Cuento de Mariel Turrent


Me desperté, como todos los días, a las cinco y cincuenta y cinco. Como todos los días, me aseguré
de pisar primero con el pie derecho y de levantarme una vez que he apoyado ambas extremidades. Me dirigí al baño a lavarme los dientes. Veinte cepilladas de cada lado, y veinte buches en
total para enjuagar. A pesar de que ese día no tenía que levantarme porque no iba a trabajar,
continué con mi rutina. Hacía ocho meses que me habían despedido, seguía sin entender por
qué. Como en el medio era yo bastante conocido y tenía buena reputación, había pensado que
me sería fácil colocarme nuevamente, pero después de ocho meses empezaba a darme cuenta
de lo que significaba la palabra discriminación y tercera edad. A los viejos nadie nos quiere, y eso
que en aquel entonces apenas tenía sesenta años. En esos ocho meses me habían ofrecido algunos puestos menores, sí, pero no estaba dispuesto a aceptar cualquier trabajo, debía cumplir por
completo con mis expectativas, estar a mi altura.
Mientras eso sucedía, me había entretenido en poner un poco de orden en mi vida. Clasifiqué todos los discos de mi extensa discoteca por estricto orden alfabético, por género, por año. Mi
ropa la separé dependiendo del uso que le daba, por color y por horas de uso. Me sentía contento
al pensar que ya empezaba a llevar el kilometraje de cada par de zapatos que usaba. Después,
empecé a ordenar todos los documentos que tenía y noté en la escritura de mi casa asentado un
total de metros cuadrados que me pareció excesivo. Como tenía que cuidar el dinero, no estaba
dispuesto a regalarle ni un peso a nadie, y menos al gobierno, que seguramente había estado
cobrando de más el predial durante varios años, debido a un descuido mío causado por las largas
jornadas de trabajo. Entonces, me puse a medir con una vieja cinta métrica la casa de esquina
a esquina. Haciendo cálculos, había llegado a la conclusión de que el fisco llevaba veinte años
cobrándome un predial por una propiedad siete metros más grande de lo que en realidad era, así
que empecé a hacer los trámites de regularización.
Esa mañana me dirigí por enésima vez al Catastro para preguntar cómo iba mi asunto y
cuándo estaría lista la corrección del dato. El edificio donde se encontraban las oficinas era
un estacionamiento de una construcción abandonada. Había que entrar por otro edificio de
locales que estaba a un costado y llegar hasta una especie de jardín interior que separaba a
ambos y cruzar por una escalera que descendía uniéndolos a manera de puente. Accedí por
ahí al viejo estacionamiento sumergido varios metros bajo el nivel del piso hasta topar de
frente con la puerta de entrada a la oficina municipal, encajada en un medio vuelo. Cada vez
que llegaba a ese sitio, pensaba en el absurdo, mientras mi vista gozaba de la exuberancia
verde que cubría las ruinas mohosas y los efectos que producían en estas los rayos de luz
que se colaban entre los desniveles. Mis oídos se deleitaban con el trino de los pájaros que
ahí anidaban, incluso la temperatura bajaba porque el viento hacía chiflón entre los muros, y
todo aquello me parecía una experiencia surrealista, similar a la que había yo vivido alguna
vez en el jardín de Edward James en Xilitla.
Dentro, vi la inequívoca figura del doctor Fonti, su espalda recta impulsando su cuello erecto.
Su pelo —me desanimó verlo tan canoso—, meticulosamente engomado, su bigote delineado, su
camisa y sus pantalones recién planchados. Me dio muchísimo gusto ver a mi amigo, así que no
tardé en estrecharle la mano y entablar con él una conversación para ponerlo al día de mi situación y consultarle un remedio para mitigar el estrés que me estaba causando. Fonti, sin efusividad,
sonrió y me dio una palmada en la espalda: “No hay nada que no solucione un Tafil, Urquiza.”
Me dijo con parsimonia. “Pero ¿por qué no pasas a verme al hospital mañana?”, alcanzó a agregar
antes de que la funcionaria lo amenazara con perder su turno si no se acercaba de inmediato.
Aun bajo aquella presión coercitiva, Fonti se despidió tranquilamente de mí, revisó sus papeles
sin urgencia, asegurándose de no haber olvidado nada, y caminó lentamente hacia el mostrador.
Al día siguiente me desperté a las cinco y cincuenta y cinco. Me levanté apoyando primero el pie derecho y luego realicé mis estiramientos de rutina. Me dirigí al baño a lavarme los
dientes. Tendí la cama asegurándome de marcar con las palmas de las manos los pliegues de
las sábanas, me quité el pijama y lo doblé marcándolo de la misma manera y lo coloqué debajo
de la almohada. Me enfundé mi ropa deportiva, desenrollé mi tapete de esponja y realicé mis
siete minutos de ejercicios cardiovasculares, siete de estiramientos y otros más de relajación,
repitiendo algunos mantras.
A las nueve y treinta en punto, crucé la puerta del hospital. La recepcionista, que en ese
momento reconocí, me pidió que me sentara junto a otros pacientes, mientras llamaba al doctor Fonti, pero inmediatamente después terminó la llamada y me indicó que pasara al consultorio de mi amigo, que ya me estaba esperando. Caminé por el pasillo descubierto, tratando de
recordar el nombre de aquella mujer, mirando los muros de tirol tan fuera de tiempo, los techos
bajos y los pisos con sus pequeños rectángulos de mármol travertino con ese aroma aséptico a
recién trapeados.

Lo primero que vi al entrar en el consultorio fue la cama vestida con almohada y sábanas de hospital, pero destendida; incluso pude oler que alguien acababa de pasar la noche en
ella. Fonti salió del baño acicalándose y me dio un abrazo. Sacó de un cajón de su escritorio
una botella de colonia, se puso un poco en la palma y, tras frotarse las manos, se perfumó la
barba y el cuello, mientras me hacía las preguntas de rutina. Aunque el doctor lucía pulcro y
muy acicalado, me percaté de lo percudido que lo tenían los años. Un percance del tiempo, esa
pátina particular que me hizo sentir incómodo. Sin embargo, no pretendía irme. Me parecía
adecuado estar ahí y sentía un genuino interés de Fonti hacia mi persona y aquello que me
preocupaba. Me repitió que el Tafil era la solución a todo mientras, ya sentado en su escritorio,
se amarraba el cordón de los zapatos. Después me colocó una banda en el brazo, la que infló
con una bombita y procedió a escuchar mis pulsaciones introduciendo entre mi brazo y la banda el estetoscopio, mirando el cronómetro de su reloj. “Tu presión está perfecta, nada de qué
preocuparte”, me dijo haciendo énfasis en la “p”. Y con una letra ilegible escribió una receta con
las indicaciones de cómo tomar el famoso Tafil. “¿Ya desayunaste?”, preguntó encaminándose
a la puerta. “¡Vamos, te invito!”
En la cafetería del hospital ya lo esperaban otros doctores, entre los que reconocí a Ibis,
el oftalmólogo y a Malo, el gastroenterólogo. Aquello me pareció un ritual cotidiano, y eso me
produjo cierto ánimo. El desayuno fluyó con ritmo; la cocinera, quien debía tener también varios años trabajando en la cocina del hospital, le sirvió a cada uno su dieta establecida. Y a mí,
lo que había pedido, cumpliendo con todas mis especificaciones: un solo huevo estrellado con
la clara bien cocida y la yema tierna, frijolitos, pero bien molidos con un poco de queso fresco
rallado (no panela), y un café bien cargado con un chorrito de leche de coco y una cucharadita
de azúcar morena.
Nos alcanzó la hora de la comida sin que me percatara del flujo del tiempo. Uno de los
pacientes, el licenciado Calles, que estaba en aquella tertulia, le pidió a su chofer que fuera ahí
cerca y trajera cecina de Yecapixtla para todos. Aquello me pareció excelente, no solo porque me
ahorraría la comida, sino porque pensé que no podía hacerle el feo a aquel personaje. Se veía
a leguas que estaba muy bien relacionado y podía conectarme en algún trabajo. Así que devoré
aquel manjar y, encantado, me quedé a tomar el café y a jugar una partida de dominó. En algún
momento, el doctor Ibis le pidió a Josefita —entonces recordé el nombre de la recepcionista— que
le preparara su medicina al licenciado Calles. A los pocos minutos, ella entró en la cafetería con
una charolita que contenía unas pequeñas hojas de papel de arroz y unas dosis de marihuana,
previamente espulgadas de ramas y cocos, con las que Ibis y Calles se forjaron un pequeño cigarro
cuyos efluvios perfumaron los pulmones de los asistentes, haciéndonos flotar en un ambiente de
paz y camaradería, que yo jamás había experimentado.
Al llegar a mi casa por la noche, recordé que no había sentido durante todo el día las palpitaciones en el pecho, mi corazón no me había golpeado de esa forma que me exasperaba, pero, por
si las dudas, guardé la receta cuidadosamente en el cajón de la mesa de noche. El día había sido
muy productivo, era bueno relacionarme: la mejor manera de encontrar pronto un nuevo empleo. Como un oso que ha cumplido una jornada exhaustiva, me acosté con cierta emoción en el
pecho, pensando que al día siguiente tenía que estar a las nueve y media en punto en el hospital.
Así me convertí en otro tertuliano asiduo.
Cada día comentábamos la sorpresa que había dado el presidente en su conferencia matutina y los efectos devastadores que esto traería al país. También, en aquellas tertulias, vimos en
la televisión cómo se prendían los cuerpos de los más de cien huachicoleros de Hidalgo, que en
un éxtasis colectivo se bañaban eufóricos con gasolina mientras la robaban, como si fuera oro
molido. Y recuerdo que lo veíamos como algo aún ajeno a nosotros, que seguíamos degustando la
cecina de Yecapixtla que mandaba a traer Calles, y yo pensando en el surrealismo de James cada
vez que iba al Catastro.
Después de quince años, como todos los días, me sigo despertando a las cinco y cincuenta
y cinco. Como todos los días, me aseguro de pisar primero con el pie derecho y levantarme
apoyando ambas extremidades. Realizo mis estiramientos, me lavo los dientes y tiendo la cama
marcando bien los pliegues de las sábanas. Hace quince años que repito esta rutina, pero la del
ejercicio he tenido que irla modificando. Los siete minutos de cardio ya no incluyen saltos ni escaladas en sillas, tampoco soy tan flexible, así que los estiramientos duran ahora cinco minutos, y
los siete minutos de relajación, repitiendo unos mantras, terminaban con una pequeña siesta que
involuntariamente se alarga a diez o quince.
A las nueve y treinta en punto, sigo cruzando la puerta del hospital. Saludo a Josefita. Aún
hay pacientes en la sala de espera; algunos están en verdad enfermos y los atienden los paramédicos jóvenes o los practicantes de medicina. Otros solo vienen porque tienen hambre. En
esta dictadura el surrealismo nos ha invadido; ya no nos extraña ver cosas como las oficinas del
Catastro, ni los que se bañaron en gasolina en Hidalgo; todo eso se queda pálido frente a lo que
vemos ahora. Pero tenemos la suerte de estar en un hospital y, por esa razón, al menos no nos
faltan arroz, gelatina ni caldo de pollo. ¡Cómo extraño esos días en que Calles nos convidaba la
cecina de Yecapixtla!

Josefita ya no me anuncia con Fonti; apenas me ve entrar, me da los buenos días y me dice
que pase directo al consultorio. Camino por el pasillo descubierto, pasando por alto los muros de
tirol, los pisos asépticos de mármol travertino, cuyo olor ha cambiado por vinagre, porque ya no
se surte aquel producto aromático. Entro al consultorio y Fonti sale del baño acicalándose y me da
un abrazo. La pátina que hace evidente el paso del tiempo ha aumentado, se me ha impregnado a
mí también, no sé si se debe a mi proximidad con Fonti, o a la dictadura, pero eso no impide que
él saque de un cajón de su escritorio una botella de colonia —nunca le he preguntado dónde la
consigue—, se pone un poco en la palma y, tras frotarse las manos, se perfuma la barba y el cuello
mientras me repite las preguntas de costumbre. Pero ya no bajamos a desayunar, porque Fonti
sufre un fuerte dolor en el pecho y yo me altero porque no sé cómo lidiar con eso; me apresuro a
buscar a Josefita, quien, además de recepcionista es enfermera, y ella a su vez corre y grita llamando a su nieto, que es paramédico, pero cuando regresamos al consultorio ya no puede hacer nada.
El funeral se realiza en el hospital y todos los tertulianos acudimos como de costumbre, pero
esta vez a despedirnos de nuestro entrañable compañero. Mientras hago guardia a un costado
del féretro, junto con Calles, recuerdo que estoy ahí porque busco un trabajo. Y me doy cuenta de
que en quince años he aprendido a la perfección la rutina de mi amigo Fonti. Si no fuera por la
austeridad en que vivimos, podría recetar Tafil a diestra y siniestra, pero apenas llegamos a té de
manzanilla. Me entristece su partida, pero una luz me alienta, pues comprendo que lo más lógico
es que ahora yo ocupe su puesto y desempeñe con puntual disciplina sus labores, como digno
sucesor suyo, honrando así su memoria.

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