A Emilia, al doctor Ignacio Cervantes y
al escritor Luis F. Redondo por
las historias compartidas
y los días felices del otoño de 2021.

NACHO
No, Nacho, jamás te has sentido un tipo exitoso. Exitoso el Guayabo, que empezó a los diecisiete
años llenando las guías en carga de Mexicana de Aviación, estudiaba Topografía porque alguien
le había dicho que tenía el mal del pinto y él, crédulo, pensó en una profesión que lo mantuviera
escondido, lejos de la civilización, quería irse a la montaña. Pero claro, luego conoció a una chica
simpática y bailadora —de esas que tanto te gustan, Nacho, de las que traen la música tatuada
en el alma y les gusta cantar— y se le olvidó lo del mal del pinto, encarrilado se quedó en la
compañía aeronáutica y hasta llegó a ser director.


Pero tú no, Nacho, después de que te rehusaste a seguir aplicando los electroshocks y
condenaste las lobotomías en el hospital “Dr. Rafael Lavista”, después de que decidiste ir con
los padres de aquella paciente inglesa a rogarles que impidieran que le vaciaran el cerebro, a
decirles que de nada servían esas prácticas, ellos fueron a quejarse de ti y de los otros a los que
alebrestaste y no tuviste otro remedio que renunciar a las grandes ligas. No es lo mismo volar
que estar volado; una línea aérea, que un psiquiátrico. Los riesgos son otros, y tú, Nacho, después
de haber estado ahí tantos años, sabiendo que entre la cordura y la locura puede solo existir un
diagnóstico malintencionado, no querrías quedarte ahí para siempre.


No, nunca te has sentido un hombre exitoso, pero el éxito vale para nada. Ahora que han
pasado los años y sabes que el Guayabo a sus sesenta y pocos —después de que vendieron la
aerolínea y liquidaron a todos los señorones que llevaban trabajando ahí más de cincuenta años—
murió enfermo de cáncer. Te miras al espejo y te dices “Life´s Good.” Te reconoces como un
triunfador, un sobreviviente. Aún te das el lujo de levantarte tarde, comer fuera todos los días
y gozar cuando esa joven mesera, con la que tanto te gusta bromear, te atiende.

Te das el lujo de pasearte por las librerías, linterna en mano —la iluminación de las librerías no te ayuda—
dispuesto a concederte cualquier capricho, pues tu pensión da para que sigas comprando libros.
Por si fuera poco, aún tienes propósitos y el próximo es viajar.


Ahora tienes la certeza, Nacho, de que el día en que te toque llegar a la meta lo harás
triunfante, porque los electroshocks y las lobotomías son cosa del pasado y tú estabas en lo cierto.
La llegada de los antipsicóticos te dio la razón, te hizo descansar. Tienes la conciencia tranquila,
duermes bien, y tienes tus placeres de hombre retirado. Cada vez que entras en tu cocina, miras
en tu refrigerador las siglas “LG” y sonriente asientes. También cuando prendes el televisor. A tus
setenta y muchos, has sabido mantener tu mente al tiro y hasta te has iniciado en el Facebook.


¡Quién te iba a decir que Teresa te contactaría! Y ahora, no piensas en otra cosa que ir a Montiel.
Sí. Ya sabes que de esas lides estás también retirado, pero vale la pena ir tan lejos por la ilusión
que te hace verla bailar. Ahora sí, Nacho, no solo estás volado, estás en el aeropuerto a punto de
volar. ¡Si te viera el Guayabo!


Ya cruzaste el Atlántico. Estás en Madrid. Desde el andén, en Atocha, la ves subir al tren sin
más equipaje que una bolsa al hombro. ¡Ay, Nacho!, la viste porque es joven y bonita, y aunque
el doctor te dijo después de tu cáncer de próstata que ya no, que ahora sí estabas por completo
jubilado, a ti te gusta la belleza. Y ¿qué te impide verla? Te llena de vida. Uno nunca deja de soñar,
¿verdad? Y, para tu suerte, la chica, que debe andar por los treinta y pocos y podría ser tu hija —
más bien tu nieta—, se sube al mismo vagón y se sienta frente a ti.


No te ve. No te ve porque va inmersa en otro espacio, en otro momento. Revisa su celular
constantemente y se pierde mirando por la ventana, pensativa, llorosa. “¿Vas a Valdepeñas?”,
le preguntas. Dulce, amable, casi contenta —aunque eso sería imposible en este momento— te
dice que no sabe, que tomó ese tren porque era el que estaba por salir y tenía que alejarse: huir.
Tú sabes muy bien que no ha robado nada, que no huye de la justicia sino del amor, pero, aun
así, se lo preguntas para que expulse sus pensamientos; tienes experiencia en eso y lo logras:
la ves sonreír. ¡Ay, Nacho!, ¡cómo te gusta lo hermoso! “Yo voy a Montiel”, le dices, “a ver a una
chica”. Ella te regala otra sonrisa. Te confiesa que ella se aleja de un hombre y quiere saber a
qué más puede ir alguien a Montiel, como queriendo ir allá a buscar su destino. “A comer bien”,
le dices, “porque Teresa, esa chica a la que voy a buscar, trabaja en un restaurante llamado
Kurrirri y dice que no hay mejor lugar para comer en toda La Mancha”. Ella voltea nuevamente
a la ventana constatando la velocidad a la que se aleja. “Si no tomaba este tren, iba a volver
con él”, te dice. “¿De dónde eres? ¿Te puedo tutear?” Y tú le dices que of course, que te llamas
Nacho y eres mexicano.

Ella es Consuelo y no tarda en decirte que Dios te ha puesto en su camino para que vea cómo
alguien que tiene interés es capaz de cruzar el océano. El hombre que ha dejado atrás no puede
ni devolverle un “te quiero” y cuando ella se lo hizo notar y, apelando a su honestidad, le dijo que
si no sentía por ella lo mismo dejara de buscarla, él optó por decirle que justo estaba a punto de
ir a buscarla, pero que su mensaje le cayó como un balde de agua y que, si esa era su decisión, le
deseaba que fuera feliz.


“Mándalo a la chingada”, le dices sin filtros.
“Yo solo quería que me confirmara que me quería, jamás pensé que optaría por no buscarme”,
dice entre llorona y risueña por tu comentario.
Entras en confianza y le pides que te acompañe. Se lo dices sin maldad, sabiendo que estás
jubilado, apreciando lo hermoso y queriendo procurarle otra sonrisa. Ella, sabiéndose incapaz de
tomar mejores decisiones, acepta cuando le aclaras: “No pienses mal, si te lo pido es porque no
hay transporte que llegue de Valdepeñas a Montiel y yo con esta vista que tengo ya no puedo
manejar. La verdad que me caes del cielo. Llegando, podemos rentar un auto si tú sabes manejar.”

CONSUELO


Y ahí vas, Consuelo, con un desconocido que te duplica la edad a un lugar de cuyo nombre
alguien, en algún momento, no quiso acordarse. Ahí vas para alejarte de tus propias intenciones, de tus ganas de buscar a Eduardo, de llamarlo, de decirle que está bien, que lo aceptas así, tal como es, con sus limitados horarios, con sus inexistentes muestras de afecto, con sus depresiones y sus culpas, con sus conflictos existenciales y sus complejos. Que lo aceptas así porque… no sabes en realidad por qué.


Hiciste bien en subirte en ese tren, en aceptar conducir hasta Montiel. Este hombre te hace
reír. A sus setenta y algo —eso le calculas— está tan lleno de vida que te parece ya distante ese
sitio oscuro del que acabas de salir. Te gusta conducir en línea recta, entre esa llanura y su paisaje
plano sembrado de olivos, pistachos, trigo y cebada. El viejo va mirando por la ventana, entusiasmado, con gestos de niño. Y hasta sientes que te contagia su alegría.


“Si el Quijote no hubiera tenido esa imaginación desmedida, andar por estas tierras habría sido aburridísimo”, te dice riendo, y luego hace un ademán soñador y alude a Dulcinea:
“¡Ah! Dulcinea.”

Aunque él no es de ahí, sabe que esos edificios que se ven a lo lejos son silos y los construyeron en la época de Franco. Sabe que los viñedos, a diferencia de los que él ha visto antes, ahí crecen tendidos en el suelo y recogen las uvas a mano.


Llegando a Montiel, te dice que parece un pueblo fantasma. No hay un alma en la calle y él,
que vive en Cancún, se asombra de su pulcritud, de la perfección de sus calles bien asfaltadas, de
las casas tan bien pintadas. Dice que ahí sí que vale la pena pagar impuestos.
Aparcas frente al Kurriri. No tiene un letrero que indique que ahí es tu destino, pero el navegador de tu móvil asegura que lo es. Se bajan y entran por un portón abierto a un patio. Ahí
conoces a Luis, quien deja unas cajas de vino en el suelo y se acerca a ustedes.
—Tú debes ser Nacho, ¿verdad?
—Of course —dice el jovenzuelo septuagenario en un abrazo festivo.
—Bienvenidos, vaya viaje que habéis hecho para venir.
Luis te abraza a ti también. Con todo esto de la pandemia, ya habías olvidado, Consuelo, que
la gente se abraza.
—¡Teresa, que han llegado! —grita Luis.
Y una mujer muy blanca de cara sonriente y ojos un poco avergonzados se acerca para darles
otro abrazo.
—Ella es Consuelo, nos hemos conocido en el tren y se ha ofrecido a traerme. No sé qué
hubiera hecho sin su ayuda.
La cena transcurre de modo casi surrealista, te sirven una sepia y a Nacho una ensalada de
tomate con ventresca. Como si fueran conocidos de toda la vida, se miran e intercambian los
platos, tú prefieres la ensalada y él se entusiasma con la sepia. Ambos meten su tenedor en el
plato de Luis para probar el tataki de atún que está para chuparse los dedos. Luego llega Teresa.
Luis le ofrece su silla y dice que tiene que trabajar. Teresa parece nerviosa, no para de hablar,
cuenta que Luis, su hermano, acaba de terminar una novela titulada La mujer violonchelo y que
ese y todos sus libros son una especie de memoria que se ha dado a la tarea de implantar sobre
los habitantes de Montiel y las futuras generaciones: “Escribe esas cosas que nadie recuerda,
aprovecha nuestra débil memoria, nuestras lagunas e incertidumbre para construir algo mucho
más emocionante. Aunque él asegura que solo cuenta los hechos tal cual.”
Escuchas hablar a Teresa y observas a Nacho. Te parece ligero, como un Quijote con su
Dulcinea. Al frente, en el bar, un grupo grande de jóvenes (más jóvenes que tú) intercambian
banalidades y alcohol. Solo hay otra mesa ocupada, en ella un español y otro con pinta de
teutón hablan de vino y convierten su copa en el Universo entero. No era necesario que

Luis, siendo el dueño, se pusiera a atender a los comensales, pero Teresa dice que eso lo
hace porque así escucha sus historias y convierte a todos en personajes de esa ficción tan
verosímil que escribe sobre el Kurrirri. “¿Ven a esa que está ahí?”, dice apuntando a una
mujer que entra. “Es la chica violonchelo, se llama Sonia” y Nacho entonces comenta: “Dicen
por ahí entre escritores: ‘Escribimos lo que no podemos vivir’, y esos dos intercambian la
mirada de los que se pertenecen, a pesar del tiempo y las circunstancias.”
Y tú piensas en Eduardo, que por más que buscas su mirada no la encuentras. Nunca has
sentido esa energía recíproca; tú has sido un surtidor, alguien que provee, que ofrece, que entrega
sin recibir nada a cambio. A pesar del tiempo y las circunstancias, ustedes no se pertenecen.

TERESA


Si bien es cierto que Nacho nunca te ha gustado, el tiempo a su lado pasa volando, te hace sentir
bien, y hasta pareces recordar lo que es ser una adolescente.
—¿Sigues hipnotizando? —le preguntas.
Consuelo está distraída y nostálgica mirando a Luis y a Sonia, pero te escucha y se incorpora
interesada.
—Pero ¿tú sabes hipnotizar? —le pregunta.
—Of course —contesta orgulloso—, pero hace años que estoy retirado. Ya la psiquiatría ha
quedado en el pasado.
—¿Puedes intentarlo conmigo?
—Niña, pero ¿para qué quieres que te hipnoticen? —intervienes.
—No sé. ¿Se puede hacer que alguien deje de querer a otra persona?
—Bueno, pues esto de la hipnosis es algo…—intenta argumentar Nacho.
—Olvídalo, hija —interrumpes—, que a mí cuando lo conocí me prometió que, tras la hipnosis, dejaría de fumar; de pronto no sé cuánta cosa me hizo revivir, me vinieron unas visiones
profundas de mi pasado y cuando volví en mí, tuve unas ganas incontrolables de bailar. Yo, que
siempre había sido tímida, que jamás había logrado dar un paso en público de pronto quería bailar, me había quitado la vergüenza, como quien se deshace de un abrigo en pleno mes de agosto
—recuerdas divertida.
—Life is Good —dice Nacho y alza los brazos al cielo como agradeciendo aquel recuerdo maravilloso de ese viaje.

Cómo podrías haber olvidado aquel viaje a Israel en el que conociste a Nacho, el doctor
mexicano simpático, y tú sola, llena de vida, halagada con sus ocurrencias y sus comentarios,
ebria de la alegría que se destilaba en aquel tour de hispanohablantes, en el que la música
derrochó felicidad.
Después de la hipnosis, seguiste fumando, Teresa, pero esa noche, por primera vez en tu vida
no sentiste vergüenza de bailar, durante la cena, mientras la música jasídica animaba a la concurrencia y unos bailarines invitaban a los comensales a unirse a su danza, tú te animaste sin pensar, y durante todo el viaje seguiste bailando. Hiciste a Nacho responsable y lo convertiste en tu
pareja, aprendieron juntos esas danzas folclóricas que hacían en círculos después de las cenas, con
giros, con pequeños saltos, yendo a un lado y luego al otro. Bailaron juntos en el bus, en las plazas
que visitaron y por la calle cuando escuchaban la música israelí sonar. Tú y Nacho divertidos,
hasta el último momento en el aeropuerto, cuando su destino se bifurcaba, no pararon de bailar.
—¿Me puedes hipnotizar? —suplica Consuelo.
De pronto, la música te da la pauta, te diriges al equipo de sonido, subes el volumen y, ante la
mirada incómoda del teutón, con los aplausos de los jóvenes del bar, le haces a Nacho un ademán
para que se sume contigo a bailar.
—Of course!


LUIS


Con tal de que tu hermana y Nacho pasen un rato a solas, llevas a Consuelo a Villahermosa, a
casa de tu amiga Anabel. Hay un montón de niños que corren por la sala y les ofrecen un pan de
plátano sin azúcar y sin gluten. Consuelo te comenta en voz baja que sabe a la amargura de su
querido Eduardo, al que no se ha sacado de la cabeza ni un segundo, a pesar de la hipnosis que le
realizó Nacho. Y la ves que empieza a reír, a carcajearse hasta las lágrimas. Entonces tú ríes también, porque le has tenido que decir a las niñas y a la misma Anabel que su pan de plátano es muy
bueno, pero en complicidad con Consuelo no puedes parar de reír. Cuando salen de ahí prometes
compensarla en la cena, compensar la amargura de Eduardo y del pan de plátano con el mejor
platillo del Kurrirri: el queso frito. “¿A qué viene la gente a Montiel?”, te pregunta. Y tú le dices
que a nada, que no hay mucho que hacer en Montiel, y vuelven a reír. Pero tú sabes, Luis, van a
verte a ti, por eso has montado las Suites Trastámara (ese pequeño hotelito encima del restaurante), porque a Montiel van para convertirse en personajes de tu ficción, para salir de su realidad y

entrar en otra dimensión, en ese espacio donde todo es posible. “Yo te puedo enseñar algo mejor
que la hipnosis, algo que puede ayudarte a sentirte mejor”, le dices, y ella vuelve a reír. Lo único
que le ha producido la hipnosis es una risa imparable. Y modificando alguna frase de algún libro
le dices que, en un mundo caótico, construir historias paralelas es un acto de equilibrio al filo del
abismo. Y ya en tu mente, empiezas a pensar en esa historia paralela que vas a escribir sobre esta
chica y el tal Eduardo, un futuro en el que Eduardo reconocerá cuánto la quiere y su incapacidad
para hacerla feliz y, como el mayor acto de amor, la dejará marchar.

CONSUELO


Ahora te das cuenta, ese tren que tomaste te ha transportado a una historia paralela, un mundo
en el que las personas se abrazan, ríen, comparten la comida, disfrutan la música y bailan. Tenías
que verlo con tus propios ojos, tomar distancia para mirar de lejos aquel abismo en el que sueles
estar sumergida, ese que Eduardo suele llamar su agujero oscuro, y darte cuenta de que no es una
realidad definitiva. En tu vida existen Nacho y Teresa, Luis y Sonia, los jóvenes sonrientes del bar,
el teutón del vino. No, la hipnosis no ha logrado que lo dejes de querer, pero sí te ha hecho reír.
Te ha ayudado a ver que hay diferentes planos a los que puedes viajar si abordas un tren.

NACHO


“Te voy a contar una historia”, le dices a Consuelo antes de despedirte en la estación de Atocha.
“Hace muchos años, conocí a un hombre que me marcó, me parecía exitoso porque viajaba por
todo el mundo y tenía una familia ejemplar, pero en algún momento constaté que fuera de su
trabajo, no sabía disfrutar. Yo, en cambio, viví una realidad tan asoladora dentro de los hospitales
psiquiátricos que, para sobrevivir, tuve que desdoblar mi vida en muchas. Cuando salía del trabajo, me hacía feliz la libertad, saberme lúcido por la calle sin horario y sin rumbo, no tener un
plan, poder decidir. Solo así podía volver al día siguiente a trabajar.”
Consuelo te agradece y te dice que ha sido gracias a ti que en este viaje se ha dado cuenta
de que ella también puede desdoblar su vida. Saca su celular y te pide que le des tu número. En
él ves las siglas “LG”.

Entonces, los ojos se te llenan de lágrimas, porque viene a tu mente aquel día, el más desolador de todos, cuando entraste a trabajar en la casa de medio camino, años después de haber
perdido tu batalla en el hospital “Lavista” y reconociste en ese cuerpo autómata, que deambulaba
por los pasillos, a esa paciente por la que habías abogado, ya vacía de pensamientos, quien —desprovista de espíritu y en un único atisbo luminoso— al verte dijo una única vez: “Life’s Good.”
“Consuelo”, le dices, “¿sabes por qué mi teléfono, mi refrigerador, mi televisor, mi computadora son LG? Porque me repiten un mensaje que grabó en mi corazón alguien: “Life’s Good.”

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