> ÓSCAR GONZÁLEZ ORTIZ

De los muchas veces llamados cuatro grandes poetas del siglo XX en Latinoamérica, quizá ninguno más que César Vallejo se parezca tanto a su propia obra, que de seguro, por ello es tenido por muchos como “el más grande”, a pesar de que la clasificación de la cuarteta en la cima de la lírica del subcontinente sea ya de por sí bastante arbitraria y poco aceptable e inclusiva. Ahí están, aparte de él, dos premios nobel: el chileno Pablo Neruda y el mexicano Octavio Paz, además de

Vicente Huidobro, pero sirva esta popular y poco escrupulosa clasificación para entender mejor al peruano. Vicente Huidobro nació en el seno de una familia acomodada de políticos y banqueros, incluso con toques de nobleza, fue inicialmente educado por jesuitas, aunque luego renegara de ellos y por ello cayera de la gracia familiar, aunque el “mundo” que le permitiera el contacto temprano con los más relevantes artistas de las vanguardias la época le aseguraba su cosmopolitismo. En ese ámbito, inventó el ambicioso y acaso sólo por él logrado “creacionismo”, aventura idiomática a la altura de los “ismos” internacionales.

Pablo Neruda nació en una familia obrera y ello generó que siempre estuviera presente en su vida y obra el interés por el proletariado y las causas del socialismo internacional, manteniendo relaciones con muchos ideólogos y pensadores marxistas a lo largo de su vida, en la que abrazó diversos cargos políticos y que pronto se convirtió en una existencia de éxito y fama mundial.

Octavio Paz nació en el seno de una familia de militares encumbrados en las guerras civiles mexicanas y, aunque sufrió algunos vaivenes derivados de la carrera militar de su padre y su abuelo, tuvo una existencia dedicada a la lectura, el estudio, y la diplomacia, no ajena a posturas políticas que le llevaron, en su momento, a la renuncia al cargo de embajador en India.

César Vallejo, en contraste, tuvo una vida de habituales carencias y si bien fue reconocido por los artistas y literatos más influyentes de su época, vivió acosado por amores malogrados, la pobreza, su precaria salud y todas las penurias imaginables, lo que se refleja en su obra, amén de una evolución con etapas muy marcadas, desde el modernismo de filiación católica hasta una poesía identificada con el realismo socialista, sin olvidar el indigenismo, pasando por una fase vanguardista, corriente –o conjunto de corrientes– de la cual fue uno de los pioneros en el idioma y por supuesto entre los autores de América Latina.

De cuna mestiza (sus abuelas fueron indígenas y sus abuelos gallegos), en una época en la que los prejuicios raciales de las ex colonias americanas eran bastante fuertes, Vallejo nació en Santiago de Chuco, en Perú, el 16 de marzo de 1892. Cursó las enseñanzas primaria y secundaria en escuelas locales, para luego ingresar a la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Trujillo, que tuvo que suspender por carencias económicas.

En su infancia y juventud, su familia intentó abocarlo al catolicismo con el afán de que se convirtiera en sacerdote, una de las pocas maneras de superar la pobreza que existía entonces, y Vallejo acogió con gran pasión este impulso, lo cual es notable en sus primeros poemas, que si bien se identificaban con el modernismo del poeta de Metapa Rubén Darío, mostraban cierto uso de un idioma menos común y con menos oropel que el del gran nicaragüense, a quien admiraba.

Su primer poemario, Los heraldos negros, contiene elementos métricos y rimas totalmente modernas, pero mucho más cercanas a las preocupaciones humanas –o populares– que definirían a casi toda su obra. Desde la década de 1910, debido a su trabajo como ayudante de su padre en el gobierno local, se acercó y conoció las carencias y penas de los mineros y los peones indios de una hacienda azucarera en la que laboró.

En “Los heraldos negros”, poema homónimo de su primera colección –acaso el más famoso de Vallejo–, el sentimiento religioso en contacto con el penar de los pobres y desposeídos se desgrana en versos formalmente modernos, aunque ya sea patente una transmutación idiomática que lo caracterizaría cada vez más:

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.

La religiosidad teñida de preocupación social es expresa, la pertenencia al modernismo se nota en su lejanía de las academias del siglo precedente y la evolución idiomática –revolución en ciernes– se nota sobre todo en detalles, como prescindir de los signos de admiración de apertura, el uso arbitrario de mayúsculas y minúsculas y los signos de puntuación.

Hay también varios poemas bien ceñidos a la rima y la métrica modernas con los que quizá Vallejo, sabedor de la brecha que abría entre su escritura y los gustos de los lectores, se trata de mantener un poco más cerca de la poesía de fines del siglo XIX y principios del XX, como “Deshojación sagrada”, que ya muestra el lenguaje vallejiano, aunque con versos endecasílabos rimados:

Luna! Corona de una testa inmensa que te vas deshojando en sombras gualdas! Roja corona de un Jesús que piensa trágicamente dulce de esmeraldas!

Luna! Alocado corazón celeste ¿por qué bogas así, dentro la copa llena de vino azul, hacia el oeste, cual derrotada y dolorida popa?

Luna! Y a fuerza de volar en vano, te holocaustas en ópalos dispersos: tú eres tal vez mi corazón gitano que vaga en el azul llorando versos!

Aunque el lenguaje no es críptico, el verbo “holocaustar” podría sentirse muy cómodo en Poemas humanos de finales de la década de los treinta. Aunque el título del poemario no es de él, sino probablemente de su esposa Georgette Philippart –el último y menos efímero de sus muchos y frustrados amores– y Vallejo nunca lo vio publicado, contiene lo mejor de su etapa vanguardista. El autor ya tenía tiempo de vivir entre Francia y España, seguía publicando ensayos y textos críticos en Perú, pero escribiendo a distancia, pues nunca regresó a su patria.

La tercera etapa de Vallejo es la revolucionaria, ya que profundizó sus estudios del marxismo y literatura relacionada, y realizó tres viajes a Rusia, vinculándose con casi todos los movimientos socialistas de Europa. España, desde la Primera República proclamada en 1931 y que fue extirpada brutalmente por el dictador Francisco Franco, se convirtió en fuente de inspiración y proclama social más importante en sus últimos años.

El poemario España, aparta de mí este cáliz es la expresión más elevada del ideario político del peruano que en 1938 ya testificaba, así fuera a la distancia, las primeras atrocidades de las fuerzas nacionalistas de Francisco Franco que se alzaba contra la joven Segunda República y, en general, contra toda la intelligentsia de la península, que a la larga terminaría en una diáspora que transformaría a la cultura latinoamericana.

En el poemario, priman lo crudo y descarnado de los embates franquistas sobre la originalidad y complejidad del lenguaje de los poemas previos, no perdiendo por ello nada de expresividad dentro de la frialdad del realismo socialista: se trata de la expresión más emotiva y apasionada de la lucha política y social, y de la guerra libertaria, como en “Himno a los voluntarios de España”.

Voluntario de España, miliciano de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón, cuando marcha a matar con su agonía mundial, no sé verdaderamente qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo, lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo a mi pecho que acabe, al bien, que venga, y quiero desgraciarme; descúbrome la frente impersonal hasta tocar el vaso de la sangre, me detengo, detienen mi tamaño esas famosas formas de arquitecto con las que se honra el animal que me honra; refluyen mis instintos a sus sogas, humea ante la tumba la alegría y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame, solo, cuadrumano, más acá, mucho más lejos, al no caber entre mis manos tu largo rato extático, quiebro contra tu rapidez de doble filo mi pequeñez en traje de grandeza! (…)

No sin razón se ha criticado mucho al realismo socialista, pero, así como Sergei Einsenstein logró transmitir alta poética cinematográfica en sus películas, acaso por la fotografía, tal vez por las realizaciones épicas o algo que va mucho más allá, Vallejo al final de su vida consiguió lo que muy pocos poetas: escribir versos programáticos, propagandísticos –la causa no importa– con excepcional belleza poética.

Si hay que cometer la injusticia de nombrar a sólo cuatro grandes poetas latinoamericanos, el nombre de César Vallejo no puede estar ausente.

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