Simon Leys* Traducción de David Lara Catalán.

Hubo en Timbuctoo una gran universidad que fue el orgullo cultural de un país entero. Un académico muy viejo llamado Hutudan daba conferencias en el Departamento de Física Aplicada de esa universidad. Patafísica (como seguramente saben) es la ciencia por la cual los movimientos de las colas de las vacas son observados en la mañana para pronosticar si lloverá en la tarde. Es una disciplina muy sutil que requiere excepcionalmente de una vista aguda, ya que el menor movimiento de las colas debe ser individual- mente grabado e interpretado. Hutudan fue bendecido con buenos ojos y aún cuando él fue bastante tonto en otros aspectos, su experiencia patafísica le había ganado una gran fama internacional; él era profesionalmente buscado y consultado desde todas las partes del mundo, y la oficina postal tuvo que usar dos camellos para llevarle su correo todos los días. Sus discípulos se reunían con él. Sus días estaban ocupados y felices.

En el departamento de Patafísica Aplicada, había otro académico llamado Galosh. Nadie podía recordar exactamente cuándo, cómo o por qué Galosh había llegado a ser miembro del departamento. El pobre hombre nació ciego y esto, natural- mente, le evitó tomar parte en el trabajo patafísico regular. Sin embargo, eventualmente, se encontró que Galosh tenía unos cuantos talents de société: él podía malabarear tres teléfonos mientras de modo simultáneo escribía a máquina con los de- dos de los pies. Por lo tanto, le fueron encomendados algunos deberes secretariales, los cuales le posibilitaban sentirse útil, a pesar de su desventaja física. Esto aumentó grandemente su moral. Sus tres teléfonos estaban constantemente sonando, su máquina de escribir estaba traqueteando y haciendo clic. Sus días estaban ocupados y felices.

Desafortunadamente, después de muchos años de esta vida, Galosh se aburrió de sus teléfonos y empezó a alimentar el sueño de llegar a ser un líder patafísico. Ya que las diversas tareas dentro del departamento tenían que ser escritas a máquina y ya que él era la única persona que sabía escribir, se topó con una brillante idea: él invitaría a otros hombres ciegos a venir y entrenar a los discípulos de Hutudan. En cuanto al mismo Hutudan y los colegas que podían ver, ellos serían exclusivamente empleados en la limpieza y mantenimiento de los baños departamentales.

Como he dicho, Hutudan era más bien obtuso en todos los asuntos que no pertenecían a la patafísica. Esta vez, sin embargo, no le tomó mucho darse cuenta que algo adverso estaba en marcha. Así que un día enceró su bigote, cepilló sus dientes, limpió sus zapatos y fue a tocar a la puerta del viceministro, el sabio y prudente profesor Krokodil. Cuando digo que tocó en la puerta del vice-ministro es solamente infundada, podía dañar potencialmente la reputación de la universidad, pero, si probaba que era verdad, entonces las consecuencias serían mucho peor. Esto, obviamente, no podía ser tolerado. Inmediatamente, instruyó a su asistente de más con anza, el decano (de quien olvido el nombre) para que hiciera una investigación del asunto. El decano era un hombre insigni cante, tan insigni cante de hecho que todos constantemente olvidaban su nombre, tenía que cargarlo escrito en una tarjeta de presentación adjunta a la solapa de su abrigo con una pinza de ropa.

Tan pronto como recibió las instrucciones, el decano se puso a trabajar. Primero condujo una larga entrevista con la dama del té de la facultad, durante la cual discutieron el clima. Fielmente, él grabó estas consideraciones meteorológicas. Luego, arrancó veinte hojas de un anticuado directo- rio telefónico. Finalmente, recogió un viejo ejemplar de The Timbuctoo Times, destinado para usarse como papel envoltorio en una cercana tienda sh-and-chip. De regreso a su o cina, engrapó todo junto: los minutos de su conversación con la dama del té, las páginas rasgadas del directorio tele- fónico y el envoltorio sh-and-chip. Puso todo junto en un folder, con los lápices de colores que Santa Claus le había dado en Navidad, escribió en la cubierta: “Reporte presentado para el viceministro de enseñanza de Patafísica y otras materias relacionadas y no relacionadas”.

El viceministro devoró el reporte de principio a n y se sintió inmensamente aliviado. Inmediatamente, escribió a Hutudan: “Como lo prometí, consulté con el decano en la materia que tu instruiste. Te sentirás complacido de saber que el reporte del decano no contiene la menor pizca de evidencia que apoye los recelos y miedos que gritaste.” Después de leer esto, Hutudan se sintió grandemente aliviado también, regresó a depurar los baños departamentales con un corazón más ligero.

De vez en vez, Hutudan todavía experimenta breves dolores de nostalgia; extraña las mañanas de otoño en los prados con su olor de neblina y hongo, cuando él debe- ría guiar a los jóvenes patafísicos ansiosos en sus primeros intentos de observar las vacas meneando sus colas –pero entonces recuerda lo que el profesor Krokodil le dijo: emplear a un mundialmente famoso patafísico para limpiar los baños es adoptar una “aproximación multidisciplinaria” –, es decir lo que ellos hacen en todas las universidades modernas en nuestros días.

Galosh está todavía ciego como un murciélago, pero realmente no importa, él recibió un diploma honoris causa de clarividencia y, recientemente, fue hecho patafísico extraordinario. Se rumora que aún grandes cosas están guardadas para él, pero esto no lo puede aseverar, porque no vivo en Timbuctoo.

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