Francisco Pinzón.

Creo que descubrí el placer de la lectura aún antes de aprender a leer. Todos los días tomaba el periódico y hojeaba con ansia la sección que traía impresas las tiras cómicas, buscando una en particular: El asombroso hombre araña. A tan corta edad, aquella tira de sólo cuatro o cinco viñetas en blanco y negro me blindaba contra la pobreza y los conflictos familiares, y me llenaba de felicidad.

Eso, claro, hasta la llegada de la edición dominical, donde la saga del arácnido se iba a una página completa en gloriosos colores que llenaban mi corazón y que venían firmadas por un tipo, entonces desconocido para mí, llamado Stan Lee. “El hombre araña”, como después supe, si bien es el más emblemático personaje de Stan, no es el único. El llamado “Padre de la mitología moderna” creó, asistido por leyendas como Jack Kirby, John Romita y Steve Ditko, entre otros, Los cuatro fantásticos”, X-Men, Daredevil, Hulk, Iron Man, Ant Man, Los vengadores y decenas más. También creó una impresionante lista de villanos de interesantes matices como el doctor Doom, MODOK, El duende verde, ¡ah! y Fin Fang Foom, un dragón alienígena en calzoncillos con poderes psíquicos. De acuerdo, este último no es tan impresionante, pero qué se le va hacer. Quizá por culpa de Fin Fang Foom, no pocos académicos dudan del valor literario de Stan y consideran al cómic, cuando mucho, un arte menor. Pero ¿quién es Stan Lee? ¿Es un genio? Stanley Martin Lieber nació en 1922 en la ciudad de Nueva York, revolucionó el cómic americano y, por ende, el del mundo, con su fresca e ingeniosa narrativa… Pero me adelanto. A los 17 años, llegó a Timely Comics escribiendo historias románticas, de vaqueros, de fantasía y lo que estuviera de moda en ese momento, firmando siempre con el seudónimo de Stan Lee, no con su nombre, pues lo reservaba “para cuando escribiera una novela que estuviese a la altura de los grandes novelistas rusos”.

Después de muchos años de éxitos, a punto de cumplir los cuarenta, el artista ya no se sintió a gusto con su trabajo. Su creatividad había estado siempre al servicio de los caprichos del mercado y, para colmo, su editor había rechazado su idea de publicar la historia de un superhéroe atormentado entre la vida adolescente y el sacrificio del deber. “Un adolescente no puede ser el superhéroe principal, sólo puede ser un adlátere”, le dijo el editor. “Nadie va a comprar la historia de un chico atribulado por un apabullante sentido de la responsabilidad.”

Frustrado, decidió renunciar a Marvel Comics y ya sin nada que perder, siguiendo el consejo de su esposa, decidió incluir en el último número de Amazing Fantasy, publicada en agosto de 1962, la historia rechazada, la del adolescente Peter Parker que adquiría poderes arácnidos tras ser picado por una araña radiactiva.

The Amazing Spider-Man resultó ser un fenómeno de ventas y el editor, con el signo de dólares en los ojos, entonces felicitó a Stan por haber triunfado con ese personaje que “había gustado tanto a ambos”. El éxito del cómic se debió a una afortunada combinación de variantes. Antes de Stan, la narrativa de la historieta de súper héroes clásicos como Batman constaba de capítulos independientes con una estructura simplista, es decir, se podían leer sus aventuras sin preocuparse por la continuidad, y los héroes eran perfectos y de valores intachables.

A su vez, Stan impuso a sus personajes tribulaciones que iban de lo cotidiano –el único traje de Spider-Man se decoloraba al lavarlo y tenía que luchar contra el mal con colores pastel– a lo trágico: Spider-Man mata por accidente a su novia al querer salvarla. Ello provocó una empatía y una identificación con el personaje que hasta entonces no se había visto.

Además, y esto fue mero accidente, “El hombre araña” era el único personaje cuyo traje cubría su cuerpo y su rostro al cien por ciento. Esto significaba que un niño moreno como yo o de otro color o sexo podía disfrazar- se como el arácnido sin estar fuera de lugar. Se dio el caso de que un amigo mío tuvo que renunciar a ser Superman por ser de piel negra.

Desde ese momento, sin restricciones creativas, Stan Lee se dedicó de lleno a la creación de sus personajes, dotándolos de guiones interesantes e ingeniosos; sus héroes no vivían en ciudades ficticias, sino en urbes como Nueva York y, por si fuera poco, llegaban a interactuar entre ellos y hasta con los lectores. Él dejó atrás el per l del protagonista virtuoso y en su lugar creó seres atormentados, alcohólicos, déspotas, sádicos, narcisistas, dementes y desadaptados de todo tipo, y ello sólo del lado de los “chicos buenos”.

Su talento hizo guras entrañables de seres defectuosos, pero para mí fue algo más que un simple mérito creativo. Verán, él creía que nuestros defectos y vicios no eran obstáculos para el heroísmo y el honor; él creía con firmeza en sus personajes y para un chico acomplejado y problemático como yo eso significaba algo maravilloso: él también creía en mí.

Stan se convirtió en presidente de Marvel Comics y luego, años más tarde –¿por qué no?–, se designó presidente emérito. Marvel… creció de su mano y supongo que yo también. Ambos tuvimos épocas de aciertos y prosperidad y tiempos confusos y hasta vergonzosos como cuando Spider-Man tuvo una serie japonesa plagada de kaiyus y robots gigantes, o cuando me vestí de chambelán quinceañero.

Sin embargo, a pesar de desaciertos y sinsabores, lo cierto es que el cómic de súper héroes ha dejado de ser, desde hace décadas, mero divertimento infantil y sin sustancia. Gracias a gente como Stan, hoy la llamamos novela gráfica y su contenido rivaliza con la mejor prosa del mundo. Escritores como Neil Gaiman, Alan Moore, Frank Miller y Brian Michael Bendis, por citar unos pocos, han ele- vado el género a excelentes niveles narrativos. Hoy, el cómic tiene artistas como Alex Ross, Jim Lee, Bill Sienkiewicz y, hasta el año de 2017, a Bernie Wrightson.

Hoy, la mayoría de las creaciones de Stan Lee han hallado camino en el cine y la televisión, esta vez de forma digna. Marvel…, en cada proyecto en el que aparecen sus personajes, le da el título de “productor ejecutivo” y, aun cuando el propio Stan no esté muy seguro de lo que eso significa, esto le ha convertido, desde 2015, en el productor de cine con más dinero recaudado en la historia.
Bien podrían citarse aquí los nombramientos de Forbes, People Magazine y los numerosos reconocimientos y laureles que ha recibido, pero lo importante, para mí al menos, es que todos los días millones de personas experimentan la misma felicidad que yo sentía a los tres años y que el honor, el coraje y el heroísmo siguen y seguirán vigentes mientras los “verdaderos creyentes”, como él nos llama, no desistamos.

Respecto de si él es un genio, “El hombre…” alguna vez lo respondió: “Bueno, digamos que solamente a un genio se le ocurriría el nombre de Fin Fang Foom.”
Hoy Stan “The Man” Lee tiene 95 años, medio siglo más joven que yo y no puedo dejar de agradecerle la fortaleza que sus creaciones me dieron. El niño que fui ahora vive en una casa llena de felicidad y colores como las tiras cómicas del domingo. Gracias a los valores de sus minúsculas viñetas en blanco y negro, hoy sé que somos poderosos, invencibles y asombrosos; que somos capaces de lo extraordinario si creemos en nosotros mismos así como Stan Lee creyó en mí.

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