Juan José Morales Barboza

Por la Internet me llegó el enlace a cierto video que me hizo reflexionar profundamente sobre la estupidez, el egoísmo o la simple pereza e indolencia de la humanidad, que se resiste a salvarse a sí misma pudiendo hacerlo tan sólo con la fuerza de voluntad de un puñado de personas.

Aunque la posibilidad existe, aquí seguimos sufriendo hambre, guerras, violencia, criminalidad, pobreza y todos los males habidos y por haber.

En efecto, en el video en cuestión un tal Gregg Braden, a quien se presenta como científico, habla de lo que denomina la Ley de Atracción —naturalmente descubierta por él mismo—, la cual “no es más que un campo que nos rodea, una conciencia colectiva, en la que todos participamos. Esta conciencia colectiva crea nuestra realidad”.

¿Cómo la crea? Sencillo: “Cuando tenemos un sentimiento —explica—, nuestro organismo genera campos electromagnéticos que se propagan más allá del cuerpo, y si unimos los campos de mucha gente que se concentren en un solo pensamiento, se puede cambiar el mundo, acabar con las guerras, etc.” En otras palabras: esa realidad creada por nuestros sentimientos, puede también ser modificada “utilizando el poder de nuestro corazón. Hay incluso —añade— una fórmula sobre la cantidad de participantes que se necesita para lograr un cierto efecto en un grupo más grande (como para promover la paz, por ejemplo)”.

Esto ya ha sido demostrado científicamente, a través de experimentos—asevera Braden—, aunque no especifica dónde, cuándo, cómo y quién o quiénes hicieron tales experimentos y —precisa— que cambiar el mundo necesitaría sólo de ocho mil personas.

Apenas ocho mil personas. Se trata de una bicoca. Es sólo una fracción insignificante del total de siete mil millones que ahora poblamos la Tierra. Son muchísimo menos de las que se reúnen para un encuentro de box, una peregrinación religiosa o el concierto de algún cantante de moda. No creo que a Braden le resulte difícil reunirlas, sobre todo porque, según sus loadores, es autor de libros que se cuentan entre los más vendidos en Estados Unidos.

Por eso el asunto me hizo pensar que la humanidad se merece los males que padece, pues si no ha podido el buen Braden encontrar ocho mil individuos dispuestos a cambiar el mundo con sólo unir sus voluntades y sus pensamientos, es evidentemente porque todos los seres humanos somos un hatajo de criminales, imbéciles o desalmados que preferimos seguir viviendo como vivimos. Braden, quien es autor de un libro, El tiempo fractal, cuyo alto volumen de ventas deja muy mal parada a la inteligencia de sus compradores, fundamenta su teoría sobre el poder de la mente para transformar la realidad en una confusa mescolanza de referencias a las profecías mayas, los ciclos del tiempo, los filamentos galácticos, las energías del Universo y afirmaciones tan perogrullescas como que “el tiempo es una onda que se mueve desde el presente hacia el futuro”.

Sostiene, sobre todo, que “los científicos —así, en abstracto, ‘los científicos’, sin precisar nombres, instituciones ni publicaciones— hallaron que cuando creamos emociones basadas en el corazón, tales como de gratitud, aprecio, cuidado —literalmente, utilizando el músculo del corazón para crear estas emociones— lo que realmente estamos haciendo es generar un campo magnético dentro de nuestros cuerpos, que es parte del campo magnético de la Tierra”, y que como el magnetismo terrestre “se eleva, cae y regula todo desde el clima, a las capas de hielo y los niveles del mar” y “une toda vida sobre la Tierra desde una brizna de pasto hasta una hormiga, a una carpa o pez de colores, a un hámster, a nosotros”, basta unir y sincronizar nuestros pensamientos para que el mundo entero se transforme. Como puede verse, todo esto no pasa de ser una mera retahíla de disparates sin ilación ni el menor fundamento científico, pero justamente porque se trata de afirmaciones tan incoherentes y absurdas, no faltan quienes las tomen por una gran verdad científica. Es el viejo truco de los merolicos y charlatanes que aturden la gente con una jerigonza sin sentido para vender un producto. Los libros de Braden son auténticos best sellers y se venden como pan caliente, pero no ha podido reunir ocho mil buenas personas dispuestas a salvar a la humanidad de todos los flagelos que ahora sufre.

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