Por: Nicolás Durán de la Sierra.
Aunque no de majestuoso cuerpo presente, el Héroe de Creta sí que estuvo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del 2015. Fue de la mano, es decir, de la pluma de la escritora Macarena Huicochea, quien en el mayor encuentro literario del mundo presentara su Umbrales, obra auspiciada por el Fondo Editorial del Estado de México, aunque la autora hace tiempo que vive en Cancún, en Quintana Roo. Saludos a la Seyc.
      Resulta que en el ‘Macarenario’, como motejara don Alfonso Sánchez Arteche a la obra presentada, se incluye un hermoso texto en el que El Minotauro no sólo es el protagonista, sino al que se dedica el cuento. Sobra decir que la gracia de la autora también de Blasfematorio y de La caricia de la esfinge, alegró las fibras íntimas del aquel que también habita en las alturas, y eso mucho antes de la llegada del catolicismo.
      El párrafo anterior merece glosa: el Gran Astado habita El Laberinto, en la cima del Monte Ida (2 456 metros sobre el nivel medio del mar) que es la mayor altura de Creta, a la vez reside  en el éter -el ‘firmamento’ según la raíz griega- y sabido es que cada cual puede ubicar al éter donde le plazca, partiendo del hecho de que en el espacio no hay arriba ni abajo. Lo de la cita religiosa es sólo para ponerle pimienta al guisado.
      El gesto de la escritora fue también apreciado por la corte del Héroe al grado que, por ejemplo, MarilynCalipigia ofreció preparar un fricasé de pollo a la cubana, en tanto que Ariadna se pronunció por organizar una monumental orgia e invitar a algunos de los personajes de sus textos, aunque la Esfinge no sea tan lasciva como cree la autora ni Hécate guste tanto de los malabares sexuales, pues luego le duelen las rodillas.
      Mesura. Mesura fue la que exigió El Icono del Mediterráneo a su trupé. Primero que nada, adujo, tengo entendido que la distinguida autora antes de dedicarse de lleno a la literatura fue monja clarisa, por lo que lo de la orgía resultaría impropio (salvo que haya leído al ‘Divino Marques’) y por lo que toca al fricasé, puede ser que aunque provenga de un país bárbaro no guste de los exóticos platillos cubanos.
      Desde luego que Marilyn iba alzar airada voz en defensa de uno de los platillos típicos de su isla –“exótica la más vieja de tu majada”-, pero la contuvo el Héroe, que estaba de buen talante: “En mi majada hay humanos, y ese quizá es el problema, pero en fin, no hay remedio. Lo exótico es ‘lo de afuera’, y por tanto no denigra, informa, jovencísima onagra de la Sierra Maestra”. La cubana no entendió lo de onagra, y guardó receloso silencio.
      Con ánimo navideño y en lo que en el laberinto se efectúa el singular sinclave (joder, si hay un conllave, por qué no habrá de haber uno sin ella) para decidir cómo agasajar a Macarena –el exjótico Teseo plantea una gala de ballet para vestirse de cisne, pero nadie lo toma en cuenta- se comparte aquí al caro lector el muy generoso regalo. Sin que la autora lo imaginase, se trata de una viñeta de las juventudes del Héroe:
El misterio del laberinto
Macarena Huicochea
Para Nicolás Durán de la Sierra
por la contundencia de su voz.
Al fondo del laberinto, las teas encendidas permitían ver, en la penumbra, un cuerpo enorme y musculoso que hacía que las doncellas -entregadas como ofrenda al gran astado-,  junto al temor, sintieran el fugaz relámpago del deseo al contemplarlo.
Abatidas, habían ingresado llorosas en el dédalo, recordando las antiguas leyendas que hablaban del terrible monstruo que habitaba el lugar y devoraba vivos los jóvenes cuerpos de las víctimas propiciatorias. Después de haber sido abandonadas en la intersección de varios túneles, estaban desorientadas y ahogaban sus llantos y murmullos para no atraer la atención de la bestia.
      Las siete vírgenes de Atenas iban tomadas de la mano, en un afán infantil por darse valor, pero al descubrir la poderosa y viril figura del Minotauro, silenciosas, intentaban regresar sobre los pasos que las habían llevado al inevitable encuentro. El Señor del laberinto percibía de inmediato el almizclado perfume de los núbiles cuerpos…tantos años recibiendo las ofrendas femeninas habían despertado en él la habilidad de imaginar sus formas y rostros, a partir de los aromas que cada una de ellas despedía: tal vez interpretaba el miedo, el sudor y la peculiar fragancia individual de cada piel.
      A pesar de la fama cruel que precedía su nombre, el hombre con cabeza de toro jamás amedrentó a ninguna de las jóvenes que se le ofrendaban, antes bien, solía ser cauto y propiciar el encuentro recitando antiguos versos y cantos que algunos dioses compasivos, a escondidas de Zeus, le habían inspirado en sueños, durante los largos años de abandono y soledad que había vivido.
      Así que, como siempre, con la paciencia que da el tiempo de vivir consigo mismo, la voz del Minotauro empezó a ejercer su hechizo. Inició con un canto órfico lleno de nostalgia; más tarde, repitió los viejos poemas que hablaban de los cruces de caminos, de su vivir en las sombras y de su afán por descifrar los signos que trazaba la luz que se filtraba por los gruesos muros de su aceptada prisión… después, contó la leyenda de su origen y nacimiento, recordando el abandono de Pasifae; finalmente, recordó los sueños inspirados por Dionisos y sus bacantes, que expresaban su anhelo de conocer el amor.
      Poco a poco, como siempre sucedía, seducidas por el tono grave de su voz, una a una parecían caer bajo el encantamiento y, cada vez más relajadas, adquirirían cierta confianza, dejándose envolver por las rítmicas palabras; entonces, dejaban de huir, permaneciendo ocultas, pero atentas.
      El ritual había iniciado.
      El tiempo pasaba y él propiciaba que cayeran en un estado de ensueño. De acuerdo a su carácter, las más tímidas se quedaban quietas, mientras que la más audaz y curiosa,  poseída por un lento furor, se acercaba en lugar de alejarse; algunas se refugiaban aún en la oscuridad de los túneles cercanos, cada vez más serenas, mientras otras se quedaban dormidas, en un plácido sueño.
      De este modo, el Minotauro iniciaba el cortejo, siempre de espaldas, sin mirar de frente a la doncella que, sigilosa, se acercaba, intrigada por la dulzura de sus palabras. De nuevo, la visión del hirsuto y desnudo cuerpo surtía efecto y la joven valiente, con el corazón latiendo con emociones encontradas, cada vez más próxima, percibía el olor del cuerpo del hombre-toro, semejante al de la mezcla de musgo y de rocío que ocultaban las húmedas piedras del laberinto.
      Entonces los cantos se convertían en poemas de un delicado erotismo, que sembraba en la mente de la virgen imágenes y sensaciones jamás antes sentidas, humedeciendo su piel y erectando sus pezones, provocándole un deseo incontenible de ser poseída por la mítica figura.
      Atrás, las compañeras, cada vez más hipnotizadas, ignoraban lo que sucedería con la primer virgen entregada al sacrificio que, sin miedo alguno, se atrevía a tocar el cuerpo del astado como quien acaricia a un semidiós…
      Lentamente, el Minotauro permitía que las caricias de la doncella endulzaran la entonación de sus palabras y empezaba a llamarla por su nombre, aun sin haberla conocido, dándole la confianza necesaria para dejar de lado sus miedos y pudores.
Lentamente, la enorme criatura empezaba a voltear hacia su víctima para descargar sobre ella una mirada llena de ternura que la hacía olvidar el rostro del animal astado…  esa mirada caía como lluvia tibia y suave sobre el tembloso cuerpo que, abandonado a su destino, ahora recibía complacida las sutiles caricias del Minotauro. Y él, con esa mezcla de animal y hombre, aunada con un ardor divino, sabia y pacientemente recorría la suave piel de la mujer que, dispuesta, se entregaba.
      En una danza cada vez más sensual, ambos cuerpos repetían, de algún modo, la extraña hierogamia del origen del monstruo, diluyendo los límites entre la bestia y la doncella humana hasta fundirse en un apasionado abrazo que liberaba a ambos: a ella, de la virginidad impuesta, a él, del desamor.
      Durante las siete noches en que se celebraba la ceremonia propiciatoria, las jóvenes se ofrendaban gustosas hasta quedar exhaustas y agradecidas al lado de la anterior, intoxicadas por el deseo de ser poseídas y sin darse cuenta del instante en que las compañeras que las precedían, o ellas mismas, morían entre los sagrados gemidos y estertores de sus cuerpos, penetrados por el misterio.
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