CARLOS MANUEL VÁZQUEZ ÁLVAREZ Y ELOÍSA ROSA ALEMÁN CAMPOS
Universidad de Quintana Roo Campus Cancún

Las sociedades más avanzadas han entendido al n que tienen la responsabilidad de asegurar que sus jóvenes se formen en ambientes éticos, en ambientes donde adquieran conocimientos y desarrollen habilidades, actitudes y valores; que además de los saberes técnicos, sepan cómo aprender a aprender, que sean emprendedores, agentes de cambio y líderes con capacidad de plantear su opinión con sinceridad, pero sin ser agresivos, es decir, con asertividad, en el lenguaje de la comunicación.

En el complejo ámbito de la educación, los profesores debemos formar excelentes profesionistas y, además, líderes comprometidos con la mejoría de su comunidad en lo cultural, lo social, lo económico y lo político. Creemos con remeza que la educación superior debe basarse en valores universales que sean la brújula de
la actuación del alumno/líder en
formación; la verdad, el respeto, la
solidaridad, la justicia y la responsabilidad deben ser el cimiento en la
toma de decisiones de quienes en un
futuro próximo dirigirán grandes o
pequeñas empresas, grupos sociales,
municipios, estados o países. Cierta
vez se dijo que los líderes con valores
éticos habían desaparecido luego de
la II Guerra Mundial y en su lugar lo
habían ocupado líderes fatuos, pero conocedores de la comunicación de masas,
 técnica que lleva, entre otras cosas, a una
imagen maquillada y supeditada a factores mercadológicos.

Cierto es que a lo largo de los años han habido líderes autoritarios comprometidos con sus propios intereses antes que con los de la comunidad que los eligió y hasta del grupo mismo que los encumbró, pero la historia no olvida y escudriña hasta los huesos de personajes públicos o privados y se ha visto igual que tales líderes caen pronto en desgracia. Quizá alcancen sus metas luego de engaños y retórica populista, mas al llegar al poder es cuando realmente muestran sus intereses perversos. Como se dijo, por fortuna la historia siempre juzga y marca el contraste entre líderes verdaderos y tiranos oportunistas. Por esto nos hemos atrevido a esbozar algunas ideas en torno a las virtudes que el líder debe tener para cumplir sus objetivos e ideales y lograr la trascendencia.

Existe una controversia entre los conceptos “líder” y “jefe o autoridad”, entendiendo a este último como persona designada por una entidad superior en el escalafón administrativo o burocrático y no por los seguidores. Se podría escribir mucho sobre este tema, sin embargo, por espacio, sólo mencionaremos que el jefe o autoridad de cualquier organización también debe tener las virtudes del líder, pues si no su imagen estará en riesgo y será juzgado por sus frutos y no por sus discursos; es decir, la autoridad sin valores encontrará apoyo de momento y quizá se le dé la razón por temor, pero no por admiración; sus ordenes serán acatadas para no perder el puesto, pero de seguro hablarán mal de él; lo halagarán y dirán lo que él quiere oír hasta llevarlo a mentirse a sí mismo al suponer que los demás creen en sus falsedades. En sentido contrario, el líder verdadero tiene la autoridad moral para conservar relaciones personales positivas luego del ejercicio del poder.

Tendrá por amigos a los que lo han seguido en la búsqueda de su ideal, pues ha hecho hasta lo imposible por seguir su ruta.
Los líderes reales destacan por su gran capital moral, que no es lo mismo que poseer carisma o simpatía, ni por siempre cuidar una imagen muchas veces falsa; además, estos jefes autoritarios suelen colgarse los logros de subordinados y presentarlos como propios. Da tristeza la indignidad de quien se atreve a hacer eso. Los líderes auténticos son honestos y sus metas van por la recta pasión y el amor a la verdad.
Con lo anterior, pretendemos mostrar que en el liderazgo hay dos caminos, el de la virtud o el del engaño. Invitamos a los lectores a ser líderes virtuosos para trascender como personas dignas, veraces y contables. Los reales líderes deben sufrir ante la injusticia y la miseria humana; no deben ser indiferentes al engaño, la traición y la mentira. El líder virtuoso debe ser un vehemente defensor de los débiles y desvalidos, para luchar a favor del respeto de la dignidad humana.

“Hay que curar las heridas de nuestros enemigos -dijo don Quijote. -¿Curar las heridas de quienes nos atacaron e hirieron? -preguntó Sancho. -‘Nobleza obliga’ -arguyó don Quijote…” Nobleza, palabra cabal que describe a una persona extraordinaria.

Sobre las virtudes del líder vayan aquí los Consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes de irse éste a gobernar la Ínsula de Barataria: “Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está. ¡Oh, hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte, y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso do vas a engolfarte; que los ocios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.

“Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

“Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquéllos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia o imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
“Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni le afrentes, antes lo has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie le desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.
“Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida, con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico.

“Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
“Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

“Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de su injuria, y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más de las veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aún de tu hacienda.

“Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones, “Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.

“Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colma- dos, tu felicidad indecible; casarás tus hijos como quisieres; títulos tendrán ellos y tus nietos; vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y, en los últimos pasos de la vida, te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma.”

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