El Minotauro

Nicolás Durán de la Sierra 

Con independencia de que es un hecho la aplicación de las alzas fiscales recién anunciadas por la gobernadora Mara Lezama, las del impuesto sobre la nómina y el del hospedaje y de que las protestas de los hoteleros salen sobrando; aparte de ello, resalta lo poco que les dice a estos empresarios la frase “prosperidad compartida”, la que explica la medida adoptada por el gobierno estatal.

El razón es simple: la gran bonanza hotelera, una de las más altas del mundo con 125 mil cuartos hoteleros y casi 15 millones de viajeros al año, no llega a la gran mayoría estatal y ello crea un conflicto social cada vez más acentuado, una crisis que a su vez pone en riesgo a la propia industria turística, y por tal se precisan más recursos para evitar que se extienda la pobreza. 

En apoyo a la medida, la gobernadora arguye que, para dimensionar el desequilibrio, baste citar que el 30% de la población sufre déficit alimentario y que el 25% de los empleados no tiene servicio sanitario… En contraparte la industria turística estatal, generó en el último año una derrama de diez mil millones de dólares. Salta a la vista, añade, que la prosperidad no es para todos.

El dinero captado se destinará a la salud, a la seguridad pública y al desarrollo social, para lo que se crearán fideicomisos con los  hoteleros para dar claridad a las finanzas. Un gesto conciliatorio, si bien no necesario ya que es potestad del Estado el manejo tributario. Salvo por el uno por ciento sobre nóminas, el otro impuesto lo pagarán los visitantes, no los empresarios turísticos.

Con todo y esto, las asociaciones hoteleras están contra la medida y aducen -lo que es una falacia -, y que ello quitará competencia a los destinos turísticos y, en síntesis, que es un abuso. Lo mismo dijeron cuando se acabaron los negocios de los fideicomisos de promoción turística y hace poco, como una suerte de tapabocas, el aeropuerto de Cancún alcanzó las 660 operaciones en un día. 

La “prosperidad compartida” le es ajena a la mayoría del sector turístico estatal, no a todos; un estrato habituado a servirse del poder en turno, que desecha lo que no le rinde ganancias, pero es el primero en alarmarse por la violencia que le rodea. Decía el periodista Juan José Morales que el turismo es una industria sin chimeneas, sí, pero con grandes bocas de aguas negras.

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