La semana pasada, en la populosa aunque no miserable Región 91 de Cancún, un centenar de lideresas y activistas del Partido Verde intentaron abatir la cortina metálica de la bodega en la que, desde tiempo atrás, este partido les daba cada mes lotes de despensas, previa entrega transitoria de su cédulas electorales, para que ellas, generosas, las repartieran entre sus comadres disque afiliadas al PVEM. La “tropa verde”, pues.

Por: Nicolás Durán de la Sierra.

Una práctica de corrupción política tanto de la agrupación disque ecologista, como de los demás partidos, salvo quizá por Acción Nacional y el Movimiento de Regeneración Nacional. El uno por una sutil avaricia vestida de gesto moral -“No les des un pescado, sino enséñalos a pescar” y bla, bla -, mientras que el otro por ser congruentes con su solemne austeridad. Los demás, “ancha es Castilla” y más, si se trata de dinero público.

El problema nació, como supondrá el lector, porque en esta ocasión no sólo no se dio a las finas damas la prometida coima, sino que además les retuvieron los carnés electorales y, para acabar, hasta les dijeron “muertas de hambre”, lo que suscitó la gresca… “porque, mire, mucho es lo que le aguantamos a los niñitos del verde, para que ahora vengan con esto. No somos del programa ‘basura por alimentos’, que aquí hay niveles, señor”.

Razón tienen estas distinguidas damas que se ganan la vida regateando dádivas de los partidos políticos, pues una cosa es formar fila bajo el sol ardiente -sudor en la faz morena y costal a la espalda- para cambiar bolsas de basura por un litro de leche o de aceite o por un kilo de frutas llevadas en vehículo oficial, que sacarse fotos con juniors verdes que, al menos, no huelen a mugre. De las miserias, la moral no es la más lamentable.

El caso es que, al más nítido estilo Chava Flores (Salvador Flores Rivera, para más señas) al bochinche llegaron desde los humildes agentes de la comuna hasta los bien vestidos policías ministeriales que por allí andaban investigando la sazón del barrio. Las socias del Partido Verde, pese a sus quejas, unas más muinas que otras, se quedaron sin dadivas ni credenciales, aunque no por mucho porque luego las iban a “compensar”.

“A mí cada mes me dijeron que me iban a dar una despensa medianita por ir a buscar a la gente, unas diez personas porque soy la jefa de manzana, además de traer bien sacadas las copias de las credenciales del Ife de estas mismas personas, pero sin obligarlas mucho, porque se chivean” apuntó una activista de la Región 227, área en la periferia norte de Cancún, azotada por la pobreza y la delincuencia.

La anécdota sería para sonreír con el humor ácido que ya se extiende por todo el país, de no ser porque el hecho anuncia con claridad prístina que el proceso electivo venidero, por lo que toca al Partido Verde y sus cómplices -aquí el PRI y el Panal son secuaces- no tendrá en Cancún un escenario pulcro. Bueno, en realidad el tal escenario no lo habrá en parte alguna del Estado, pero ahora sólo hablamos de la ciudad turística.

Desde luego, no es esta la primera vez en que se descubren bodegas o casas donde se entregan sobornos electorales -que es lo que son en realidad- ni es este, tampoco, el solitario caso en el que se omite investigar el evidente delito electoral, como lo es el tráfico de las credenciales, para oprobio de las autoridades del Instituto Electoral de Quintana Roo, aunque éstas no sepan qué quiere decir oprobio por ser palabra dominguera.

Empero, si se consideran estas ya muy conocidas y sobadas transas de un Partido Verde habituado a comprar el voto y a un estrato de la población ducho en venderlo al mejor postor, poco o nada importa la calidad intelectual o moral de los candidatos. Remberto Estrada, el niñato ecologista que quiere hacerse de la alcaldía de Cancún, luego de un barroco convenio con el Pri estatal, es un buen ejemplo de esto.

Así, el que este candidato amigo de Jorge Emilio González, (a) “Niño Verde”, líder nacional del PVEM, desconozca hasta cuántos cuartos de hotel hay en la ciudad turística que sueña con gerenciar o cuáles son los principales problemas urbanos, resulta peccata minuta. En la lógica delincuencial de él y de la pandilla que lo impulsa, la alcaldía de Cancún es la gran puerta a un negocio de proporciones colosales.

“Remby”, como al muchacho de 28 años recién cumplidos le gusta que le digan, con el filantrópico apoyo del “Niño Verde” ha sido regidor del Municipio Benito Juárez, aunque no concluyó el trienio, pues cambió este cargo por una diputación local, la que en su momento dejó para ser diputado federal, una curul de la que desertó para ser candidato a la alcaldía de Cancún. Una rápida carrera política en la que, claro está, su talento brilla.

En una nación donde el analfabetismo funcional es tenido por valor agregado, no resulta extraño que un joven engreído y codicioso, incapaz de hilvanar con coherencia cuatro frases, resulte candidato oficial a una de las alcaldías más importantes del país. Hoy se fotografía en calles populares pues cree que así convence y que con ello pronto podrá vestir a la ciudad de color verde aunque, en su caso, sea de verde asnal.

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En unos cuantos días, la madrileña Sociedad Española de Estudios Clásicos entregará su premio 2016 al filósofo Emilio Lledó por sus notables contribuciones en esta materia y por su dilatado servicio docente en diversas universidades europeas. La entrega de este galardón tiene como antecedente inmediato, en el 2015, la obtención del premio Princesa de Asturias en Humanidades y Comunicación.

Luego de su discurso oficial por este último homenaje en la Universidad de Salamanca, en conferencia de prensa el también lingüista  enfatizó: “Creo que en realidad no estamos tanto ante una crisis económica, sino en una crisis de la mente, de nuestra forma actual de entender el mundo. La crisis más real -con independencia de los problemas económicos, que son muy reales- es la crisis de la inteligencia.

“No estamos solo ante la corrupción de las cosas, sino ante una corrupción de la mente. Me llama la atención que siempre se habla, con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tenerla, pero lo que hay que tener, primariamente, es la libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente?”

Estas reflexiones vienen a cuento porque en Quintana Roo y en otros once estados mexicanos, en breve comenzaran diversas campañas políticas para renovar los poderes locales y por lo que se vislumbra, los discursos agostarán a un más los ya resecos caminos de los lugares comunes y de la retórica ampulosa, esto es, en la línea de los juegos malabares con las palabras vacías. Ojalá la voz de Lledó sea un faro.

Aunque quizá pocos, de seguro habrá entre los candidatos, hombres y mujeres, que buscarán la mejoría y el bienestar de sus propias comunidades y quienes no tienen a la honradez por virtud propia de tontos -visión común- y es para ellos, sobre todo para los de oposición, que se habla de libertad intelectual y, claro está, del sentido crítico, aquel que va no únicamente hacia afuera, sino también hacia adentro.

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