Doctora Eliana Cárdenas Méndez, Profesora-Investigadora Universidad de Quintana Roo

El 11 de septiembre de 1983, el diario español El País publicó el poema “Las satrapías”, quizá el último poema de Pablo Neruda; el poema se divulgó originalmente en forma de pasquín y se repartió en las calles de Madrid, cuatro días después del golpe de Estado contra el presidente chile- no Salvador Allende, perpetrado por uno de los dictadores más sanguinarios de América Latina: Augusto Pinochet Ugarte.

El poeta chileno escribe vehemente para levantar su voz de protesta:
“(…) hienas voraces de nuestra historia, roedores de las banderas conquistadas con tanta sangre y tanto fuego, encharcados en sus haciendas, depredadores infernales, sátrapas mil veces vendidos y vendedores, azuzados por los lobos de Nueva York.
Máquinas hambrientas de dólares, manchadas en el sacrificio 
de sus pueblos martirizados, prostituidos mercaderes
del pan y el aire americanos, cenagales verdugos,
piara de prostibularios caciques, sin otra ley que la tortura
y el hambre azotada del pueblo.”

La pieza literaria, sin duda, no tan sólo está dedicada a Pinochet Ugarte, sino también a toda la ristra de tiranos –gobernantes de varios países sudamericanos como Chile, Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay– que se hicieron del poder por la fuerza y la violencia en América Latina, bajo el abrigo de los Estados Unidos, y a pesar de las diferentes comisiones de justicia creadas para esclarecer los numerosos crímenes, desapariciones y violaciones de los derechos humanos cometidos o auspiciados por ellos se aseguraron de dejar un marco legal por medio de disposiciones transitorias, leyes de amnistía y otros enredos jurídicos, que los mantuvieron a salvo de la justicia.

Una ruta parecida siguió el caso del general Efraín Ríos Mont, sátrapa guatemalteco que tomó el poder mediante un golpe de Estado y gobernó con mano de hierro este país de Centroamérica durante diecisiete meses, periodo en el que la guerra civil, que había iniciado en la década de los sesenta, alcanzó uno de los picos de violencia más álgidos del conflicto armado entre el gobierno y los varios grupos guerrilleros de tendencia marxista leninista.

Ríos Montt incursionó en la política con aspiraciones al poder en 1973 como candidato del Frente Nacional de Oposición y perdió los comicios electorales contra Eugenio Laugerud García. El 23 de marzo de 1982 reaparece en el escenario político como parte de la junta militar que tomó el poder después del golpe de Estado contra el general Romeo Lucas García y, tres meses después, disolvió la junta y se declaró presidente de Guatemala.

“Tierra arrasada” fue el programa militar que catapultó al ex presidente de facto y lo convirtió en el Pinochet centroamericano. A través de este programa político-militar se pretendía destruir todo aquello que pudiera ser de utilidad a los guerrilleros del Ejército Guatemalteco de los Pobres (EGP), con el que libraba una feroz batalla por el poder. El resultado: un saldo de un millón de personas que salieron al exilio, aldeas quemadas, masacres, violaciones, reclutamiento forzado y desapariciones.
En la jerga militar se trataba de “quitarle el agua al pez”, es decir, quitarle base social a la guerrilla a través de la implementación de toda una pedagogía del terror que no escatimó en oprobios contra la población indígena como mecanismo para desalentar cualquier tipo de simpatía o adhesión hacia los insurgentes.

Durante el periodo del sátrapa guatemalteco, las poblaciones mayas se convirtieron en objetivo militar y, por tanto, sus habitantes fueron forzados a salir de sus territorios ancestrales; una migración forzada que viró con rumbo a México y, por su volumen, los especialistas re eren que fue un dinamismo poblacional sólo comparable con el éxodo maya de la era del posclásico.

Según informes de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) y del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), cerca de 46 mil mayas cruzaron la frontera de México, en condiciones de extenuación y absoluta vulnerabilidad, y permanecieron como refugiados inicialmente en Chiapas y posteriormente en los estados de Quintana Roo y Campeche, con el abrigo y reconocimiento de las Naciones Unidas.

La presencia de los indígenas mayas guatemaltecos, en razón de la violencia de Estado orquestada por Ríos Montt, escribió uno de los capítulos más dolorosos de la historia de la frontera sur de México.
En el marco de la misma ley impulsada por él, el ocho de agosto de 1983 Ríos Montt fue depuesto por un nuevo golpe de Estado, ahora encabezado por el general Mejía Víctores su ministro de Defensa. Sin embargo, hábilmente se mantuvo vinculado al poder en diferentes cargos políticos, lo cual lo preservó de comparecer ante la justicia por la protección que le otorgaba la inmunidad parlamentaria. Así pudo evitar los diferentes intentos de llevarlo ante tribunales por crímenes de lesa humanidad, genocidio y terrorismo de Estado.
Pasaron muchos años antes de que, el 19 de marzo de 2013, despojado de toda investidura, por n compareciera ante los tribunales por genocidio y deberes contra la humanidad cometidos contra el grupo maya-Ixil durante su mandato. Ríos Montt fue condenado a ochenta años de prisión; cincuenta inconmutables por delito de genocidio. Fue hallado culpable también de delitos de incumplimiento de deberes de humanidad, por lo cual recibió una condena de treinta años más, igualmente inconmutables, convirtiéndose así en el primer mandatario en América Latina en ser llevado a juicio por estos delitos.

Sin embargo, la justicia en Guatemala sufrió un duro revés cuando la Corte de Constitucionalidad de Guatemala determinó que el juicio y la sentencia quedaban sin efecto por razones de procedimiento.
Ante las apelaciones de los querellantes, en junio de 2015 fue declarado por el Instituto Nacional de Ciencias Forenses, dependiente de la Fiscalía, “mentalmente incapaz para enfrentar un nuevo juicio en su contra”. Tahúr de la política, durante cerca de 32 años maniobró todos los instrumentos legales propios de un Estado de derecho que él negara en todo momento a sus víctimas.

El domingo uno de abril de 2018, el sátrapa guatemalteco murió impune, a los 91 años, en su residencia en la Ciudad de Guatemala. La declaración de un testigo ixil, durante el juicio en su contra, sirve como epitafio y memoria de los oprobios contra los pueblos: “Ríos Montt nos dijo que se acabaría con toda esa basura ixil, porque colaborar con la guerrilla […] Los soldados nos gritaron que nosotros, los indígenas, no éramos nada, éramos animales, no nos merecíamos el respeto de un ser humano.”

A la sazón, los ex refugiados mayas que viven desde hace 34 años en el estado de Quintana Roo me preguntan: “¿Podrá descansar en paz?” Ante mi silencio insisten: “¿En verdad, podrá descansar en paz?”.

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