Francisco Pinzón

En 1932, la novela Un mundo feliz tomó al orbe por asalto. Editada por primera vez en Londres por Chatto & Windus, en la obra se detalla una sociedad sometida por un gobierno totalitario que, por medio de lavados de cerebro y drogas, privaba a todo habitante de individualidad.

Si bien de brillante narrativa, la obra destaca por sus ideas implacables y por sus basamentos históricos y científicos, tan siniestramente simples, que hicieron que los eventos narrados se antojaran peligrosamente familiares. Entre la producción en masa, perfeccionada por Henry Ford, las secuelas de la Primera Guerra Mundial y las de la Gran Depresión estadounidense, Un mundo feliz no sólo era posible, sino inevitable.

Un mundo feliz fue, desde su primera edición, bienvenida y elogiada. Sus osados planteamientos —advertencia para unos y profecía para otros— incomodó a los círculos conservadores y la obra fue vetada en países como Irlanda y Australia. Ello no evitó que la novela fuera tenida como una obra maestra, un tour de forcé del intelecto de un hombre, de entonces 38 años, llamado Aldous Leonard Huxley.

Su abordaje sobre el arte, la psicología y la ciencia como propulsora de la tecnología, banderas de su novela, es un reflejo del entorno en el que nació. Su padre, Leonard Huxley, a su vez hijo de un obstinado científico darwiniano, fue biólogo, escritor y catedrático. Su madre, Julia Arnold, nieta del poeta Matthew Arnold y hermana de la novelista Humphrey Ward, fue a su vez una de las primeras mujeres en ser admitidas en Oxford y, luego, fundadora del innovador Prior’s Field, un instituto experimental para señoritas, en Surrey, Inglaterra. Entre los hijos de este matrimonio se hallan también un director de la UNESCO, un premio nobel de medicina y, claro, un pequeño de nombre Aldous Leonard.

Aldous Huxley estudió en Eton, Inglaterra, la escuela más reconocida de entonces, pero pronto tuvo que dejarla al contraer queratitis punctata, enfermedad que lo dejó casi ciego, y frustró su sueño de estudiar medicina. Con su fe puesta en la ciencia y la tecnología, Aldous aprendió a leer braille y a tocar el piano hasta sobreponerse a la enfermedad y recuperar parte de la visión. Mientras estudiaba literatura en el Balliol College de Oxford, su hermano, Trevenan se suicida, lo que detona su interés en la parapsicología y el misticismo.

A los 22 años escribe su primer libro de poemas, La rueda ardiente, y dos años más tarde se casa con Marie Nys, con quien tuvo a Matthew, su único hijo. Tras publicar diversos libros de cuentos, ya viviendo en Italia, escribe Los escándalos de Crome (Chrome Yellow), con el que consolida su reputación de escritor.

Después de viajar junto con su esposa por Europa, Asia y África, durante los que escribió entre otros libros A lo largo del camino y Danza de sátiros, presentó en 1932 su piéce de résistance Un mundo feliz (Brave new world). En 1939, llegó a Estados Unidos y comenzó a escribir para The Chicago Herald, echándose a la bolsa a la comunidad intelectual.

Esta novela, sin demerito en absoluto de títulos como Mono y esencia y Las puertas de la percepción, es una obra mayor no tan sólo por su construcción literaria y su espléndida narrativa, sino también por la feroz y profunda presentación que hace de una sociedad cuya supuesta perfección es una máscara para ocultar su miseria.

Un mundo feliz es el retrato de una sociedad poblada por seres diseñados a modo y predestinados genéticamente para laborar y vivir según las necesidades sociales. Las enfermedades no existen y todo el mundo goza de belleza, educación y alimento. Tampoco hay aspiraciones, sino sólo obediencia y sumisión a un gobierno totalitario que, mediante el uso de un continuo lavado de cerebro y la distribución de drogas, previene la disconformidad y destruye la individualidad.

En este régimen, quien no puede vivir así es enviado a una isla donde vive y envejece como salvaje, pero en plena libertad. Es en la contraposición de estas dos sociedades cuando Huxley, de manera magistral, nos hace vivir la “distopía”. Para cuando terminamos de leer su obra, es inevitable cuestionarnos si no habíamos estado viviendo allí durante todo este tiempo.

Aldous Huxley no nos describe una nación distópica, sino que prácticamente la crea para nosotros. Tal vez la única obra comparable, en este sentido, es 1984, de George Orwell, quien por añadidura fuera su alumno. Empero, la visión de Huxley es más cínica, descarada e ilimitada tal como la sociedad actual.

La pregunta principal, sin embargo, prevalece: ¿Vivimos en un México distópico? Ciertamente, hablando en términos generales, estamos cada vez más alienados. El gobierno, la religión y las corporaciones nos exponen continuamente a su propaganda con el propósito de evitar que pensemos, que nos individualicemos y nos conformemos. Habitamos un país en el que las redes sociales son el nuevo opio y en el cual el consumo de todo tipo de antidepresivos se vende como pan caliente y ya no digamos las drogas ilegales, que son más fáciles de conseguir que un medicamento sin receta.

En este caso, la sociedad mexicana y muchas otras son, en la práctica, “huxleynianas”. Incluso nuestra población —alfas y salvajes— vive cada vez más dividida por las clases sociales y, como individuos, continuamos alejándonos de la espiritualidad y acercándonos a Facebook.

La Real Academia de la Lengua Española, hace dos años apenas, incluyó en el diccionario la voz “distopía” (representación ficticia de una sociedad futura de características negativas que causan la alienación humana) y su definición, al tachar tal tipo de sociedad como de “ficticia” y “futura”, se presenta muy ajena al caso de México y de muchos otros países, que tienen un pie si no es que los dos en la distopía.  Aldous Leonard Huxley, uno de los grandes pensadores del siglo pasado, fue amigo de Charlie Chaplin y Greta Garbo, experimentó con LSD, escribió una obra literaria indispensable y una serie de guiones cinematográficos, entre ellos, un malogrado libreto de Alicia en el país de las maravillas para Walt Disney. Falleció de cáncer en Hollywood, Estados Unidos, a la edad de setenta y nueve años.

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