DELIRIO DE LUNA LLENA

Traté de darte un beso y, aunque mis ganas aumentaron tras un frustrado intento, no estuve dispuesto a sacrificar ni un minuto más. Me despedí, lamentando lo tarde que se había hecho y contando las horas de sueño que me faltarían. Me quedé con ganas de probar los chocolates de la caja que te llevé; la pusiste sobre tu mesa de noche y no te acordaste más de ella.

No, en realidad no recuerdo en qué momento llegué ahí. Ni cómo mi lecho devino en un cajón tan oscuro. Mis memorias comienzan en el inmediato suave intento que me hizo salir de ahí, cuando mis manos se deslizaron recorriendo la seda negra de aquel capullo. Después, sin previa intención, me vi flotando para alcanzar tu ventana. El raso que primero me envolvía era ahora una capa negra que me sostuvo sobre un viento suave.

Ya no sentí cansancio alguno. Llegué a tu terraza y pude verte a través de la ventana; me detuve un largo rato, hipnotizado por el efecto de la luna llena al ir acariciando tu cuerpo tendido en la cama. Inmerso en un éxtasis onírico, saboreé el recorrido de esa luz tan blanca deslizándose en tiempo lento desde los pies hasta tu cara, alimentando en mí un irrefrenable deseo.

En un impulso salvaje, sin importarme nada, traspasé el cristal de tu ventana y, sorprendido, tuve conciencia de no haber ocasionado un impacto brutal. Estaba dentro y el vidrio intacto. Nada me detuvo. Tu delicioso y lánguido cuello era un imán que atraía a mi hirviente boca en busca de alivio. Sentí ese perfume enredado entre tu pelo y la almohada, y quise acercarme más. Entonces tu cuello me pareció lejano, inalcanzablemente gélido. Espantado, me retraje y me senté al borde de la cama y sentí como desaparecían los enormes colmillos que me crecieran en no sé qué momento.

Mis pupilas se perdieron en el espacio de mis pensamientos. De pronto, un barnizado tinte lunar mostró con claridad mi objetivo. Poco a poco lo fui enfocando sobre tu mesa de noche, y supe, sin duda, por qué había llegado hasta ahí. Sin titubear, extendí mis brazos hasta la caja que, en imantado impulso, casi con voluntad propia, se entregó a mis manos para saciarme

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