Norma Quintana Padrón

Hermosa como un mascarón de proa, hiende el aire de la tarde matancera y a su paso por las calles todas las miradas le tiran del vestido. Pero ella no es imaginaria ni se llama María del Carmen, como la muchacha soñada por un futuro trovador. Ella es Carilda en ese verano de 1958 y el obispo acaba de visitarla: las damas católicas le han pedido que la excomulgue.

Una leyenda se teje con los sueños y los deseos de la gente que encuentra en lo extraordinario de otras vidas la sal y el color ausentes de su propio universo. A esta joven de ojos verdes le van bordando un mito sobre el agua temblorosa de sus versos, que se atrevieron a llamar por su nombre lo innombrable en el pequeño mundo provinciano de su Matanzas natal, en Cuba. Como osó poner en versos su percepción del erotismo, y ventiló su derecho al amor que asume la carnalidad sin disimulos, porque puede poner espíritu donde el vulgo apenas vislumbra lo animal, la llamarán libertina. Luego, los acontecimientos de su muy singular existencia harán que se confunda la escritura con la vida. Mucho tiempo después, a los 89 años, dirá en una entrevista: “Esa es la mitología con que el pueblo cubano me ha adornado a mí, porque ese mito es un adorno. La gente quiere que yo sea como me han inventado”.

Lo cierto es que esta joven trae dentro el duende de la poesía, y no presume de haber sido escogida por ella pero está segura de que nació para ser poeta, una vocación tempranamente descubierta por su madre y de la cual no se ha podido escapar. Poco a poco irá modelando su voz hasta alcanzar un tono único e inconfundible, y adueñarse de una expresión altamente eficaz, porque sustenta una poesía hecha con vocablos de todos los días, construida con imágenes -esencia misma de lo poético -y no con metáforas, que pertenecen al dominio de la retórica.

Quien no tuvo miedo de poner en versos las palabras de su cotidianidad, puede también traer a ellos las que arrastran tras de sí la miseria del mundo. Nunca le fue indiferente el entorno social, por eso no es posible incrustar a Carilda en un molde, pues más allá del erotismo, la bandera que le han colgado en el mástil, su expresión transita hacia la circunstancia que la envuelve y enfila, muy a su modo, hacia un cuestionamiento del orden establecido en una sociedad donde no todos tienen lo necesario y donde los prejuicios pueden destruir lo mejor del ser humano.

Como sucede con todos los grandes poetas, su escritura se burla del tiempo, salta por encima de las fechas. Los poemas que escribió en la década de 1950, cuando escandalizaba a la beatería matancera con su inusitado erotismo, tienen hoy una frescura de rosa recién cortada. Figura trascendental del Neorromanticismo cubano, trajo a la escritura femenina una audacia, un decir desenfadado e irreverente que no se conformó con desafiar la moral provinciana sino que enfiló por derroteros mucho más profundos, atreviéndose a subvertir el lenguaje en una suerte de poética de la transgresión.

Su genio abierto y versátil le permitió actuar de acuerdo a los tiempos, por eso pudo pasearse a sus anchas por el conversacionalismo, y aún por la antipoesía, sin dejar de ser profundamente ella misma. La naturalidad con que se mueve en los terrenos del tema amoroso suele hacernos olvidar que el mayor logro poético de Carilda está en sus elegías, y que a ella debemos algunas de las más notables escritas en Cuba. Es en esa Carilda de los poemas desgarrados que le nacen de sus pérdidas más cercanas en la que encontramos la voz de resonancias quevedescas que la sitúa por derecho propio en la cumbre de la lírica cubana de todos los tiempos.

Extraordinaria cultivadora del soneto y la décima, su extensa y reconocida obra ha sido traducida y editada en varios países. Con más de 43 libros publicados, entre reediciones y publicaciones en el extranjero, su copiosa bibliografía es la más buscada y leída en las bibliotecas de Cuba.

A sus 93 años conserva intacto su encanto, el sentido del humor y el desenfado que casi le cuestan la excomunión

El silencio

                                                     A Raúl Luis

No lo puedo decir. La voz precisa
quedó bajo el silencio sepultada;
cuando retoza el crimen ya no es nada
el diente que pelea en la sonrisa.

No lo puedo decir. Y acaso es largo
el camino que el daño me asegura.
No lo puedo decir, y sin embargo
sé que está cerca la total negrura.

No lo puedo decir. Todas las penas
se van volviendo ya como serenas
soledades que aquí no tienen signo.

Aunque la muerte simplemente abra,
aunque al fin me arrebaten la palabra
no me voy a callar ni me resigno.

 

Me desordeno, amor, me desordeno…

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada;
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;
y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

 

Muchacho

Muchacho loco: cuando me miras
solemnemente de arriba abajo
siento que arrancas tiras y tiras
de mi refajo.

Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces,
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.

Y yo: tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed.

Y te hablo de libros que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos;
te digo, usted…

 

Error de magia

¿Sería aquel beso
ya clavándose
sin que supieras darle cuerda
para que saliese a bailar con el domingo?

¿Sería aquel beso
que no quiso mirar el mediodía
y tú, alarmado,
le echaste muchas cosas a ver si lo arrastrabas:
una corriente de merluzas,
el humo del tabaco,
la saliva?

Un beso, nada más que un beso,
sólo un beso,
el simple juego de los labios,
que huyó una noche como perdido de otra alma
y sin saberlo fue tu penitencia.

Todo por un malabarismo sin fortuna,
por un error de magia,
por un ángel hirviendo en la redoma
que al fin se volvió malo
y te tapó la boca.
¿Así que te moriste, mi amor, de pura hambre,
ahogado por un beso
que nunca supo que tenía alas?

 

Está bien

No digo: amo,
no develo mi historia esta mañana,
respeto a los felices,
voy al bufete,
hago la cama,
me sostengo,
robo una estrella aliada de tus dientes.

Lo disimulo,
vivo entre ómnibus locales,
compro periódicos y sedas.
Llegó visita. (Pintaré mis labios
con la sangre del lunes.)

Me quedan cortos: la locura,
el clamoreo verde del ovario,
la herida que me mandas.
Está bien.
Hoy no puedo derrotarte:
hoy colecciono ácidos y manchas,
hoy esta pena me azoró por dentro.

Mañana trataré de ser como cualquiera,
mañana iré a la exposición de flores
con un vestido nuevo
y me pondré la sombra de oro.
(Tú dirías: ha parpadeado en el champán.)
Mañana bajaré de tanta nube,
miserable, carnal.
No importa que los sueños se despierten
ni que quizás olvide
esta página absurda que ya es del siglo veinte.

 

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