Dr. Ángel Rivero Palomo, rector de la Universidad de Quintana Roo

Entre las finalidades de la educación se encuentran promover la formación de capacidades y competencias, así como coadyuvar al desarrollo individual y el progreso de la sociedad. El vínculo entre escolaridad y estabilidad laboral, por lo tanto, resulta evidente como se puede comprobar con las siguientes cifras: “[…] para los trabajadores asalariados, de entre 25 y 64 años de edad, la probabilidad de tener estabilidad laboral aumenta conforme lo hace la escolaridad. En el año de 2015, siete de cada 10 asalariados con educación superior contaban con un contrato estable, mientras que esto era cierto sólo para dos de cada 10 que no habían concluido la educación básica. Para quienes tenían estudios completos de educación básica, la proporción ascendía a cuatro de cada 10 y para aquéllos que tenían la enseñanza media superior, a seis de cada 10.

La mayor diferencia entre niveles continuos de escolaridad se encuentra entre aquéllos que cuentan sólo con educación básica y quienes no la concluyeron (22.8 puntos porcentuales)” (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, 2016, p. 47). No obstante, en México la cobertura de la educación media superior, que incluye a jóvenes entre 15 y 18 años, es del 79.6 por ciento; en contraste, la cobertura de la educación superior es de apenas el 33.1 por ciento, es decir, el porcentaje se reduce a menos de la mitad (SEP, 2017, p. 41). Convendría entonces preguntarse: ¿Qué pasa con esos jóvenes que no ingresan en las instituciones de educación superior? La explicación es multifactorial y más compleja de lo que parece, pues la cobertura no necesariamente se vincula con la equidad en el acceso a la educación.

La gran mayoría de los profesionistas llegamos a pensar que nuestro primer día de universidad es también el primer momento de clases en nuestra aula universitaria, tomando nota de cada detalle, siendo mayores de edad, escuchando las voces de nuestros profesores especialistas en los temas contenidos en nuestros programas de estudio.

Hay datos importantes para tomar en cuenta sobre los espacios a los que se puede acceder como lo es el hecho de que tan sólo en México las universidades públicas atienden al 70.59 por ciento de la matrícula, que representa un total de dos millones 655 mil 980 estudiantes; mientras que las privadas lo hacen con el 29.41 por ciento de la matrícula, es decir, a un millón 106 mil 699 estudiantes (ANUIES, 2018).

De esta forma, la competencia por los sitios en la educación superior pública y las becas en la educación superior privada, tanto a nivel nacional como mundial, hace que el pensamiento hacia el camino de la universidad se reflexione con mayor anticipación y seriedad. Es así como la preparatoria se convierte en el momento crucial para pensar en la estrategia a seguir para acceder a una educación superior adecuada, que permita forjarse un futuro más sólido.

 La mayoría de los jóvenes que cursan sus estudios de preparatoria (educación media superior) tiene entre 15 y 18 años de edad. Cuando recién ingresan a este nuevo ciclo escolar, se ven inmersos no solamente en un nuevo entorno educativo y de responsabilidades-libertades, sino también social, familiar y emocional. Es una etapa delicada que requiere del acompañamiento de los padres de familia o tutores de los jóvenes, porque, cuando inician esta nueva etapa académica, sus vidas sufren muchos cambios que pueden generar determinantes en su rendimiento académico y en sus aspiraciones futuras.

Por lo anterior, nuestros jóvenes necesitan acompañamiento y permanente orientación. En la educación media superior, los promedios de cada uno de los seis semestres de su duración se acumulan para obtener una calificación final de toda la preparatoria, que es la carta de presentación de sus egresados con la que llegan a las puertas de las instituciones de educación superior y al inicio de la competencia por uno de sus espacios, pero la adquisición de las competencias y conocimientos tiene que ir más allá de un número de calificación semestral. Debe ser un aprendizaje bien adquirido, porque los jóvenes van a toparse con la necesidad de aplicar esos conocimientos en sus exámenes de admisión en la universidad y en la vida. Por otra parte, se haya la elección de la carrera profesional.

Es una de las decisiones más difíciles con las que se encuentra un egresado de preparatoria y sus familias, que se ven rodeadas de muchas circunstancias: la inclinación personal del estudiante; sus aspiraciones, valores, expectativas¸ experiencias de vida; el prestigio de las profesiones; la situación económica e histórica familiar; el lugar (ciudad e institución pública o privada), donde se imparte la carrera; y, desde luego, ingresar mediante concurso de oposición a la carrera deseada. Es así como se convierte en un punto crucial de la vida, que hay que atravesar cuando se es aún muy joven. Esa elección tiene implicaciones que van más allá de seleccionar un plan de estudios o una ocupación determinada. Implica trazarse un proyecto de vida que se irá construyendo en los años venideros a través de los estudios, la experiencia y el trabajo.

Los estudios superiores constituyen el inicio de su trayectoria educativa-profesional, camino que no necesariamente será lineal, sino que se irá construyendo y adaptando a lo largo del tiempo debido a las modificaciones que sufrimos como seres humanos, así como aquellas que se imponen por los vertiginosos cambios de la actualidad. Estas cuestiones hacen que ninguna profesión sea definitiva, siempre hay que actualizarse y seguirse formando. Para este desafío, es necesario que los jóvenes tengan la capacidad y el tiempo para reflexionar e informarse con la libertad que brinda tener opciones y estar preparados para ellas con buenos desempeños en la preparatoria, claridad en lo mucho que la economía del conocimiento tiene, en oportunidades indistintamente de la carrera que estudien y les apasionen.

Estemos cerca de nuestros jóvenes, cuidemos su futuro, sembremos en ellos la habilidad de tomar decisiones informadas y críticas sobre el mundo educativo y laboral actual, llenos de desigualdades y caracterizados por cambios tecnológicos, sociales y culturales. Hagámoslos conscientes del papel que tiene la educación superior como motor de la movilidad social y como herramienta formativa que permite alcanzar el potencial de nuestro desarrollo humano.

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