Juan José Morales

Hace tres años, ante el auge que comenzaba a tener el turismo en Namibia, la nación más joven de África y la más árida del sur de ese continente, su gobierno tomó una decisión radical, sin precedente en el mundo de los negocios: decretó que en lo sucesivo, todos los alojamientos turísticos que se construyeran en el país deberían tener impacto ambiental cero.
Tal medida se adoptó tomando en cuenta que, dado que el gran atractivo de Namibia son sus bellezas naturales y su fauna, si el turismo iba a desarrollarse, no debería ser a costa de todo ello sino, al contrario, con total y absoluto respeto por el medio ambiente, sin dañar ni mucho menos destruir los elementos que atraen a los visitantes.
Si algo parecido se hubiera hecho en México, sin duda los empresarios habrían puesto el grito en el cielo diciendo que con ello se desalentaba la inversión, se cerraba toda posibilidad de desarrollo turístico, se impedía la creación de nuevas fuentes de trabajo y se condenaba al país al estancamiento económico y el subdesarrollo, y habrían exigido en todos los tonos que se derogaran semejantes disposiciones, tachándolas de atentatorias contra la libertad de empresa y producto de la mente romántica y enfermiza de ecologistas radicales y fanáticos enemigos del progreso.
Ignoro si en Namibia se levantaron voces de ese tenor. Lo que sí sé es que -les gustaran o no- los inversionistas acataron las nuevas reglas y no dejaron de construir hoteles, en especial del tipo de albergues de lujo para huéspedes de alto poder adquisitivo.
Más todavía: en febrero de este año, según informa el diario británico The Daily Telegraph,  el gobierno declaró parque nacional la franja costera de Namibia. No sólo un pequeño sector -como el Parque Nacional de Tulum- o un trecho más o menos extenso, como la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an, sino la totalidad de los mil 570 kilómetros de línea costera del país. Si se considera la franja de territorio aledaña al litoral, ese parque nacional resulta mayor que Portugal, un país de 92 mil kilómetros cuadrados.
Según las estadísticas más recientes de que dispongo, Namibia, con poco más de dos millones de habitantes, recibe anualmente un millón de turistas extranjeros, tanto de la vecina Sudáfrica como de Europa. En proporción, eso equivale a que México recibiera 55 millones de visitantes extranjeros por año en vez de los 22 millones de 2010.
El éxito turístico de la joven nación africana puede explicarse porque su gobierno supo aprovechar un par de circunstancias que otros pierden de vista: que en el mercado mundial del turismo hay un creciente nicho formado por personas a quienes ya no satisfacen las clásicas vacaciones de sol y playa en hoteles tan parecidos entre sí que sólo por el color de la tez y el lenguaje de los empleados puede saberse si están en el mar Rojo, las islas Canarias, la costa de Portugal o de España, la República Dominicana, las Antillas Menores o la Riviera Maya; hoteles con cuartos idénticos, idénticas toallas dobladas en forma de cisne sobre las camas, idénticos botes de pedales, idénticos juegos de animación, idénticos veleros, idénticas bebidas, idénticos bares y comida prácticamente idéntica.
Hay también una creciente preocupación -sobre todo entre personas más educadas y de alto poder adquisitivo- por la protección y conservación del medio ambiente.
Ambos factores, sumados, abren amplias posibilidades de captar un turismo que podría llamarse amigable con la naturaleza o respetuoso del medio ambiente. Cada vez hay más gente dispuesta a pagar por algo diferente al típico hotel “todo incluido” -de los que ya está saturado Quintana Roo y entre los cuales hay una feroz competencia- y por disfrutar de la contemplación de la flora, la fauna, los paisajes, las culturas exóticas y las bellezas naturales.
Francesco Morace, gran gurú de la mercadotecnia mundial y presidente de Future Concept Lab, una empresa especializada en estudiar, analizar y pronosticar los cambios en las tendencias de la demanda en diferentes campos de la economía y la sociedad, escribía hace casi cuatro años: “Con frecuencia se dice que el lujo del futuro será el tiempo. Esto es cierto, pero no significa nada si el tiempo no tiene en cuenta la importancia estratégica del espacio y, más concretamente la calidad del medio ambiente…
“Hoy en día hay lugares y formas de turismo que están empezando a considerar la sustentabilidad o sostenibilidad como un imperativo absoluto, y, afortunadamente, millones de personas ahora parecen ser sensibles a esta cuestión y por lo tanto dispuestas a gastar un poco más para apoyarla, incluso cuando se viaja.”
Morace, quien es realmente una voz autorizada, y lo que dice no es para tomarse a la ligera, pone a Namibia como ejemplo de país que ha tenido el tino necesario para captar esas tendencias y aprovecharlas. Añade en sus comentarios que esa nación “podría convertirse en el primer país en el mundo con un turismo totalmente sostenible… Docenas de nuevos Lodge and Resort se han construido en los últimos años siguiendo cuidadosamente las reglas de cero impacto ambiental”. Y concluye diciendo que sin duda el ejemplo de Namibia será seguido por muchos otros países africanos.
Desde luego, sería absurdo sugerir que en México se establezca una política de cero impacto ambiental para el desarrollo turístico. Pero el caso namibio debería hacer reflexionar a aquellos inversionistas inmobiliarios y empresarios turísticos que se oponen ferozmente a las medidas de protección al ambiente.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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