago antes del trueno. Apuntó mi camino hacia una dirección desconocida, confusa, pero atrayente a la vez. Una dirección sin objetivo previo, pero intrigante, sugerente, que me parecía decir casi de modo silencioso: “¡Atrévete, sígueme y no hagas mucho ruido!” Este momento me llevó a considerar seriamente el silencio como una forma de vida, tal vez al principio como un mecanismo de defensa o de subsistencia, poco después como ese gran mecanismo que me ha permitido observar de la manera más objetiva posible lo que me rodea con la única finalidad de comprender comportamientos, los propios y los ajenos, y así, en la medida de lo posible, no errar tanto en mis juicios. Ésta es sólo una de las grandes vertientes que el silencio me ha permitido explorar.

Así, entonces, comprendo que muchos otros individuos han optado por escuchar la sabiduría del silencio; otros más, una vasta mayoría, por reproducir más violencia y más agresión incluso de modo consciente. Casi como una manera de acreditar lo aprendido.

Algunos más tal vez ni cuenta se han dado de lo que reproducen con sus formas de vida y, sin embargo, ahí están, interactuando día tras día. Dice George Steiner en Lenguaje y silencio (1982): “La mayoría de los hombres tiene su polvorienta supervivencia en las guías telefónicas viejas.”

III

Debo reconocer que contar nuestra versión de los hechos siempre es complicado, hace ruido, mucho ruido, especialmente si del otro lado nos encontramos con una personalidad apática o intolerante e incapaz de querer dar una oportunidad a la voz del diferente. Nuestra versión puede ser acertada o no, moralmente aceptable o no, sin embargo, no necesariamente radica ahí el problema, es decir, no sólo ahí. La mayoría de las veces el punto tiene que ver con el efecto emocional que causa nuestro punto de vista en los demás. Por ejemplo: la irritabilidad que suscita una versión extraña a nuestras moralidades. Es decir, dado el caso, cuando X se pronuncia a favor del aborto o de la homosexualidad y esta postura choca con el común de las versiones.

El punto no es la discusión abierta o argumentada acerca del aborto o la homosexualidad per se, sino la manera en cómo transgrede nuestra postura al respecto o cómo rompe el equilibrio de nuestra tradición. Una postura en la que probablemente ni siquiera hemos reparado en su origen o contenido, pero que nos irrita sólo porque sí. O el enojo que ocurre cuando, con mayores argumentos, alguien contradice la versión epistémicamente trascendental que por mucho tiempo hemos creído irrefutable.

En el fondo, me parece que subyace un tema que no se puede minimizar: me refiero a la autoestima y el poco valor y soporte de nuestras ideas. La poca o baja autoestima alimenta la intolerancia.

No busco descubrir el hilo negro, sólo busco señalar que la falta de valor, de respeto y de reconocimiento recíproco propicia un aumento significativo en la ausencia de valor en las personas. Así, las discusiones, incluso aquellas que suponemos más formales o académicas, suelen convertirse en pleito de vecindad debido a que parece que se trata de ver quién gana descalificando o agrediendo antes de que argumentando y fortaleciendo un punto de vista.

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