> ALEJANDRO FOLGAROLAS

Un pequeño homenaje a la generosidad de Rulfo

Tuve la fortuna de escucharlo y charlar con él en varias ocasiones, sobre todo lo primero. Solíamos encontrarnos en el rincón de los discos de música medieval y renacentista de la librería El Ágora, en la Ciudad de México. Alfredo Montané, mi primo, hacía de su asesor musical, pero no se vaya a creer que Rulfo era simple aficionado en la materia… Cierta vez que Alfredo le consiguió un “incunable”, Rulfo contestó parco: “Ya lo tengo.” En otra ocasión, tuve que cederle un acetato de Le Jeu de Robin et Marion, de Adam de la Halle —antecedente histórico de la ópera—, pues sólo había un ejemplar a la venta, y no podía disputar esa única copia al escritor. Recuerdo que hurgábamos como ratones en los anaqueles de discos, cada quien por su lado, pero codo con codo, cuando saqué el disco; feliz con mi hallazgo, leía la portada… y él exclamó: “¡Huy, ¡cuánto he buscado esa grabación!

 ¿Lo va usted a comprar?”

— No, maestro, de ninguna manera, llévelo usted, por favor…

No se crea que hace cuarenta años conseguir esas joyas era fácil.

Ezra Athié, el dueño de la librería y nuestro común amigo, gustaba de invitarnos a comer en la espléndida e inspiradora terraza de ese templo chilango sureño de la cultura que era El Ágora.

“No oyes ladrar a los perros” se sentaba invariablemente junto al ventanal y miraba imperturbable la otrora magnífica avenida Insurgentes y así, mirando a la calle, contaba anécdotas y hablaba de temas a veces profundos o pedestres, pero siempre inteligentes. Un mediodía dominical, por ejemplo, cuando aún no pedíamos la comida, pasaron a gran velocidad más de treinta motociclistas rumbo al sur; todas las motos con piloto y muchacha. En aquella época, no era obligatorio el uso de cascos, por lo que las melenas negras, rubias, castañas, rojas, volaban con libertad y las botas de piel, las minifaldas y hot pants dejaban también volar la imaginación.

El semáforo de la Barranca del Muerto, a unos pocos metros, se puso en rojo y nos brindó unos segundos del espectáculo. La avenida Insurgentes era entonces una de las más bellas del Universo y, aquella plácida tarde, el sol hacía brillar el bronce de los muslos, el níquel de los escapes, la laca de los tanques y, por supuesto, las cabelleras. Las motocicletas todas eran del tipo 350 cc; la suma de rugidos agradaba al oído, se puso el siga y flotaron suspiros.

“Diles que no me maten” volteó hierático hacia nosotros y dijo: “Es una entrega exprés de putas para políticos. De seguro, un grupo de poderosos tiene un festín en una mansión del Pedregal y quieren coronar con prostitutas finas… Hablan por teléfono para pedir veinte o treinta acompañantes y la forma más rápida de entrega es en motos, pueden cruzar la ciudad en quince minutos.”

Quedé atónito, ese domingo iba a ser la primera vez que tendría para oírlo a mis anchas, Ezra y yo, los dos solos con él por dos horas, y Juan Preciado* suelta tamaña frase a las primeras de cambio. En silencio quedé, no de escandalizarme. Era yo un joven mamerto y estamos aquí sentados para escuchar al sabio y él nos habla de burdeles rodantes. Entonces, creía que un sabio hablaba siempre de pensamientos hermosos, más los sabios hablan de la realidad, pero ya sabemos que ésta y ellos no se andan con chiquitas.

Por cierto, pocos minutos después, los motociclistas regresaron en sentido contrario, pero sin muchachas, lo que confirmó la teoría de Juan Nepomuceno**.

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