> MACARENA HUICOCHEA

Los seres humanos somos más que biología. Nuestras vidas están plagadas de códigos, símbolos y credos que, hasta sin darnos cuenta, dirigen nuestra percepción y marcan la interpretación que hacemos de la realidad. A ello le llamamos cultura y, gracias a ella, cada país tiene una particular manera de reconocerse e imaginarse a sí misma y desde allí expresar su propia visión del mundo y de la existencia.

México es un país lleno de símbolos, muchas veces confusos y hasta contradictorios, que no tan sólo son difíciles de interpretar más allá de nuestras fronteras, sino incluso para nosotros mismos, pues se inscriben en el subconsciente, pero, pese a ello, como se dijo, diseñan nuestra forma colectiva de interpretar la realidad y fijar miedos, relaciones sociales, religiosas e incluso económicas.

Uno de los símbolos más poderosos con el que se representa a nuestra mexicanidad es el del águila, que aparece en la bandera nacional, en los sellos oficiales y en el revés de las monedas; aquel que se ancla en la leyenda que dice que, durante la peregrinación desde el mítico Aztlán, en el norte del país, en pos de un nuevo lugar donde asentarse, el dios solar Huitzilopochtli reveló a los guías de su pueblo que el sitio en el que se establecerían sería donde hallasen un águila parada sobre un nopal devorando a una serpiente.

LOS MITOS FUNDACIONALES

El historiador Enrique Florescano, en su texto “De la simbología prehispánica al blasón decimonónico”, explica: “Uno de los símbolos que utilizaron las culturas mesoamericanas fue el árbol cósmico, eje donde confluían todas las fuerzas en sus tres niveles: inframundo, cielo y tierra. Los mayas del periodo clásico usaron el maíz, y los posteriores la ceiba; los tenochcas, los cactus, y los mexicas el nopal.”

Cabe decir que, si bien en la misma línea, hay un mito anterior que dice que el dios solar Huitzilopochtli aprovechó el sueño de su hermana Malinalxóchitl, la sacerdotisa de la luna, para abandonarla en Malinalco, pues ella insistía en no seguir la peregrinación y se había convertido en un peligro para su liderazgo.

Años después, Copil, hijo de Malinalxóchitl, decide vengar el agravio y busca matar a su tío. En la batalla, Huitzilopochtli decapita a Copil, le saca el corazón y lo arroja en el lago donde, según otra leyenda, está la piedra en la que se sentó a descansar Quetzalcóatl en su viaje a “Tlillan, Tlapallan”, o lugar de la sabiduría. Es así como del corazón de Copil surge, de entre juncos y carrizos de la laguna, el nopal que dará nombre de la ciudad que fundarán: Tenochtitlán, que en náhuatl significa “cerca del tunal”. Desde el punto de vista náhuatl, han existido cuatro edades o ciclos representados por una deidad y un sol diferente para cada cual: uno de tierra, uno de aire, uno de fuego y uno de agua, que precedieron al de hoy: el quinto sol, el sol de movimiento, el “4 ollin”, el cual acabaría por un temblor y una larga hambruna.

Para mantener el favor de las distintas expresiones de la divinidad, los mexicas realizaban diversos ritos en honor de sus dioses, con sacrificios, ofrendas y festejos populares. Una de las ceremonias más importantes era la del “Fuego Nuevo”, que representaba el fin y el principio de un ciclo ritual pues, cada 52 años, los habitantes de México-Tenochtitlán desechaban las imágenes de sus dioses y todos sus utensilios domésticos, apagando el fuego en todos los hogares y los templos.

 En medio de una ciudad completamente a oscuras, los sacerdotes salían del Templo Mayor y en lo alto del Citlaltépetl o Cerro de la Estrella, en Iztapalapa, realizaban una ceremonia para encender un fuego nuevo. El ritual provocaba gran incertidumbre, porque se creía que si el fuego nuevo no se encendía, el mundo se acabaría y las estrellas se convertirían en monstruos que devorarían a la humanidad.

No resulta exagerado afirmar que, a la llegada de los conquistadores hispanos, éstas y otras leyendas marcarían el destino de México-Tenochtitlán, entre ellas las que auguraban el fin de una era que daría inicio a otra que cambiaría el orden del mundo. ENTRE QUETZALCÓATL Y CRISTO Debe enfatizarse que, al igual que las leyendas y los mitos prehispánicos daban base a la existencia del mundo indígena, las creencias de los conquistadores respecto de lo “sagrado” creaban su psique y avalaban su “derecho a salvar a los indígenas del engaño de sus falsos dioses” y con ello justificar el exterminio de una cultura a la que no entendían, pero a la que intentaban imponer su propia visión del mundo.

Sin embargo, 500 años después, la fuerza cultural y la resistencia de las diversas comunidades autóctonas de México han logrado mantener vivas a 68 lenguas originarias; así como resignificar, adaptar y representar su propia identidad.

Es preciso entender que la cultura no es un ente monolítico e inamovible, sino un estadio vivo en constante evolución, que está formada por una caleidoscópica manera de “ser mexicanos”, que no puede integrar a todos en un mismo rasero. Muchas pueblos mayas, zapotecas o nahuas que, desde antes de la conquista y hasta nuestros días, se conciben como pertenecientes al grupo étnico con el que comparten lenguaje y cosmovisión, más que sentirse parte de un conglomerado nacional, que les parece “ajeno”, propio de “blancos” o “gente de ciudad”; un mundo distante en el que los gobiernos y la sociedad global los ignoran cotidianamente, aunque se les use como estandarte en las conmemoraciones, los discursos y los debates sobre los 500 años de resistencia.

En pleno siglo XXI, parecería que el menosprecio y el racismo del que son víctimas los distintos pueblos han desaparecido; no obstante, siguen siendo víctimas de “otras conquistas” en las que mineras, cadenas hoteleras e “intereses nacionales” les obligan a dejar sus tierras y abandonar sus costumbres para “integrarse” a la “modernidad”.

De manera paralela y hasta con cierta burla, estos pueblos son “representados” en festivales, muestras turísticas y a través de un imaginario mediático se sigue quejando por la “destrucción” de estas culturas sin visibilizar a las culturas vivas que luchan día a día por ser escuchadas y exigen el respeto de sus derechos sobre la tierra, el agua y los frutos que les enseñaron a cultivar sus ancestros. Si bien es cierto que la caída de los mexicas fue el inicio de la conquista mesoamericana, ésta hubiera sido imposible o hubiese tardado mucho más si a los hispanos no les hubieran apoyado los pueblos enemigos del Imperio Tenochca, del que eran vasallos. Por ello, ni antes de la conquista ni ahora, podemos hablar de la existencia de una identidad única de México, sino más bien de la interacción, superposición y entretejido de una riquísima diversidad cultural e identitaria.

EL TEMPLO MAYOR, RAÍZ DE LA MEXICANIDAD

Analizar la historia de México o de la humanidad es entender que ésta se basa en expansiones territoriales, en conquistas, batallas y el exterminio de cientos de miles de seres humanos que incluso hoy siguen siendo masacrados ante nuestros ojos, tanto en otros países como en el nuestro, ante una “opinión pública” que se rasga la vestidura por el “trauma de la conquista” y la caída de Tenochtitlán y no ven a los miles de migrantes indígenas que huyen de sus comunidades por falta de oportunidades, por miedo a bandas criminales o a gobiernos que, en connivencia con particulares, les expropian sus tierras y recursos.

El Templo Mayor de la Ciudad de México, corazón del pueblo tenochca, es poderoso símbolo de nuestra mexicanidad. En el centro histórico de la capital del país, en sus entrañas, yacen los antiguos dioses. Bajo la “Ciudad de los Palacios”, el corazón del país continúa latiendo como antaño, entre el silencio y el grito; entre el pasado idealizado y un futuro que aún no llega.

Desde hace medio milenio, la caída de MéxicoTenochtitlán representa la lucha y el encuentro entre dos maneras distintas de pensar: el europeo y el mesoamericano; es un escaparate que muestra, enfrentadas, dos formas de concebir el mundo. Esta dicotomía dio origen a un raro mestizaje que aún no se digiere y que no es ni ha sido completo, pues la resistencia de muchas comunidades autóctonas ha logrado mantener vivas sus lenguas y cosmovisiones.

El Templo Mayor de Tenochtitlán fue el corazón de un imperio que abarcó gran parte de Mesoamérica: un Axis mundi —eje del mundo— y recinto ceremonial donde los dioses se comunicaban con los hombres, era punto de encuentro entre la tierra, el cielo y el inframundo, y desde donde partían los cuatro rumbos del Universo.

El águila y la serpiente, base del imperio tenochca y el emblema de nuestra mexicanidad, es el más poderoso símbolo de nuestra cosmovisión. Debajo de las calles de la Ciudad de México, la antigua ciudad mexica sigue latiendo. El maestro Raúl Barrera Rodríguez, titular del Programa de Arqueología Urbana afirma que “es muy simbólico que hoy en día, debajo del Palacio Nacional, sede del poder de México, se halle el palacio de Moctezuma II… y que el Templo a Tonatiuh sostenga el sagrario de la catedral metropolitana…”

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