> MACARENA HUICOCHEA

Aunque estas líneas lo intentan, no puedo explicar de manera cabal mi fascinación por la vida y la obra de uno de los hombres que la historia, hasta ahora, no ha sabido reconocer tal como se merece: Giordano Bruno, quien fuera un destacado astrónomo, filósofo, teólogo y poeta italiano al cual la “Santa Inquisición” condenó a la hoguera por osar poner en duda las afirmaciones dogmáticas de la Iglesia Católica, la que vio en él un peligro.

Giordano Nació en Nola (1548), pueblo cerca de Nápoles, en Italia –por ello también se le conoce como “el nolano”– y desde muy joven mostró una inteligencia precoz y un carácter determinado que a los catorce años lo llevó a realizar sus primeros estudios en un monasterio agustino; a los 17, en el Monasterio de Santo Domingo; a los 24, se convirtió en sacerdote, y, alrededor de los 28 años, recibió el título de doctor en Teología.

Sin embargo, su pasión por la ciencia y por la cosmología copernicana lo llevó a contradecir las creencias religiosas de la época y a ganarse la enemistad de maestros y eclesiásticos, quienes lo acusaron de herejía, por lo que tuvo que huir y renunciar a su condición de clérigo. Fue así cómo se convirtió en profesor ambulante e impartió cátedra en universidades de Ginebra, en Oxford y en la Sorbona, de las que terminó siendo expulsado por oponerse, otra vez, al credo establecido y por afirmar ideas contrarias a los dogmas, como que existen múltiples sistemas solares y que el Universo es infinito. Su postura lo convirtió en un marginado y fue expulsado, en distintas épocas de su vida, de Italia, Francia, Inglaterra y Suiza.

Alternaba sus estudios sobre astronomía y física con los de letras y las diversas tradiciones herméticas, lo que lo llevó a descubrir el Ars Magna o el arte de la memoria, de Raimundo Lulio, y la Cábala cristiana, de Pico de la Mirándola…

Fue así como comenzó a concebir la idea de que era necesaria una revolución de la mente y que, a través de la imaginación, los símbolos y el lenguaje podrían desarrollarse herramientas “mágicas” para vincular el mundo humano con el divino, con el fin de materializar el espíritu y espiritualizar la materia… Giordano se convierte en “un mago” que busca descifrar la escritura secreta del Universo y el verbo con el que Dios insufla su aliento en la creación.

“El nolano” intenta demostrar que la “imagen y semejanza” con la divinidad proceden de la capacidad de nombrar el mundo y darle existencia a través de la palabra, e invita a sus contemporáneos a reconocer que el ser humano es “un espejo viviente del Universo”. Asegura, además: “El hombre es aquello a lo que mira, aquello a lo que aloja y puede ser capaz de ver todas las cosas, porque él mismo ya es todas las cosas.”

Bruno asegura que la palabra y el lenguaje crean nuestra realidad y advierte de los riesgos de permitir que esta escritura “sagrada” se distorsione, empañando lo que en realidad somos: “una vasija-espejo en la que reverbera la luz de lo divino, con ritmos y arabescos musicales”.

Giordano fue perseguido y encarcelado por sugerir que el hombre puede aspirar a convertirse en un mago o alquimista capaz de dialogar con el espíritu del mundo y de la creación, y transformar la realidad a través de la palabra y los símbolos, convirtiendo su mente en una gran ventana dispuesta a abrirse a todas las manifestaciones de la existencia.

El lenguaje y la razón, para él, son cual red sumergida en el agua: incapaz de atrapar el océano y, sin embargo, su arte de la memoria es una invitación a explorar la riqueza polisémica de la poesía, que convierte a la red del lenguaje en la respiración del viento que se agita y hace latir las aguas para re-velar el “hálito” divino presente en todo… e imposible de atrapar.

Para Bruno, la palabra, la mente y la memoria apenas son un espectro, un efímero resplandor en medio de la oscuridad y la nada de la existencia; un hueco por el cual un fragmento del cosmos asoma brevemente y luego escapa.

Para conocer la obra de Giordano Bruno, se recomienda leer Mundo, magia y memoria (Taurus 1973), de Ignacio Gómez de Liaño. En el libro, no sólo se recopilan tres obras cimeras básicas de “el nolano”, sino también logra introducirnos en la monumental y ambiciosa tarea de comprender que la creación es concebida por Giordano como un poema-partitura infinito, en el que Dios escribe los sonidos consonantes y los seres humanos podemos descubrir los secretos del Universo al reconocernos como las infinitas combinaciones posibles de vocales “El hombre es habitación vacía donde danzan legiones de espíritus y demonios que deben ser nombrados y reconocidos en sus múltiples metamorfosis, porque el hombre es un mago en potencia que, a través de la palabra, ‘infunde espíritu’ a la materia y la libera, con el fin de lograr que toda la creación pueda encarnar el verbo.”

 El filósofo y escritor, uno de los gestores Renacimiento, nos invita a imaginar y recrear el mundo, pero libre de definiciones que lo disfrazan o convierten en espectro o demonio, y hacer del pensamiento un espacio en constante danza, donde las ideas no permanezcan encarceladas e inmóviles, para poder comprender que el mundo es y será eternamente un poema que la divinidad no deja de escribir.

Si el lenguaje es medio y puente para acercarse a lo divino, el poeta será el mago del que habla Giordano: aquel capaz de reconocer que la palabra no puede apresar lo sagrado ni lo divino, pero sí incitarlos a manifestarse; a dar significado a las cosas y los actos. Sirva este texto como una invitación (o provocación) para conocer y reconocer el valor de un hombre que, al escuchar la sentencia que lo condenaba vivo en la hoguera, dijo a sus jueces: “Maiori forsan cum timore sententiam in me fertis quam ego accipiam” o “Quizá vosotros, que pronunciáis mi sentencia, tengáis más miedo que yo, que la recibo.”

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