Me alegra saber que los años han transcurrido y no he permanecido estancada solamente escuchando mi voz, porque es evidente que mis grandes transformaciones como mujer han estado ancladas a mi camino de lectora. No puedo decir quién soy, pero de alguna manera sé que he sido lo que leo.

Ahora estoy en un período curioso. Se me presentan insoportables los libros artificiosos, aquellos cuyas historias se distancian de la realidad por jugarretas narrativas imposibles, por personajes extravagantes y falsos, por sensibilidades clichés, tontas, sin nada que decir. Me parece que este es el momento de mayor exigencia porque espero demasiado de los libros.

Si echo un vistazo a mi vida, me doy cuenta que puedo agrupar años y dividirlos en períodos cuya diferencia entre unos y otros reside en la mirada que tengo sobre la literatura, lo que se traduce como “lo que busco en los libros”. Como mi recorrido lo constituyen un poco más de dos décadas, solo he podido atravesar por tres etapas en las que, digamos, he sido consciente de las intenciones que han fundamentado mis proyectos lectores.

En el período inicial de la adolescencia, debido a mi primera decepción “amorosa”, me incliné con cierto afán por los libros -también películas-, que narraban historias de amor con elevadísimos grados de enredo y cursilería. Sospecho que lo deseado entonces eran esas historias que jamás me sucederían y me permitían llorar, asomarme al extraño mundo de los adultos, del amor. Este fue el período de mi “Educación sentimental”, el más decididamente solitario, marcado por Orgullo y prejuicio, Cumbres borrascosas, María, Sensatez y sentimiento y una buena porción de novelas juveniles.

Muy a mis dieciocho años, a causa de unos delirios ingenuos de escritora, perseguí aquellos libros de estructuras narrativas complejas, que le exigían al lector hacer un pacto especial con el autor. Buscaba historias que jugaran con los personajes y lectores, relatos que se burlaran de mí porque sus finales resultaban engañosos o porque lo que esperaba que sucediese al culminar el texto era todo lo contrario. Me interesaba el artificio, algún grado de misticismo, magia o sorpresa, en los relatos que, aunque verosímiles, se me presentaban completamente ajenos a la vida. Esperaba un segundo mundo, una cápsula en la cual introducirme para ocultarme ¿de mí misma? Aquí el arte era entretenimiento, un “Distante espejo”. Mis incursiones se dirigieron hacia obras como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Angelitos empantanados, Sobre héroes y tumbas, y algo de literatura infantil: Anthony Brown, Jimmy Liao, Arnold Lobel, los culpables de mi asombro. Entonces, Rayuela fue mi biblia.

Ahora estoy en un período curioso. Se me presentan insoportables los libros artificiosos, aquellos cuyas historias se distancian de la realidad por jugarretas narrativas imposibles, por personajes extravagantes y falsos, por sensibilidades clichés, tontas, sin nada que decir. Me parece que este es el momento de mayor exigencia porque espero demasiado de los libros. Busco lecturas transparentes, no porque impliquen pasividad sino porque lo que hay en sus páginas es revelador. Escudriño ideas que me puedan enseñar algo sobre los humanos. Exijo que el fragmento de vida que leo vuelva complejo el mundo y amplíe la narrativa que tengo sobre mí al asomarme a los otros, a historias que, aunque sumamente lejanas y distintas a las mías, me descubren. A veces basta una palabra para cambiar la versión que tengo sobre un suceso o mi rol en mi historia, esa palabra que me permite explicar o sencillamente aceptar algo que me ha costado todos los años que tengo.

Con información de elespectador.com

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