Emilio Lledó Íñigo
Premio Internacional Humanismo Solidario
“Erasmo de Rotterdam” 2018 de la Universidad de Málaga”

Creo que no estamos tanto ante una crisis económica, sino en una crisis de la mente, de nuestra forma de entender el mundo. La crisis más real —con independencia de los problemas económicos, que son muy reales— es la crisis de la inteligencia. No estamos sólo ante una corrupción de las cosas, sino también ante una corrupción de la mente.

Me llama la atención que siempre se habla, y con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tenerla, pero lo que hay que tener, primariamente, es libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre en lo intelectual? También ocurre que uno intenta pensar y escribe cuatro especulaciones y no puede hacer nada. Piensas, pero no tienes poder. De ahí el poder de la política.

¿Quién corrompe nuestras mentes? La política de la mentira y una educación que no se ha tomado en serio. La educación es la esencia de partida social y si ella falta la sociedad se va a pique. Filosofía significaba apego a entender; preocupación por saber qué mundo es el tuyo, qué sociedad es la tuya y cómo compartir la vida con otros.

Por eso es tan importante la política, aunque hoy se hable de la destrucción de la política, de la perversión del lenguaje. ¿Cómo nos deteriora el uso perverso del lenguaje? De una manera increíble. Una forma de deteriorar la mente es deteriorar el lenguaje. Utilizamos palabras sin pensarlas.

Por ejemplo, ahora hay que ponerlo todo en valor. Sin embargo, no sabemos qué es el valor, porque no sabemos lo que son los valores. La universidad tiene que fomentar un debate sobre los ideales. Los creadores de riqueza son necesarios, pero unos pasos más adelante hay que crear algo que rompa el puro pragmatismo o la ‘practiconería’, que es una palabra que de seguro la Real Academia no aceptaría, pero que me parece muy expresiva. Creo que en el futuro seremos menos pragmáticos. Si no, sería la muerte. Tenemos que dejar la herencia del idealismo.

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Una famosa intuición de la filosofía griega, atribuida a Protágoras, nos dice que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Y sabemos que es cierto, que nuestra intimidad es el misterio que oculta esa perspectiva con la que nos acercamos al mundo. Pero ese homo manifiesta la esencia de nuestra personalidad, que el ser que somos o que estamos llegando a ser nos enfrente a otras cuestiones sustanciales: ¿Quién mide en nosotros? ¿Qué medimos? ¿Cómo medimos? Y, en definitiva: ¿Quién nos enseña a medir?

La educación. La paideia inicia, en la infancia, ese proceso de construir el “quien” que mide en nosotros. Los reflejos mentales, los posibles reflejos condicionados que, como en el experimento de Pavlov, inyecta en las neuronas el lenguaje de los medios de comunicación, el de nuestros educadores, el que determina y condiciona, esclavizándola o liberándola, nuestra vida y nuestra persona, aunque lo importante no son tanto los medios, sino las fuentes, los orígenes, los manantiales de los que brota todo lo que esos medios “mediatizan”.

Estoy convencido de que los maestros, los profesores, son conscientes de ese privilegio de la comunicación, de esa forma suprema de las “humanidades”. Ese anhelo de superación, de cultura, de cultivo es, tal vez, la empresa más necesaria en una colectividad, en una “polis” y en su memoria. En ella, en esa educación de la libertad, alienta el futuro, el de la verdad, el de la lucha por la igualdad, por la justicia, por la inteligencia.

Para mí, para cualquiera que quiera adelantar en su vida, en sus conocimientos y en la fecundidad de su mente, debe entender que los libros son la memoria. Los seres humanos somos, en lo básico, memoria y lenguaje. Si no tuviéramos memoria, no sabríamos quiénes somos. Por eso, siempre he defendido la tesis de que tenemos que tener memoria, no solo individual sino también colectiva. Los libros son también la vida personal de aquellos que un día decidieron escribir su oralidad; escribir las palabras que pensaban, las que deseaban, las palabras que buscaban.

Quisiera recordar, en este momento, un poema de Brecht que habla del nacimiento del libro de Lao-Tsé cuando iba a la emigración. Al pasar una frontera, el aduanero le pregunta si tiene alguna cosa que declarar. “Ninguna”, dice. Y el joven que le acompañaba añade: “Er hat gelehrt.” Ha podido hablar, enseñar, existir en las palabras: Y así quedó todo claro.

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