Francisco Pinzón Ruiz

Recientemente, la palabra “Quintanarroísmo” ha decorado diversos discursos y opiniones. El término alude a la identidad de nuestro estado, al amor que uno debiera profesarle al mismo y, según algunos, incluso a nuestras propias autoridades. Sí, las mismas que dicen que nos quieren tanto.

El concepto es bien intencionado, después de todo debería exigir una sana reciprocidad en nuestra entidad. El problema es que somos una población heterogénea proveniente de diversos estados de la república y otras partes del mundo y traemos enraizados los afectos por nuestros sitios de procedencia, los que a menudo relegan el sentimiento de pertenencia a Quintana Roo.

En fechas pasadas escuchamos emotivos discursos exaltando los valores locales que, al mismo tiempo tendían a minimizar la influencia del vecino estado de Yucatán en nuestra realidad histórica y cultural, cosa que se antoja, cuando menos, infantil.

Crearle una identidad a Quintana Roo, un estado que a la fecha no cuenta siquiera con un platillo tradicional propio, no se logra con ánimos separatistas, sino promoviendo la cultura local, por pequeña que esta sea. Necesitamos museos de verdad, conciertos sinfónicos en recintos adecuados, no los construidos para artistas de telenovela. Si no se impulsan las artes, si no damos un apoyo digno a nuestros artistas y autores, nunca podremos procurarnos la tan anhelada empatía con nuestro estado.

Necesitamos retomar nuestra historia, deshacernos de las falacias que la aquejan y difundirla para entender mejor nuestro pasado. Si no encontramos nuestra personalidad como estado y la reforzamos de forma digna, sin importar la cantidad de palabras ornamentadas que se pronuncien al respecto, éstas seguirán sonando a simple “rollo” y nuestra identidad, a “quintanarrollismo”.

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