Xtá’abay ki’ichpan ko’olel ku kinsaj

MARIO CHAN COLLÍ

Cronista del municipio Felipe Carrillo Puerto, centro de la zona maya de Quintana Roo

Llena de virtud tu corazón y cuando mueras irás al lugar en que esperan a los hombres que fueron buenos.

Luis Rosado Vega

Al igual que en otros sitios de la península de Yucatán, en la zona maya de Quintana Roo, en los pueblos de los municipios de Felipe Carrillo Puerto, Lázaro Cárdenas, Tulum y José María Morelos, los abuelos narran las leyendas ancestrales, de boca a oídos y de padres a hijos, para evitar que ésta se olvide, pues son parte misma del alma de esta tierra. En muchos casos, los viejos cuentan experiencias que vivieron o que sufrieron familiares o amigos.

Es una suerte de memoria colectiva. Una de esas leyendas que atrae, que cautiva, es la que habla de la exuberante y bella, pero mortal Xtá´abay. Bajo un cielo iluminado por titilantes estrellas, que nos explican el firmamento con sus caprichosas figuras —de ave, serpiente, lagarto, tortuga, jaguar o mono—, las mismas que los antiguos utilizaron para hilvanar el calendario más perfecto del mundo prehispánico, los “tatiches” —ch’í’ilamo’ob—, los abuelos, los hombres sabios describen un turbador ser que sale de la selva, su refugio natural.

Es cuando ella aparece y va en pos de un incauto y embriagado, camina para atraparlo con su encanto. Su seductor cuerpo está cubierto por un transparente hipil tejido con extrañas figuras y rombos de crótalo, el ancestral llamado xokbil chuy, que ahora es conocido como “costura de hilo contado”. Iluminada por el haz de la luna que se filtra por la vegetación, se presenta ante el masewal como una hermosa mujer con sedoso cabello. Los pequeños ojos del caminante parecen salir de sus cavidades al centrar su atención en los voluptuosos pechos de la solitaria y atractiva amante nocturna, tanto que no notan la rara mutación de sus extremidades inferiores, de sus horripilantes pies.

Dicen los abuelos que uno de ellos remata en forma de pesuña de chivo, mientras que el otro en una pata de pavo de monte; es por eso que cuando la Xtá’abay anda, su cuerpo se tambalea de manera extraña. Camina en forma de equis y se escucha un peculiar ruido, un tsss’ tak tsss’ tak que alerta los oídos del maya y le enchina toda su humanidad. Dicen los que saben que larga es su paciencia para esperar a sus víctimas y por ello se sienta en una enroscada chaykan, verde víbora que tiene la facilidad de confundirse con la selva, volar de rama en rama y, en épocas de celo, emite sonidos como risas de mujer.

Apostada tras un árbol de yaxche’, el árbol sagrado de los abuelos mayas, ella se embellece a la espera de su víctima; con un peine de espinas de tzá’akan, cactus con púas venenosas, engalana su brioso cabello. Debe decirse que la ceiba, al yaxche’, también se le conocía como waajum che, palo enhiesto y yim che o imix, árbol con pechos o pezones de mujer. Imix es también el nombre del primer día del winal o veintena del calendario maya. En la antigüedad, este árbol se pintó y esculpió en grandes murales, en enormes dinteles, en estelas y en lápidas, como la de la tumba del famoso rey Pak’al, en Palenque.

EL ORDEN DEL UNIVERSO

El yaxche’, su interpretación cosmológica, une al inframundo con el mundo terrenal y la bóveda celeste; es la gran serpiente que enlaza al espacio sideral por medio de la Vía Láctea. En su copa, el árbol representa al Oxlajun Tikú con sus las trece capas y su fuste. El tronco es la tierra; sus raíces, el inframundo. En su alta fronda, se ubica el centro del Universo, donde está Junab Kú, el dios único. Abajo, se ubica Bolom Tikú, en las nueve capas del inframundo y en la parte más baja está mitnal, donde reina Ah Puch, el dios de la muerte.

Cobijada por uno de estos altos árboles, la Xtá’abay espera a un incauto que esté bajo los efectos del balché, bebida embriagante y de uso festivo entre los pueblos. El embriagado será llevado a una cueva, el rincón que prefiere ella para saciar sus instintos reprimidos en su vida pasada, hasta matarlo de apasionado amor.

En el territorio maya, varios autores se inspiraron para escribir sobre esta bella dama, como don Luis Rosado Vega, bien llamado “El leyendista del Mayab”, autor del libro El alma misteriosa del Mayab; Renán Irigoyen, Antonio Mendíz Bolio, y también don Eleuterio Llanes Pasos, en Quintana Roo.

En el museo Noh Kah Santa Cruz Balan Nah, de la cabecera municipal de Felipe Carrillo Puerto, se expone de manera permanente la colección pictórica Xtá’abay, de Marcelo Jiménez Santos. En la ficha alusiva, se lee lo siguiente: “En la zona maya de Quintana Roo, se cuentan leyendas espeluznantes de misteriosos seres que por la noche se transforman en monstruos devoradores de hombres. Entre esas leyendas está la Xtá’abay.”

DOS VISIONES CONTRAPUESTAS

No obstante, concuerdan varios autores, la Xtá’abay no vive en el yaxche’, sino en una comunidad de cactus y cercana a la cueva donde tiene su morada. No puede habitar junto a la ceiba, puesto que es un árbol sagrado y no hospeda a ningún ser perverso y maligno, como ella. Ella nace de una mala planta de largas espinas venenosas, y si a la dama se le encuentra junto a las ceibas es porque sabe ocultarse tras su recio tronco y logra confundir sus pies, a veces serpentinos, con las raíces del árbol, las que asemejan gigantescas víboras.

Del origen del mito de este ser, los autores dicen que, en un pueblo de nombre ya olvidado, moraban dos mujeres diferentes en todo. A una le decían la x k’eban, la pecadora, pues disfrutaba del amor carnal; a la otra la llamaban la utz kó’olel, la mujer buena que gozaba de la estima de sus vecinos por ser creyente y de actitud recta, al menos en apariencia.

Sin embargo, cuentan que la pecadora ayudaba a los desvalidos, era sensible al dolor humano, protegía a los animales y era caritativa. La utz kó’olel era religiosa y casta, pero era insensible y evitaba ayudar al prójimo.

Cierto día, la k’eban no salió de su humilde vivienda, aunque de su choza brotaba un agradable aroma de flores que cubrió al pueblo. Había fallecido. Sólo los animales la cuidaban, así como los desvalidos que en vida ayudó. Poca gente asistió a su entierro, pero al día siguiente su tumba amaneció llena de flores.

Tiempo después, falleció la utz kó’olel. Su cuerpo olía desagradable, a carne descompuesta. A su sepelio acudió mucha gente, pero, por el hedor, pronto quedó sola en el panteón y sin un ramo de flores sobre su tumba. Murió virgen.

La xk’eban, la pecadora, fue en realidad la mujer buena, y la utz kó’olel fue la mujer mala. Recta era su virtud como un yaxche’, pero frío su corazón, como la piel de las serpientes. Muerta, la xk’eban se convirtió en la florecilla del xtabentún, que es dulce, sencilla y olorosa, y es tan humilde que se le ve en las cercas y albarradas. Su néctar es agradabble, como el amor de la xk’eban…

La utz-kó´olel se convirtió en la flor de tzáb kan, un cactus que huele desagradable.

La Xtá’abay es la utz’ kó’olel convertida en flor de tzá’akan, que durante las noches de luna sale y encanta a los incautos viajeros, a quienes ama, como no lo hizo en vida… Sólo un jmen o sacerdote maya puede salvarlo de ese horrible fin. Los ch’í’ilamo’ob, los sabios abuelos, dicen cosas en secreto a sus descendientes para protegerlos de estas situaciones difíciles; dicen cosas que muchas veces el sakwiinik, el hombre blanco o el mestizo, simplemente no entienden. Uno de estos secretos cuenta que si en el peregrinar por los senderos, de pronto la Xtá’abay se aparece, basta con un segundo de voluntad para que el caminante se quite sus xanab k’euel, sus huaraches, y con el cordón corchado de hilos de ki’j (henequén), dé tres cintarazos a la maligna mujer. Entonces, se acaba su hechizo y ella se transforma en una chaykan y huye furtivamente entre las ramas verdes del yaxche’.

Así, el maya llegará feliz a su hogar y, al paso de los k’atunes, dará cuenta a su progenie de este imborrable encuentro con la Xtá’abay. Por eso hay que tener cuidado y no embriagarse, pues en las exuberantes selvas hay muchas cosas que se ven en los caminos, hay seres que, si los oyes ¡te vas a erizar! Si se te apareciera alguno o alguna, no voltees y, con la mirada al frente, corre a tu casa, ocúltate y encomiéndate a Dios.

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