Anuar Sucar Díaz Ceballos, maestro en Economía por la UNAM

Quintana Roo, destino paradisíaco donde se han materializado los sueños de millones de personas de todo el mundo, atraviesa una crisis sin precedentes. La propagación del coronavirus y el “gran confinamiento” internacional, que trajo consigo, tuvieron repercusiones severas para su bienestar. De diciembre de 2019 a abril de 2020, según registros del IMSS, se perdieron poco más de 493 mil empleos en el país, de los que casi 84 mil afectaron a la entidad. Esto implica que de cada cien empleos formales que se perdieron en México, 17 corresponden al estado.

Ahora bien, si contamos a los “comisionistas” asociados al turismo, el desempleo crece en forma dramática, pues es común que hoteles, parques de diversiones y centros nocturnos, entre otros giros, contraten personal bajo esta fórmula. En la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), se dice que en el primer trimestre del año había poco más de 160 mil trabajadores por cuenta propia y es presumible que la gran mayoría se quedara sin ingresos.

Con ello, serían cerca de 244 mil los afectados, lo que significa el 28 por ciento de la población económicamente activa del estado (877 mil 080). En pocas palabras, casi tres de cada diez habitantes (en condición y con deseos de trabajar) están desempleados.

Para entender el tamaño de la crisis, vamos a un punto de referencia. En 2009, cuando se sintieron los efectos más agudos de la gran recesión internacional y el confinamiento provocado por el virus A-H1N1, se perdieron en Quintana Roo casi once mil empleos formales. Es decir, hasta hoy se han perdido casi ocho veces más plazas que en ese año. Eso nos da una idea de la severidad de este ciclón económico.

Se puede esperar que la pérdida de empleos sea pasajera y que, al reactivarse el turismo, se dé una recontratación más o menos general, y eso es lo deseable para afrontar esta inédita situación. Después de todo, ¿cuándo se habían registrado tasas de ocupación hotelera del tres por ciento en Cancún? Por desgracia, las estimaciones económicas no son optimistas, por decir lo menos.

Para sustentar esta afirmación, calculamos dos coeficientes de correlación para el periodo 2003-2018: 1) entre las tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de México y el del Estado (1.42) [1], y 2) entre las tasas de crecimiento del PIB de este último y las tasas de crecimiento de generación de empleos formales en la entidad (0.71).

Si la expectativa de contracción de la actividad económica de México ronda entre ocho y 10 por ciento para este año, se estima una contracción económica en la entidad de entre 11.39 y 14.24 por ciento. Si nuestras proyecciones son correctas, ello implicaría que, al cierre del año, se habría perdido entre 36 mil y 45 mil plazas formales; es decir, entre tres y cuatro veces más que en 2009.

LAS RAZONES DE LA CRISIS

Ante tal panorama, es necesario preguntarse: ¿por qué se han perdido tantos empleos formales? ¿Por qué la entidad es tan vulnerable a una crisis de esta naturaleza?

La respuesta a estas preguntas, como veremos, está íntimamente relacionada con la estructura productiva estatal y su alta dependencia del turismo. Para empezar, debemos señalar que la economía estatal es relativamente pequeña en relación con el total del país.

En 2018, último año para el que tenemos cifras desagregadas, representó sólo 1.9 por ciento del PIB de México. Su tamaño relativamente pequeño provoca que su economía tenga fluctuaciones mayores que las del resto nacional; dado que la base es pequeña, crece más de la media en tiempos normales, y se contrae más que la media en épocas de crisis.

Por otro lado, la actividad económica estatal es altamente dependiente del sector terciario. En 2018, los servicios representaron el 88.17 por ciento del PIB de la entidad, muy por encima de la media nacional (66 por ciento). Ello contrasta con los sectores primario y secundario que representaron, respectivamente, 0.8 y 11 por ciento del PIB. Es decir, en el estado prácticamente no hay agricultura, ganadería ni pesca, por lo que se importa de otras entidades una gran cantidad de los alimentos que se consumen.

Asimismo, el sector secundario no tan sólo es pequeño respecto de la media nacional, sino que también el 75 por ciento del valor agregado bruto se genera en la construcción, actividad que se caracteriza por presentar crecimientos casi nulos de productividad, lo que implica que genera empleos con salarios bajos y, en muchas ocasiones, sin seguridad social. Como se ve, en Quintana Roo no hay un núcleo agropecuario y manufacturero que permita generar endógenamente empleos e ingresos, por lo que depende de los ingresos generados en el sector de servicios.

Por si esto no fuera poco, la economía no sólo depende de manera desequilibrada de los servicios, sino que también se concentra en unas pocas actividades estrechamente relacionadas con el turismo. Para ilustrar esto, veamos las actividades que aportan más a la generación del producto de la entidad.

La tabla dos muestra cómo estos seis giros comerciales aportan cerca del 71 por ciento del producto; es decir, en el estado la economía se concentra en un puñado de actividades económicas, lo que la hace vulnerable a choques de demanda agregada. Si se analizan estas actividades, podemos señalar que todas, incluido el comercio al por menor, se desarrollan con base en el turismo. Sin ir más lejos, los servicios de alojamiento temporal y de alimentos y bebidas –los hoteles y restaurantes– significaron el 23.15 por ciento del producto total del estado y el 35.5 por ciento del sector servicios en el año de 2018.

Por cierto, vale la pena subrayar que en los últimos años la dependencia de estos giros se ha acentuado, pues en 2008 representaban el 21.7 por ciento del PIB estatal. Para medir la contribución del turismo a la actividad económica, tendríamos que considerar todos los bienes y servicios que se articulan a su alrededor. Por ejemplo, cuantificar los departamentos y hoteles que se construyen; los servicios profesionales y de apoyo a los negocios; el transporte; el comercio de suvenires y productos que demandan los visitantes, entre otros. Por ello, mientras el turismo representa cerca del 8.6 por ciento del PIB nacional, en la entidad asciende a más del 50 por ciento.

Así pues, esta falta de diversificación productiva concentra la distribución del empleo. Según la citada ENOE, en el primer trimestre de este año, de 851 mil 473 personas ocupadas, 177 mil 084 se dedican a la hotelería, a los alimentos y bebidas; 121 mil 692 al comercio al por menor; 72 mil 832 a la construcción; 52 mil 906 a transportes, correos y almacenamiento; 20 mil 801 al comercio al mayoreo; 14 mil 515 a giros inmobiliarios y de alquiler de bienes muebles e intangibles. Por contraste, sólo 51 mil 799 personas se dedican a industrias manufactureras y 55 mil 771 a agricultura, ganadería, aprovechamiento forestal, pesca y caza.

UNA MIRADA AL FUTURO

En síntesis, la economía de Quintana Roo es relativamente pequeña y depende mucho de las divisas turísticas. Por fortuna, existe solución para ambos problemas: diversificar la economía estatal, aumentando el peso de las actividades primarias y secundarias dentro del producto total. Sin descuidar al turismo, debe priorizarse la generación de actividades económicas de alta productividad, como la manufacturera, que se caracterizan por presentar economías de escala y, en consecuencia, por generar empleos bie  remunerados.

Por descontado, no se busca definir una ruta para lograr esta meta. Ni el presente espacio (por su extensión) ni el autor del texto son idóneos para responder a estas preguntas. Algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo se han dedicado a ello sin haber obtenido una receta única para lograr este fin. Después de todo, si existiese una ruta predefinida para diversificar y robustecer las economías, ¿por qué existiría el subdesarrollo? Lo que se puede adelantar es que el turismo debe ser, en primer momento, el polo de desarrollo en torno al que se construyan encadenamientos productivos locales.

Se debe generar una red de proveeduría local que surta la demanda de bienes y servicios de la llamada “industria sin chimeneas”. De manera paralela a la búsqueda de este objetivo, se deben incentivar actividades de mayor valor agregado, como aquellas asociadas a las tecnologías de la información y las comunicaciones.

Lo que también se puede aseverar es que el Gobierno del Estado debe tener un rol prominente en este proceso, que será posible en la medida en que logre coordinar esfuerzos del sector privado, la academia y la sociedad civil, y de que genere las condiciones incluyendo, por supuesto, el desarrollo de capacidades sociales– e incentivos necesarios para una gran inversión en el desarrollo de las fuerzas productivas.

Este año se celebran los cincuenta años de la fundación de Cancún. El objetivo por el que fue concebido se cumplió con creces: no sólo es el destino turístico más importante de México, sino también de América Latina. Los resultados logrados son notables.

Sin embargo, como vimos, la alta dependencia del turismo pone límites al desarrollo económico regional. Se necesita diversificar y fortalecer la economía local generando nuevas ventajas comparativas, de forma tal que Quintana Roo deje de ser una economía de “enclave” que depende de unas pocas actividades asociadas al exterior.

Es momento de sentar las bases para que, en futuras celebraciones por la fundación de la ciudad, todas las familias del estado tengan renovados motivos de fiesta.

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