Macarena Huicochea

El “hippismo” fue –y para muchos sigue siendo– un movimiento contracultural emblemático de una generación que tuvo su clímax en la década de 1960. Aunque son muy conocidas sus expresiones en Estados Unidos, tuvo seguidores en varios países europeos y, por supuesto, en México y en el resto de América Latina. Aunque fueron muchos los factores históricos y sociales que coincidieron para originar el movimiento, destacan entre ellos la guerra de Vietnam, el “Mayo francés” de 1968, los movimientos internacionales por la libertad de expresión y una creciente oposición popular a las tradiciones más conservadoras y las políticas autoritarias de la época. En el contexto mundial, miles de universitarios usaron como bandera pensamientos liberales, retomando antiguas ideas anarquistas y pacifistas, y se opusieron a las reglas de las sociedades capitalistas defensoras del american way of life y de la incipiente globalización.

Ricardo García López, en su artículo “Contracultura y anarquismo, de los hippies a los indignados”, publicado en la electrónica revistareplicante, afirma que “la idea de la contracultura (…) ha servido para denominar a toda expresión que surge como ‘alternativa’ a la cultura dominante y hegemónica y que contraviene los valores de ésta”, aunque hay quienes –para referirse a manifestaciones similares– utilizan el concepto de cultura underground.

Y agrega: “(…) Y es precisamente el antagonismo hacia la cultura dominante lo que fomenta su creatividad y hasta su subsistencia, es decir, que si llegara a carecer de esta condición antitética frente a la cultura dominante estaríamos hablando simplemente de subcultura. Por ello es necesario desligar a la subcultura de la contracultura, ya que ésta lo que intenta romper es precisamente la relación de dominador/subalterno.” Cierto es que, de manera cíclica, a lo largo de la historia han existido movimientos contraculturales que intentaron cambiar la manera dominante de ver la vida.

Los primeros antecedentes se hallan, tras la consolidación de la Revolución Industrial a finales del siglo XIX, en el romanticismo, la bohemia y el anarquismo. Ya para el siglo XX, tras la Primera Guerra Mundial, surgen los movimientos hípsters y beats, a los que se consideran precursores del “hippismo”. El escritor Jack Kerouac, una de las voces de la generación Beat, define: “Fue una visión que tuvimos John Clellon Holmes y yo y Allen Ginsberg de un modo más salvaje, a fines de los cuarenta, de una generación de locos, iluminados hipsters apareciendo de repente y vagando por América, serios y ‘haciendo dedo’ en todas partes, sucios, beatíficos, lindos y con un desagradable y gracioso nuevo modo beat: voz salida del modo en que oíamos decir beat en las esquinas de Times Square o del Village de Nueva York y en otras ciudades, en las noches céntricas de la posguerra.

“Significa bajo y excluido, pero lleno de intensa convicción. Nosotros oímos, incluso a los viejos padres hípsters callejeros de 1930 utilizar la palabra de ese modo, con sarcástica melancolía. Nunca significó delincuentes juveniles; significó personajes de una espiritualidad especial que no formaban pandillas, sino que eran solitarios, instalados del otro lado del muerto ventanal de nuestra civilización.”

Hípster se deriva del vocablo inglés hip o “de moda, actual o popular”. En los años cuarenta, los jazzistas usaban la palabra para referirse a cualquier persona que conociera lo suficiente de jazz y de la subcultura afroamericana. Paul Douglas Lopes, en su libro Rise of a Jazz Art World, asegura: “Cuando los hipsters se volvieron mayores, inventaron el entonces peyorativo hippy, para referirse a los jóvenes hipsters, el afluente de la generación baby boomer. Bajo el apelativo hippie, el nombre fue entonces aceptado como la identidad cultural.”

 

LA GUERRA DE VIETNAM

Sin duda, ningún movimiento social o cultural surge del vacío y todo ello contribuyó a la aparición del “hippismo” y es importante señalar que muchas de sus propuestas e ideas se nutrieron de luchas y demandas sociales de movimientos anteriores a favor de los derechos civiles. En este contexto, la guerra de Vietnam y sus atrocidades dieron origen a masivas protesta antibelicistas de hijos y  familias de excombatientes que no sólo regresaban derrotados (por primera vez) de una guerra, sino también muchos de ellos disminuidos en lo físico, con trastornos psicológicos irreversibles o enganchados a las drogas. No resultó extraño que los de hippies llamaran a dejar el trabajo en la industria bélica y a renunciar al consumismo y a todo lo que implicara sostener un sistema político y social depredador y autodestructivo.

Esta generación anhelaba la paz y pretendía construir la utopía de vivir en comunidades de autoconsumo que les permitieran recuperar el contacto con la naturaleza, alejarse de productos  industrializados y de las instituciones fallidas, entre las que también estaba la familia. Se rebelaban contra una sociedad conservadora y consumista a la que era necesario confrontar mediante una actitud contestataria y de ruptura con los paradigmas que el Estado y las corporaciones imponían a las mayorías. Para oponerse al status quo proponían la creación de comunas organizadas de manera libre y sin jerarquías, en total contacto con el principal medio de producción: la tierra, y con la recuperación de la capacidad de sembrar y cosechar su propio alimento y regresar al contacto con la naturaleza.

Muchos de estos movimientos fueron considerados no solamente utópicos, sino también peligrosos para el orden establecido, por lo que primero se les marginó, después se les persiguió y, al final, con la astucia de cualquier Estado totalitario, se encontró la manera de diluir su fuerza fomentando en la sociedad un rechazo a estos representantes del “caos”, “los excesos”, “la drogadicción” y una “sexualidad desenfrenada”.

Lo irónico fue que la estrategia más perversa del sistema terminó por convertir una propuesta contracultural en una subcultura de consumo y, luego, en una moda. En nuestra memoria colectiva aún permanecen íconos como Janis Joplin, Led Zeppelin, Pink Floyd, Jim Morrison, The Who, The Beatles, Yoko Ono y John Lennon. También The Rolling Stones, Jimi Hendrix, Bob Dylan y Cher, por citar a los más representativos de la música de la época.

 LOS “JIPITECAS” MEXICANOS

En la década de 1960, México también formó parte de estos afanes libertarios que, en nuestro país, se mezclaron con una reivindicación del indigenismo, por lo que aquí se les denominó “jipitecas” o “xipitecas”. Estos jóvenes revaloraron la vestimenta indígena (y su simbolismo), usando prendas milenarias como el huipil, el rebozo, el jorongo, los sarapes; además de dedicarse al oficio de artesano. Alrededor de 1967, los hippies mexicanos solían reunirse en el Parque Hundido de la Ciudad de México, donde hacían yoga, practicaban el vegetarianismo e intercambiaban ideas filosóficas orientales y alucinógenos.

Muchos de ellos se asentaron en comunas rurales del valle de Oaxaca, en Uruapan y en Tepoztlán. Además de la música del movimiento norteamericano, como parte de su propuesta oían a grupos locales vinculados al rescate del pasado prehispánico como Náhuatl, Coatlícue, Los Yaqui, Ritual o Chac Mool… Pero no sólo hablemos en tiempo pasado En el diario La Nación, apenas en octubre de 2014, Teresa Sofía Buscaglia, en su artículo “Los neohippies: la nueva generación que retoma un sueño”, afirma: En los últimos años una nueva generación de ‘inmigrantes’ llegó a esas tierras en busca de armonía, seguridad, contacto con la naturaleza y con la idea de retomar algunos valores productivos, económicos y espirituales de quienes los precedieron en ese ‘sueño’ de los sesenta.” Y es cierto que, últimamente, hay un buen número de jóvenes que están retomando este tipo de vida y visten, actúan y se proponen reconstruir los ideales del “hippismo”, viviendo en comunas, apropiándose y revalorando la cosmovisión indígena y optando por una vida vinculada con el chamanismo, la alimentación vegana y el regreso a la naturaleza.

Estos neohippies no tienen miedo a abandonar los paradigmas de la seguridad laboral y están viviendo en contacto con la naturaleza en comunidades como Tulum, Mahahual y Bacalar, por citar algunos lugares del estado de Quintana Roo. Para nadie es sorpresivo que las estructuras tradicionales están nuevamente en crisis y que se desmoronan lentamente sobre millones de ciudadanos que ven convertirse sus ideales de libertad, convivencia y autosuficiencia en un sueño imposible y tal vez es de allí que se requiera de nuevas utopías para reestructurar, deconstruir y transformar una realidad cada vez mas lejana de la naturaleza y de los elementos esenciales para una vida realmente humana y digna. Los “hippis” siguen vivos.

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