El minotauro

Nicolás Durán de la Sierra

La marcha de días atrás frente a la sede local del Poder Judicial Federal en protesta por el fallo de la Suprema Corte de Justicia que despenaliza el aborto, un fallo muchas veces aplazado, evidencia la voluntaria miopía de un grupo de nuestra sociedad que se niega a aceptar un hecho: con veto o sin veto, el índice de abortos en el país va a la alza y nos cuesta muchas vidas.

Según reporte del Instituto Guttmacher con el aval del Colegio de México, la tasa anual de abortos en nuestro país es de 33 casos por cada mil mujeres y si bien se trata de una aproximación, da idea de su incidencia. Por lo que toca al Estado, al decir de la diputada Ana Pamplona, Quintana Roo encabeza a las entidades del Sureste donde más mujeres han decidido abortar.

No sobra resaltar que el fallo de la Suprema Corte no avala al aborto, sino lo despenaliza, que es diferente. Hoy por hoy, en la práctica, la mayoría de las vidas que se han perdido son las de las mujeres pobres, las que no pudieron viajar a sitios donde se pueden operar, como la Ciudad de México, donde la tasa de muertes por esa causa es de cero. Los números hablan.

El grupo que se manifestó contra el fallo, los que dicen pertenecer a doce organizaciones antiaborto, advirtió que presionarían al congreso estatal para que, dado el laudo, los médicos que no quieran realizar la operación sean tenidos como “objetores de conciencia”, aunque en realidad se trata de una posición mediática. Falta aún por discutirse este tema en nuestro máximo tribunal.

A su vez, el diputado panista Eduardo Martínez Arcila, presidente de la Junta de Gobierno de la cámara de diputados local, afirmó que defenderá la “objeción de conciencia”, pero que no se opondrá a que el tema se discuta en el congreso, pues así de generoso es él, pero eso sí, dijo que no está de acuerdo con la Suprema Corte. La aprobación del congreso local es mero trámite.

La despenalización del aborto, es un asunto de salud pública y debe ser tratado como tal; era necesario no penalizar a las mujeres que por una razón u otra se vean precisadas a hacerlo -ninguna lo hace por gusto- que la discusión moral tiene otro espacio, aunque ese espacio sea utilizado de forma mediática. El médico que no quiera hacerlo, que no lo haga, como ya sucede.       

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