SANDRA SERRANO SOTO

Maestra en artes visual por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM

Entre los mayas, una de las artes más notables fue, sin duda, la pintura. Su desarrollo técnico y formal, de muchos siglos, los llevó a lograr un grado inigualable de destreza tecnológica, estilística, resolutiva, simbólica y de representación, aunque se trató de un largo camino. En sus inicios, su pintura la usaban sólo para decorar las paredes interiores y exteriores de los muros de los templos y lápidas o para untar de azul los cuerpos en sus ceremonias rituales.

De esto dan fe los primeros asentamientos que se construyeron con piedra caliza, la que era pintada con rojo óxido en el periodo Preclásico Medio (1200 a 400 antes de nuestra era) como en Tikal, Nakbé, Cerros, Lamanai, Cuello, Dziblichaltún y Komchén. En esta etapa, se utilizaron el rojo, el ocre y el negro, debido en parte a la abundancia de hierro y de tierras ocres, tan características de los suelos mayas. No obstante, los factores simbólicos también fueron importantes en la elección de la primera paleta de color que emplearon.

El cronista dominico fray Diego de Landa destaca el uso del color azul y su relación con los sacrificios humanos, pues con éste se cubrían los cuerpos de los que eran elegidos para ser sacrificados. Indica también que “en algunas de las ceremonias religiosas realizadas por los sacerdotes mayas, durante el mes dedicado a Chac, dios de la lluvia, los esclavos o los niños que iban a ser sacrificados, eran desnudados y sus cuerpos eran untados con un betún azul”. Además, había un altar pequeño y muy limpio cuyo primer escalón era embadurnado con lodo del pozo (cenote), en tanto que los otros escalones eran pintados con dicho color, según dice Constantino Reyes-Valerio en su obra De Bonampak al templo mayor: El azul maya en Mesoamérica.

Para Eric J. Thompson, notable mayista y uno de los primeros en escribir sobre este tema, destaca la relevancia que tuvieron los colores para los mayas, en especial el rojo, el amarillo, el negro y el verde, que tenían estrecha relación con los puntos cardinales y los eventos astronómicos que marcaban el ritmo de sus vidas. Los Itzam Na eran cuatro, según el canto octavo del Ritual de los bacabs y a cada uno se le atribuía su color y orientación: el Itzam rojo al Este, el blanco al Norte, el negro al Oeste y el amarillo al Sur, las cuatro partes que sustentaban el cielo para que no cayese.

En el inicio, la paleta fue casi monocromática o reducida a colores terrosos, pero poco a poco fue desarrollándose “hasta llegar a una gama de color de 29 tonos usados en los murales de Bonampak”, se señala en El arte en el hacer: técnica pictórica y color en las pinturas de Bonampak, de Diana Magaloni.

De igual modo, la representación de la forma pasó de la abstracción simbólica al naturalismo. El proceso de representación y el desarrollo de la técnica evolucionan, al tiempo que se va creando lo que hoy se compararía con una “industria del color”, desde el modo de extraer los tintes hasta los procesos de estabilización de los mismos para convertirlos en pinturas-laca de muy alta estabilidad, resistencia a la humedad y las temperaturas de la zona. Los murales realizados en Bonampak muestran la cúspide de ambos procesos: el de la forma y el de la técnica.

Cabe destacar que los murales de Bonampak se distinguen también del resto de las obras de arte maya por la representación realista y diferenciada de cada uno de los personajes que se muestran. La agudeza en la observación de la figura humana es lleva

da a la perfección: la creación de un canon de representación es evidente, el conocimiento sobre la anatomía del cuerpo humano es preciso, el dibujo de cada una de las extremidades del cuerpo se ve plasmado en las diversas posturas, ya con el cuerpo en movimiento o estático; la expresión corporal es individualizada en detalle; el gesto del rostro es meticuloso en cada figura, mostrando la magnificencia al particularizar y representar el carácter en cada personaje y su situación.

En lo personal, la pintura mural maya ha sido un vasto campo que me ha llevado a comprender los posibles procesos y técnicas que usaron estos antiguos pintores y, con el fin de posibilitar su uso en la pintura de nuestros días, diseñé el proyecto “Escuela de Pintura Mural Maya,” un proyecto que es también un homenaje desde la pintura actual a la pintura de los antiguos pintores mayas.

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