> JORGE GONZÁLEZ DURÁN

Nunca le escuché decir una palabra en español. Me contaba leyendas antiguas en maya. Acostado con ella en su hamaca, me tomaba de la mano y me decía: “Nuestra lengua tiene la virtud de conocer la fragilidad del tiempo y de poder entender y nombrar el misterio de los ruidos y los silencios del alma, que a veces asoman por la noche. Sólo nuestra lengua puede alejar a los demonios que quieren devorarse a la luna en los eclipses. Sólo nuestra lengua puede invocar a los dioses de esta tierra.

“Con Felipe Carrillo Puerto, sólo conversé en maya. “Él fue una profecía de luz que se convirtió en tragedia. Nuestra tragedia. A veces, viene cuando estoy en la cocina. Le doy una tortilla del comal, se la come con miel y luego se va. ‘No debiste ser muy confiado’, le digo. Me acaricia el hombro nada más y desaparece su sombra.” –Te voy a mostrar un secreto –me dijo mi abuela–: Guardo la jícara donde le di agua a Felipe. Guárdala.

Cada vez que yo venga a Chocholá, en esa jícara tomaré agua o pozol. Por eso la he guardado durante años, aunque sé que ya no volverá nunca más, pero en cada aniversario de su muerte pongo agua en esa jícara para su espíritu, que yo sé que sí viene. Mientras guardaba de nuevo la jícara en su ropero de dos lunas, la abuela acarició con su mano derecha mi cabeza y recordó que Felipe le dijo:

 –Si algún día la lengua maya desaparece, ya no podremos entender el mensaje de los que construyeron esta tierra, porque esta tierra se construyó con palabras convertidas en piedras. Si olvidamos nuestra legua, ya no podremos entender el mensaje de las estrellas y nos alejaremos de nuestros ancestros, y ellos se pondrán tristes, porque ya no podremos conversar con ellos. Ya no podremos saber lo que hay arriba del mundo. No sabremos junto a qué árboles caminamos. Si perdemos nuestra lengua, caminaremos como sonámbulos por caminos extraños. Mi abuela Marcelina todavía, en algunas noches de desasosiego, me toma de la mano y me narra historias en maya

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