> MARCO AURELIO ALMAZÁN

Este es el diario de la señorita Viviana Topacio, el cual se halló por accidente bajo la litera de su camarote, en un barco de lujo en que hizo un crucero de placer por las cristalinas aguas del Caribe. Es un diario corto o, más bien, la fracción de un diario,  pues sólo tiene diez días anotados. Se ignora qué le pasó a su dueña antes y después de esos días… Ustedes saben cómo llevan sus diarios las damitas que hacen viajes de placer.

Lunes 10. Hoy conocí al capitán. Creo que es italiano y no está nada mal. En realidad es un mango vestido todo de blanco.

Miércoles 12. Al fin el capitán me devolvió la mirada y la sonrisa y un pañuelo que, por accidente, dejé caer. Sólo nos encontramos en el comedor, pues él tiene mucho que hacer; él dirige el barco y yo veo cómo lo hace. En cambio, en el comedor hacemos lo mismo, sólo que cada uno en su propia mesa.

Viernes 14. En el comedor, mientras me comía una pierna de pollo, el capitán no quitó su vista de la mía. No de mi vista ni de mi pierna de pollo, sino de mi pierna. Sin duda se ha fijado en mí. Por fin está dando resultado la campaña.

 Domingo 16. ¡Viento en popa! Hoy me ha invitado a comer a su mesa. No puede hacerlo con frecuencia por el qué dirán y porque la etiqueta exige que invite también a los pasajeros de primera clase. Éramos seis a la mesa: él, dos oficiales, un cura, yo y una dama jamona que sólo iba por la comida; ella se sentó a la derecha del capitán y yo a la izquierda. Pronto establecimos contacto de rodillas.


Martes 18. ¡Ay, San Judas, qué noche! Yo estaba en cubierta, mirando el reflejo de la luna en el mar y después el bigote castaño del capitán. Y pensaba: ¿qué me irá a decir este hombre? Curiosamente, no dijo nada. Se limitó a actuar.

Jueves 20. ¡Qué lentos pasan los días! Y luego escalas en tantas islas llenas de plátanos y palmeras. Hoy en la tarde, tras zarpar de la Martinica (o la Dominica o la Federica o algo así) el capitán me invitó a tomar un coctel en el camarote. Lo llamó un “tentempié”, pero creo que lo que deseaba no era tenerme de pie, sino lo contrario. A ver qué pasa, pues fui muy ilusionada, y resultó que el convite era para mañana… No tiene mucha prisa.


Sábado 22. Giorgio (así se llama) me declaró su amor. Con furores más propios de marino corzo que de capitán florentino, me dijo que lo vuelvo loco, que va por todo. Yo no, claro, no al menos aún. Besos y más besos, pero puse el alto: no quiero que se haga de mí, dama de familia, una idea errada. Eso no.

Lunes 24. Giorgio dice que no puede más y que me espera en su camarote. Como es natural, me resisto, pero hoy, en un arrebato, me dijo que si me sigo resistiendo en- cenderá la mecha y volará el barco con todo y pasajeros. Ese truco no me lo sabía. ¡Y es que estos capitanes italianos de barco son algo serio!

Miércoles 26. Por dos días he huido de él, que me acosa con rabiosa insistencia en busca del sí o del no. A toda hora me repite la amenaza de volar el barco. Éste es un compromiso muy grande para mí, Viviana Topacio. ¿Qué haré, Dios mío?

Viernes 28. Salvé un barco que viaja por el Caribe y, así, la vida de muchos oficiales y pasajeros. ¡Y nadie lo sabe! Si lo supieran, vendrían a besarme la mano… Pero prefiero que no lo sepan, pues podría haber un ataque de histeria, pero me da un no sé qué ver pasar a todos como si nada. Muchos señores, es verdad, me miran con picardía, pero sin tener idea de que me deben la vida. ¡Santa Madonna! Ahí viene el capitán. Sonríe diabólicamente y trae una mecha en la mano. Creo que otra vez tendré que salvar el barco.

**** *

Aquí, a la altura de Jamaica, se interrumpe el diario de Viviana Topacio. Lo único que sabemos es que el navío, pasajeros y tripulantes llegaron a Miami ocho días después, sanos y salvos, sin que se hubiera ocurrido ninguna tragedia desgracia a bordo, a pesar de las siniestras intenciones del capitán Giorgio Filippo Mortadelli.

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