Nicolás Durán de la Sierra

Si dejamos de lado las crisis sanitaria y económica, los pasados días, en lo político, han sido felices para el presidente López Obrador. La oposición a su gobierno ha ido de pifia en pifia, en tanto que éxitos como cobrar ocho mil millones de pesos de impuestos a la Coca-Cola aumenta su imagen pública y ello lo fortalece e incidirá en los procesos electorales que están en puerta.

Los desplantes de sus detractores, como los de Gilberto Lozano, con su campamento vacío en la capital del país, o los de Marko Cortés, el líder del PAN, en su iluso afán contra Hugo López Gatell, subsecretario de Salud al que culpan de crímenes tan terribles que se antoja reabrir el Tribunal de Núremberg; los desplantes de éstos y los de sus afines la mayoría de las veces provocan risa.

Ahora, al ruedo, con bravatas y pases de diestro que ha triunfado en todas las plazas, se suma Ricardo Anaya, el ex candidato panista a la presidencia de la República. Da por superada la denuncia federal en su contra por ‘lavado de dinero’ de 2018, y dice que deja su autoretiro en Estados Unidos porque ‘sintió el llamado de la patria’ frase muy del gusto de Antonio López de Santa Anna.

Lo malo para él es que sólo oyeron sus arengas uno que otro panista, sus acreedores en Querétaro y, claro, la Unidad de Inteligencia Financiera de Hacienda. A su vez el presidente, al que iban dedicadas las puyas, decidió no opinar al respecto, lo ofendió al nuevo adalid, pues fueron muchos los ensayos de su discurso del retorno para no tener eco. “Porca miseria”, dirían los italianos.

Hasta ahora -no es este el primer sitio donde se dice- la oposición carece de una figura con peso, y sus ataques no sólo están fracturados por los intereses que aglutina, sino también por la falta de una base ideológica que supere los injurias en los medios, y plantee propuestas políticas sensatas. Mientras tanto, el presidente López Obrador, en lo político, seguirá teniendo días felices.

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