La censura de cualquier pensamiento diferente, de cualquier opinión divergente, es una larga práctica aplicada en mi país. Ocurrió con la marginación de religiosos y homosexuales, ocurrió férreamente en los años setenta, aquel decenio negro de la cultura y el pensamiento cubanos, y, en lo esencial, no ha cambiado. Yo mismo soy víctima —y no quiero victimizarme, pero es la palabra justa— de tales políticas. Si no hubiera tenido editores y productores fuera de Cuba, una parte de mi trabajo no se hubiera difundido, incluso es posible que ni siquiera se hubiera realizado, o seguramente no lo habría realizado del modo en que lo he hecho, con la libertad con que lo he hecho.

El control y la censura del pensamiento y la obra de muchas personas en Cuba es una realidad incontestable, que se ha arreciado en los últimos tiempos, como resultado de las inconformidades que han ido creciendo hacia territorios políticos y que, por diversas circunstancias que en los últimos tiempos han hecho crisis, han salido a flote. Censurar (o condenar incluso) la libertad de pensamiento y creación, la ejecución de ese libre albedrío que debemos tener como especie, como seres sociales, es una violación de un derecho fundamental en cualquier sociedad en que se produzca.

Negar la diversidad de criterios, impedir la circulación de la opinión diferente más que un signo de fortaleza es una muestra de debilidad. Y reprimirla con todas las armas del poder, un acto de abierta y muy lamentable prepotencia.

Me resulta vergonzoso, como ciudadano cubano, que unos compatriotas, compulsados incluso por sus convicciones —que pueden ser también muy respetables— se presten para protagonizar esos eventos contra otros compatriotas porque piensen diferente, porque aspiren a una sociedad diferente. Da igual que el acto de repudio se produzca en Miami o en La Habana: su propósito es el mismo, la intimidación del otro, de los otros. Manifestaciones así son contrarias a cualquier humanismo, del signo ideológico y de la postura política que sea.

Como el hombre libre que siempre he aspirado a ser, que pretendo ser, que creo ser —y con esa aspiración, pretensión, creencia he desarrollado mi trabajo como escritor, pues no soy otra cosa que un escritor y, por supuesto, un ciudadano y un ser pensante—, como autor de una novela (Herejes) que se propone ser un canto a la libertad de opción del individuo en cualquier sociedad y tiempo, no puedo comulgar con métodos y políticas que coarten o repriman, con los recursos que sean, lo que ha sido una de las más entrañables aspiraciones humanas: la libertad plena del hombre.

Share.

About Author

Comments are closed.