JORGE MIGUEL COCOM PECH

El oro ambarino del ocaso que se derrama en el mar de Campeche me arranca suspiros de nostalgia. Extrañar la geografía del solar patrio, desde la hospitalidad y el cariño de otra tierra, no es fácil de sobrellevar; sobre todo, cuando la congoja y la melancolía pesan en la distancia.

La patria no es un pedazo de suelo que cobije nuestro cuerpo y que, merced a nuestros progenitores, nos ha dado un nombre cuya temporalidad fenece con la vida. No, no somos bultos de paso por la tierra. Hay algo más que existe, pero es inasible…

¿Has percibido el aroma de la flor de los naranjos, mezclado con el de la tierra recién mojada o el olor del pan de harina junto al vaho humeante de una taza caliente de agua de chocolate?

Al hacer estas evocaciones, lejos del solar en el que crecí junto a mis mayores, a veces quiero ser una seca, pardusca y anónima hoja de hierba de una enredadera o de un árbol que transite ignorado por el paso del tiempo que se registra en la indiferente mirada de un perro callejero, sin más dueño que su libre albedrío -¿tendrán?- que le permita, el día de hoy, encaminarse al mercado principal de la ciudad en busca de su comida; y, después de ese deambular, volver a descansar de su periplo, mal durmiendo acostado en una transitada banqueta del Boulevard de la ciudad de Campeche, un lugar concurrido por gente que corre en las mañanas y en las tardes para disfrutar de ese “carnaval de luz” al que hace referencia una canción tradicional campechana.

¡Ah, cómo olvidar un fragmento de ese bello poema que dice!: “y las olas escriben riman en la playa…”

Pero volvamos al perro callejero que un día me encontré, encontrándome en él. Sí, en los ojos calendáricos de ese perro trashumante, me he visto en los recuerdos el día de hoy, mientras el mar, desde su ahogada impaciencia, espera el cintilar luminoso de sus ojos en el ropaje de la noche…

Cuando el alba rompa con sus luces el sueño de los hombres de la ciudad porteña, nuevamente, sobre mis espaldas de perro andariego, vagaré con mis añoranzas junto al pórtico de la catedral en espera de un mendrugo de cariño. La recepción de este ávido maná cristiano será el alimento para mi alma, pordiosera de una mirada que bendiga los días de mi tránsito por las calles que, finalmente, habrán de presidir los últimos momentos de mi existencia, ajena a los avatares de los hombres, extraviados en el adicto consumo de su indiferencia, lastre e impedimento que nos permite ver más allá de las estrellas que brillan en los ojos de un perro, sin dueño y sin nombre, cuya historia se registra en el polvo de la tierra arrastrada en el vaivén del viento, o en el arrullo amoroso de las palomas que custodian las campanas de la catedral de Campeche.

¿A quién relatarle la dolencia de mi alma, golpeada por los recuerdos de mi tierra lejana, pero no por el paso del tiempo?

Sólo a ti, proveniente de otra tierra, que no miras con ojos cotidianos el alma de los hombres de nuestro suelo natal y que, además, eres capaz de encontrar en las cosas pequeñas, el asiento de la grandeza, siempre ahí, oculta; pero, sobre todo presente, en la humildad de los hombres sencillos, cuando tú, ávida de conocer sus contadas bellezas, recorres los caminos de ese Campeche que, manifiesto en la dura existencia de un perro, como yo, hoy te cuenta sus historias, asido a sus recuerdos interminables como los cuentos y las ceremonias prodigiosas que me enseñara el abuelo Gregorio, heredero y padre espiritual de mis inquietudes.

Cierto es que mis padres me proveyeron de un cuerpo, pero fue el abuelo Gregorio el que se convirtió en el padre de mi alma, resistiéndome a su exterminio identitario.

Ya doblan sonoros y dulces los metales de la catedral, ya los vocingleros pregones del mercado anuncian sus viandas, ya las flores de las huertas solariegas reciben el enjambre de abejas, ya los estudiantes van aprisa a los colegios, ya el incesante tráfago de los automotores congestiona las calles de la ciudad, en tanto yo, sigo acostado en la banqueta del hermoso Boulevard de Campeche, sin más ánimo que rascar las pulgas de mis recuerdos que me mantienen vivo, aún distante de mi tierra querida.

Amanece aprisa, la vida sigue, mientras yo, en la existencia de un perro callejero, oigo, siento, pienso y me duelo, acompañado por el mar que, tranquilo y alegre, recibe a los rudos pescadores…

Yo no pesco, solamente pienso, sí, sólo pienso que la modorra y el desgano ahorcan nuestros afanes de superación… Por eso prefiero ser un perro libre, andariego, solitario y rebelde, que no tenga por comodidad a un amo que lo subyugue; asimismo, pienso que los perros callejeros encarnan en sus cuerpos y en sus almas, ¡claro que la tienen!, el espíritu libertario, a veces, ausente en los hombres de nuestro tiempo.

¡Cuántas cosas hay que aprender de los perros!

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